sandrahernandez: (Default)
¡Oh, podredumbre! (Ah, putrefaction!), es un fic de Sakeaoi cuya versión original en inglés ya no existe.
Watson está herido y Holmes insiste en hacer de médico.
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández


          —¡Este ha sido, con mucho, el más audaz, portentoso y peligroso acto de pura suerte que creo haber visto jamás!

          Watson miraba incrédulo a su compañero. Ambos estaban cubiertos de la cabeza a los pies de una amalgama de hollín y residuos. Watson chasqueó la lengua con disgusto mientras intentaba hacer de algún modo más presentable su apariencia. Holmes, por el contrario, estaba más preocupado por limpiar su pipa y llenarla de tabaco, tras lo cual dio varias largas caladas.

          —Tonterías, viejo amigo. He hecho cosas mucho peores. —Hizo una pausa mientras aspiraba otra bocanada de humo—. Y eso no viene al caso. Ha sido divertido, ¿verdad?

          Los labios de Holmes se curvaron en una traviesa sonrisa. Sonrisa que, pese a los esfuerzos de Watson, resultó contagiosa, y éste se encontró sonriendo abiertamente entre risitas mientras se alejaba junto a su compañero de la escena del incidente.

          —Sí, supongo que lo fue. Sin embargo, se nos ha adherido un olor bastante acre.

          Arrugó ligeramente la nariz. Después de haber servido en el ejército, Watson iba siempre hecho un pincel: con los cuellos siempre almidonados y sus trajes sin una arruga, detestaba que su aspecto reflejara dejadez. Mientras que Holmes parecía encontrarse a sus anchas con sus camisas arrugadas y bohemias bufandas, vistiendo más como un artista que como un respetable detective, sin que ello le preocupara en lo más mínimo.

          —¿De veras? —preguntó Holmes, olfateando sus mangas con una expresión de curiosidad.

          —No es algo que a usted le afecte —respondió Watson—. ¿Recuerda su peculiar experimento con la cabeza de cerdo? Creí que la peste nunca se iría. —Se estremeció ligeramente al recordarlo.

          —Ah, sí. Le tenía mucho cariño a esa cabeza. Me ayudó a resolver el caso Masterton, creo.

          Su mirada adquirió una expresión casi ausente al recordar la investigación. Watson lo observó de soslayo, sin querer mirarlo directamente a los ojos. Se había sentido fascinado por Holmes desde el día en que lo conoció, aunque la fascinación pronto había acabado convertida en exasperación. Holmes no era precisamente un hombre con el que fuera fácil convivir. Tenía hábitos peculiares, y conocidos a cual más estrafalario. Pero habían sido esas singularidades las que le granjearon el cariño de Watson, cuando cualquier otro hombre se habría marchado. Watson se había quedado... aunque Holmes no pareciera importarle. O eso creía Watson...

          Holmes era plenamente consciente de la mirada de Watson, pero él tampoco se la devolvió. A menudo encontraba que observar la recta personalidad y las maneras perfeccionistas de Watson era algo cautivador; de hecho, tomaba nota de ello en su diario “científico”, un lugar donde, por su condición privada, estaba seguro que Watson no husmearía. Porque pese a toda su mojigatería y cuidado personal, había cierta vulgaridad en Watson que Holmes encontraba particularmente intrigante... por no decir un poco excitante.

          Así continuaron en silencio durante un corto trecho del camino de regreso al 221-B de Baker Street. Mientras sus bocas permanecían en silencio, sus mentes se hallaban en un estado de contemplación. De repente, Holmes se detuvo e inclinó ligeramente la cabeza a la izquierda. El rostro de Watson manifestó su confusión. Nunca sabía qué esperar de Holmes.

          —Holmes, ¿qué está haciendo? Le hará un inmenso bien a su cuello observando una postura correcta.

          —Parece que está favoreciendo a su pierna izquierda. —El tono de Holmes era casi inquisitivo, como si esperase una explicación de Watson.

          —No, no lo hago.

          —Sí lo hace.

          —No lo hago.

          —Por favor, Watson, déjese de chiquilladas. O me dice por qué tiene esa aversión a su pierna derecha, o tendré que sacar mis propias conclusiones. Le aseguro que mi mente no es particularmente noble, y no le quepa duda de que le dejaré atónito y un tanto horrorizado.

          Por lo general, la amenaza de dar rienda suelta a su desagradable imaginación bastaba para obligar a Watson a revelarle cualquier cosa. Esta vez, sin embargo, no funcionó.

          —No le pasa nada a mi pierna derecha —respondió, desafiante.

          —Estupendo. Venga hacia mí.

          Holmes sometió a Watson a un estrecho y casi travieso escrutinio. Watson no estaba a más de seis pasos de él, y cuando comenzó a avanzar analizó mentalmente la ligera diferencia en el sonido de sus pasos, el leve aunque indudable roce de su zapato derecho, la pequeña crispación de sus músculos faciales.

          —Está herido. ¿Esa mujer lo alcanzó? ¿El doctor John Watson, un hombre que sirvió en el ejército, herido en combate por una mujer? Mis condolencias, amigo mío.

          Una pequeña sonrisa jugueteó en los labios de Holmes, y Watson manifestó cierto embarazo: embarazo por haber sido atacado por una mujer, y que Holmes lo hubiera descubierto, pese a sus intentos por ocultarlo.

          —Estaba armada y me pilló por sorpresa. Fue un golpe... eh, puñalada... de suerte.

          —En efecto. Bien, asumo que no es una amenaza para su vida —Holmes observó la parte superior del muslo de Watson y emitió un ligero carraspeo— o para su descendencia. Pero esa herida requerirá un vendaje —prosiguió sin apartar los ojos del muslo de Watson—, especialmente en esa zona. La infección es un asesino.

          —Gracias por su valoración, doctor Holmes —replicó Watson con sarcasmo—. Soy médico.

          —Pero, ah, mi querido Watson, los médicos son los peores pacientes.

 

***

 

          —Tenga —dijo Holmes, quitándose la bufanda y lanzándosela a Watson—. Úsela para aplicar presión sobre la pierna. No podemos dejarle ir sangrando por toda la calle.

          —Holmes, le aseguro que el corte no es tan profundo.

          —Hágame caso, ¿quiere?

          Watson le dirigió una mirada refutadora, pero aceptó la bufanda. Se la ató con cuidado alrededor del muslo, asegurándola con un fuerte nudo. La observó con expresión dudosa, pero decidió que serviría hasta que pudiera ponerse un vendaje adecuado. La herida le dolía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir ante Holmes. Sabía que era más que un ligero corte... pero no pensaba demostrar el más mínimo signo de debilidad frente al hombre que tenía delante.

          —¿Prefiere que le lleve al hospital, o podrá arreglárselas en Baker Street? —preguntó Holmes, tomando el brazo de Watson para que pudiera apoyarse en él y hacerle menos duro el camino de vuelta. El latido de su corazón se aceleró cuando el cuerpo de Watson se apretó contra el suyo y tomó la mano que había apoyado en su pecho (con fines estrictamente auxiliadores, pensó). Pero le costó contener una sonrisa al sentir cómo la mano de Watson incrementaba ligeramente la presión de sobre la suya.

          —Baker Street será más que suficiente, Holmes. Sólo es un corte superficial. Sólo... ¡Ah! —soltó un gemido de dolor al tropezar con un bache—... requerirá un par de puntos.

          Watson empezó a mirar atentamente los adoquines. Sabía que Holmes no le dejaría caer, pero eso no disipó su temor. Le consolaba que su viejo amigo estuviera allí, sosteniéndole a cada paso.

          De manera lenta pero segura, doblaron la esquina que conducía a Baker Street.

          —Ya casi estamos, viejo amigo —resopló Holmes mientras subían los peldaños y abría la gran puerta negra.

          Empezaba a despuntar el amanecer cuando entraron en la casa, arrojando un cálido resplandor en el oscuro interior y haciéndolo parecer más hogareño y acogedor de lo habitual. En cualquier caso, para ambos hombres era su hogar, y lanzaron un suspiro de alivio en cuanto estuvieron dentro. Se acercaron torpemente hasta una silla, donde Holmes hizo sentar a Watson.

          —Tengo que limpiarla —dijo Watson, haciendo un ademán hacia su pierna—. Necesito agua fría y un par de trapos limpios. ¿Puede traérmelos?

          —Como las balas.

          Holmes corrió a buscar lo requerido. Watson masajeó la zona en torno a la herida mientras aguardaba su regreso. De pronto, sonó un crujido, seguido de una maldición.

          —¿Holmes?

          No hubo respuesta.

          —¿Holmes?

         Watson se incorporó, dando un respingo. Procuró apoyarse lo menos posible en la pierna herida.

          Escuchó más alboroto.

          —¡No pasa nada, estoy bien! Que no cunda el pánico.

          Watson se volvió hacia Holmes al verlo trasponer el umbral, llevando en las manos una palangana vuelta del revés, sobre la que se balanceaba una jarra de agua. El maletín de Watson pendía de su muñeca y unas sábanas blancas y limpias colgaban de su hombro. Watson le ofreció una cálida sonrisa.

          —Gracias, Holmes. De verdad.

          Holmes depositó en el suelo los objetos que traía y miró a Watson.

          —Puede que no me lo agradezca tanto después de que me haya ocupado de esa pierna —respondió con una sonrisa irónica.

          —¿Qué...? No, no, no... Puedo hacerlo yo.

          —No dudo de su habilidad, pero sabe muy bien que el dolor entorpecería sus sentidos. No permitiré que se haga aún más daño.

           Holmes hablaba muy en serio, y le sorprendió darse cuenta de cuánto le preocupaba el sufrimiento de Watson. También se sentía un poco nervioso. Jamás haría daño intencionadamente a su compañero, pero ¿y si su intento de ayudarle sólo servía para dificultar más las cosas? Ocultó sus pensamientos tras una sonrisa arrogante.

          —Además, ya he visto muchas veces cómo me cose a mí.

          Watson seguía sin estar muy convencido, pero se trataba de Sherlock Holmes, sin ninguna duda una de las mentes más brillantes del siglo. Sólo por eso Watson se sentía un poco más tranquilo. Al menos tenía fe en la brillantez de Holmes.

          —Si tiene que hacerlo, hágalo, pero con cuidado. Los puntos mal dados no hacen bien a nadie.

          Holmes vertió el agua en la palangana, rasgó una de las sábanas en tiras de un tamaño adecuado y las empapó. Watson observaba en silencio cómo las manos de Holmes se movían con diligencia, metiendo y sacando la tela del agua y retorciéndola luego para deshacerse del exceso de líquido. Continuó así durante unos minutos antes de volverse hacia Watson.

          —¿Le ayudo con los calzones o puede arreglárselas?

          —¿Mis qué?

          La pregunta le había pillado por sorpresa. Sabía que debía quitarse los pantalones, pero no había previsto que tendría que hacerlo delante de Holmes.

          —No puedo coserle con los pantalones puestos, ¿verdad? Venga, hombre; arriba ese ánimo y abajo los pantalones.

          Watson vaciló un instante, pese a la intimidad que compartían. Desvestirse era, definitivamente, algo que hacían por separado. Al fin y al cabo, eran caballeros. Fingiendo ignorar la extraña sensación de torpeza que le embargó, Watson se desató la bufanda, se desabrochó los pantalones y empezó a bajárselos con cuidado. Todo fue bien hasta que llegó a las rodillas; descubrió que era bastante doloroso inclinarse más allá, lo cual significaba que necesitaría la ayuda de Holmes.

          —Hum... Holmes... —murmuró. Detestaba el hecho de no ser capaz de desvestirse solo, y añadió en voz baja—: ¿Puede ayudarme?

          Holmes, que le daba la espalda para concederle un poco de privacidad, se volvió, y cuando estaba a punto de hacer un petulante comentario sobre la incapacidad de Watson para llevar a cabo una tarea tan simple, lo vio. Parecía más pequeño, derrotado. Sus facciones contenían la frustración, el dolor y la humillación que sentía mientras se inclinaba sobre la cintura de sus pantalones. A Holmes le conmovió ver como un hombre alto y orgulloso podía verse reducido a eso. Verlo en un estado tan vulnerable le inspiraba lástima. Pero, ante todo, deseaba hacer lo correcto, ayudar a Watson de alguna forma que no le hiciera sentirse tan humillado e incómodo.

          No pronunció una palabra al acercarse a él y bajarle los pantalones con cuidado. No lo miró al lanzarlos descuidadamente por encima del hombro. Sus ojos recorrieron el tajo de cinco pulgadas sobre la pierna de Watson. No era una simple herida superficial, y le preocupó que Watson lo hubiera trivializado tanto.

          —A la señora Hudson le darán convulsiones si ve esto —bromeó Watson. Si pudiera reír, le ayudaría a sentirse menos expuesto. Le pareció que Holmes no lo oyó, o estaba demasiado ocupado con los trapos mojados mientras acercaba la palangana a la silla de Watson.

          —Prepárese, el agua está fría —dijo Holmes, disponiéndose a limpiar el área en torno a la herida de Watson.

          El agua helada estaba empezando a entumecerle los dedos, pero Holmes apenas lo notó. Otra cosa ocupaba su atención. Miró a Watson, que aferró los brazos de la silla anticipándose al frío y al dolor.

          —¿Listo? Uno, dos, tres...

          Apretó el trapo helado sobre la zona en torno al corte. Watson se encogió y dejó escapar un leve gemido de dolor cuando el agua se derramó por su piel y penetró en la herida abierta. Con cuidado y rapidez, Holmes retiró la mugre, la sangre y quién sabe qué más, revelando una lesión de fiero aspecto sobre la pálida piel de Watson.

          —Le duele.

          —No tanto, de veras.

          —Watson, tiene al menos cinco pulgadas. Necesitará anestesia. Tengo una botella en alguna parte...

          Hizo que Watson sostuviera un trapo sobre la herida mientras él buscaba por la habitación la botella de anestesia que había preparado un par de días antes.

          —Ajá, aquí estás.

          Regresó junto a Watson con un frasco que contenía un líquido claro. Watson enarcó una ceja. Era muy cauteloso en lo que se refería a los preparados de Holmes, especialmente desde aquella vez que había echado uno en su bebida pensando que era ginebra. Un médico borracho no es un buen médico, pero a Holmes le había resultado hilarante.

          —No se preocupe, la probé en Gladstone.

          Ambos miraron de reojo la yaciente figura del perro, que en esta ocasión estaba durmiendo..., o al menos, eso esperaba Watson.

          —A él no le importó —murmuró Holmes, mientras doblaba un trozo de tela seco en un pulcro cuadrado.

          —¿Cómo le va a importar? Se pasa la mayor parte de su vida en un estado de coma inducido por las drogas... gracias a usted. Si no le importa, preferiría prescindir de la anestesia.

          Se volvió a mirar de nuevo a Holmes, pero ya no estaba allí. Antes de que le diera tiempo a procesar el hecho y reaccionar, una fuerte mano que sujetaba un cuadradito de tela le cubrió la boca y la nariz. Watson no tuvo más remedio que aspirar la empalagosa fragancia y sucumbir a la inconsciencia.

          —Lo siento, viejo amigo. Tenía que hacerlo.

 

***

 

          A pesar de sus temores, Holmes halló sorprendentemente fácil coser la pierna de Watson y ponerle una venda limpia. Habría que cambiarla continuamente para prevenir infecciones, pero eso era pan comido. Sabe Dios la de veces que había tenido que hacer lo mismo en su persona. Se sintió ligeramente culpable por haber drogado a Watson, pero es que era demasiado orgulloso y obstinado para admitir cuánto sufría. Ahora no sentía nada, sumido en un profundo y tranquilo sueño que el dolor no podía perturbar.

 

***

 

          Watson despertó con un respingo. Se sentía aturdido, confuso. No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado inconsciente, ni de cómo había acabado en su habitación, limpio y con ropa seca. No intentó moverse de inmediato. Sentía los miembros pesados y descoordinados. De modo que se limitó a yacer allí, intentando reunir fuerzas. Abrió los ojos. Estaba empezando a oscurecer, lo cual significaba que había estado inconsciente durante muchas horas. Volvió a cerrar los ojos, atento a los sonidos de la habitación. Casi había esperado escuchar a Holmes trasteando abajo, en su estudio, pero no se oía nada: tan sólo el suave sonido de un pecho que subía y bajaba rítmicamente en algún lugar a su derecha.

          Se apoyó sobre los codos, intentando sentarse y disfrutar de mejor perspectiva para localizar la fuente de aquel sonido. Aunque ya tenía una idea bastante aproximada, quería corroborarlo. Volvió a abrir lentamente los ojos. Tardó unos instantes en adaptarse a la tenue luz, y al volver la cabeza a la derecha vio la figura de Holmes desplomada sobre el respaldo de una silla, con el violín colgando en su mano. ¿Había estado allí todo el tiempo? Watson sonrió para sí. No sabía muy bien por qué, pero el hecho de que Holmes hubiera permanecido a su lado (aunque dormido) le imbuía de una sensación de felicidad. Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.

         Alargó un brazo para coger el bastón apoyado junto a su cama, lo empuñó con firmeza y lo hincó en las costillas de Holmes. Éste apenas se movió.

          —Holmes.

          Repitió la operación.

         —Holmes.

          El violín cayó al suelo cuando Holmes se llevó la mano al costado, ligeramente aturdido mientras asimilaba lo que acababa de ocurrir. Parpadeó furiosamente unos segundos antes de volverse hacia Watson.

           —Gracias. Confío en que haya dormido bien.

           Bostezó teatralmente, poniéndose fuera del alcance del bastón de Watson.

          —Me drogó.

         El tono de Watson era firme. No estaba contento. Holmes imaginaba que se enfadaría con él, pero se encogió de hombros.

          —¡Tonterías! Lo anestesié. —Sonrió con suficiencia—. Hay una diferencia.

          —¡Aun así, me drogó, Holmes! ¡Y con cloroformo! De todas las cosas...

           Holmes puso los ojos en blanco ante el sermón que se avecinaba.

          —Podría haber sido alérgico.

          —Pero no lo es.

          —Podría haberse pasado con la dosis.

          —Pero no lo hice.

          —¡Ésa no es la cuestión!

          —¿Cuál es la cuestión, entonces? —replicó Holmes rápidamente.

          Watson se estaba exasperando y había empezado a sacar a Holmes de sus casillas, y en el proceso ambos olvidaban que el doctor se estaba recuperando de una herida en la pierna y una dosis de cloroformo. Pero al ver su palidez, Holmes comenzó a lamentar su tono. Debía de haber empleado demasiadas energías en incorporarse y hablar, y la exaltación que empezaba a embargarle acabaría con las que le quedaban.

          —¡La... la cuestión es... —La voz de Watson se volvía más forzada y aguda a medida que su temperamento se iba encendiendo— que podría haberme ocurrido cualquier cosa! ¡Usted conoce los riesgos y aun así, siguió adelante! ¡Espero sinceramente que haya merecido la pena arriesgar mi vida sólo para satisface su curiosidad!

          Se hizo un profundo silencio mientras ambos hombres se miraban fijamente. Holmes sabía que Watson tenía razón. Sabía que no había actuado correctamente, pero... sólo pretendía ayudarle. Jamás habría puesto en peligro la vida de su querido amigo a propósito.

          —Comprendo. Y... lo siento.

          Watson le miró con suspicacia durante unos instantes.

           —No estoy muy seguro de ello. Si la situación se repitiera, ¿volvería a hacerlo?

          —Sin dudar un instante —respondió Holmes de inmediato.

          —Es usted increíble —suspiró Watson.

          —Lo siento, de veras. Siento que se lo haya tomado tan mal. Pero póngase en mi lugar. Su mejor amigo está sufriendo y usted tiene los medios para aliviar su dolor. ¿Qué habría hecho?

          Volvió a hacerse el silencio, roto sólo por el carraspeo de Holmes. Le resultaba extraño expresar sus emociones de ese modo. Ambos hombres parecían un poco incómodos, sin saber dónde mirar. Esta apertura emocional era un concepto extraño para ellos. Generalmente resolvían sus asuntos con algún infrecuente puñetazo o aplicando la ley del hielo. Tras unos instantes, fue Holmes quien volvió a romper nuevamente el silencio.

          —Mire, vuelva a dormirse y descanse como es debido, y ya me reñirá después. Si le duele la pierna, tiene brandy en la mesilla de noche.

          Y con eso, se levantó y dejó la estancia.

         —Yo también lo siento —susurró Watson a la habitación vacía.

 

***

 

          El nuevo día llegó enseguida y encontró a Holmes durmiendo profundamente, tendido de bruces sobre la chaise-longue del rincón de la sala de estar. Tenía el pelo enmarañado y apelmazado de polvo y hollín, y la ropa igualmente hecha un desastre; daba la impresión de que, en su afán por atender a Watson, lavarlo y meterlo en la cama, se había olvidado de sí mismo y acabado por caer víctima de la fatiga.

          Watson se levantó pronto y, tras haber dispuesto de toda una noche para que su cuerpo se autoreparase, se dirigió con paso firme a la sala de estar. Le dolía la pierna, pero sabía que se debía a que el efecto de la anestesia de Holmes ya se había disipado. Durante la noche, Watson no había tocado el brandy que le había dejado sobre la mesilla. Dudaba que le sentara bien después de haber estado inconsciente durante horas. Aunque un sorbo antes de bajar parecía haberle hecho bien. Apoyándose en su bastón, abrió la rígida puerta. Vio a Holmes dormido y decidió no molestarlo. Supuso que se habría pasado despierto la mayor parte de la noche, según su costumbre. Entró en silencio, tomó asiento junto a la ventana y empezó a hojear el periódico del día anterior.

          No más de diez minutos después, oyó abrirse la puerta de la calle y a alguien chasquear la lengua con desaprobación: acababa de llegar la señora Hudson. La oyó murmurar, nada concreto, pero estuvo seguro de haber escuchado el nombre de Holmes varias veces. Se detuvo un instante antes de llamar a la puerta de la sala, y sin esperar respuesta, entró.

          —¡Cielo santo! En nombre de Dios, ¿qué ha ocurrido aquí?

          Estaba visiblemente impresionada y algo asombrada. El suelo estaba cubierto de vendas ensangrentadas, ropa sucia, y la alfombra llena de polvo. Dirigió una mirada iracunda a la yaciente figura de Holmes.

          —¿Qué ha hecho esta vez?

          Watson le sonrió cálidamente, y cuando estaba a punto de empezar a explicarle los eventos de la noche anterior, ella lo cortó, tajante.

          —¡No importa, no quiero saberlo!

          Dicho eso, echó los brazos al aire, exasperada, y salió de la habitación.

          Desde el rincón, Holmes musitó:

          —Adiós, Nanny.

          Abrió un ojo y miró deliberadamente a Watson, que sonreía de oreja a oreja.

          Al otro lado de la puerta, la señora Hudson los oyó reír. Puso los ojos en blanco y murmuró:

          —Lunáticos.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
"Veintiún segundos en los que Sherlock Holmes estuvo equivocado" es un fic de Raindrop cuya versión original en inglés ya no existe,
Veintiún segundos de duda y confusión cuando Sherlock ve aparecer a John en la piscina.
Fandom: Sherlock (BBC)
Traducción: Sandra Hernández


          El problema de estar absolutamente seguro de que se está listo para cualquier eventualidad es que para cuando uno se da cuenta de su error (como invariablemente ocurre), casi siempre es demasiado tarde para explicar la excepción.

          Sherlock Holmes, parado entre el olor del cloro y el suave rumor del chapoteo del agua contra los filtros de la piscina, sostiene la memoria externa en el aire, y está absolutamente seguro de que está listo para cualquier eventualidad.

          Y entonces se presenta la excepción.

          Condición A: Sólo el dinamitero sabía que estaría aquí.

          La impresión, pensará más tarde. Ha sido por la impresión. ¿Quién no estaría impresionado? Él, pensó, él no, él nunca se deja impresionar porque siempre tiene razón. No reconoce la impresión cuando la siente.

          Condición B: John está aquí, esperándole.

          Eso es lo que ve cuando aparece John y lo mira: no la tensa línea de su mandíbula, ni la rigidez de sus hombros, ni siquiera el puto anorak, que nunca antes le había visto, y por si fuera poco, excesivo para la estación. Lo que Sherlock ve es lo que nadie más habría visto: las manos despreocupadamente en los bolsillos, la aparente calma con la que sostiene su mirada.

          Condición C: ...

          Durante veintiún terribles segundos, la mente de Sherlock deja de pertenecerle.

          Mi amigo, dice su mente, pero inmediatamente reemplaza la palabra por “colega”, para volver a reemplazarla por “amigo”. Porque conoce el significado de “colega”: un colega te ayuda y trabaja a tu lado, y lo que sienta o piense de ti es absolutamente irrelevante. Ya ha tenido colegas antes. Y también ha tenido enemigos, muchos enemigos. Pero los enemigos no se mudan a tu casa, ni te dicen lo brillante que eres con callada reverencia vibrando en su voz, ni se preocupan cuando no duermes, ni te dan la lata para que vayas a comprar la leche.

          ¿Hacen eso los amigos? Sherlock no lo sabe.

          ¿Cogen rehenes los amigos y les atan bombas alrededor del cuerpo? Datos insuficientes. Variable sin nombre. Ni siquiera se le ocurre, y sigue sin pillarlo, sin verlo.

          John le devuelve la mirada. El tiempo transcurre a una velocidad subacuática, como si se encontraran en el interior de la piscina y no junto a ella.

          Decide recordarse que él no tiene amigos. Tiene enemigos. Que son lo más cercano, según su hermano.

          —Buenas —dice John.

          Sherlock ve la sequedad de sus labios, el nervioso movimiento de sus párpados. Lo ve. Sherlock ve, pero no observa.

          Mira a John y John le mira a él, y la boca de Sherlock se abre un poco, pero no dice nada. Y Sherlock sigue sin comprender.

          —Menuda sorpresa, ¿verdad, Sherlock?

          Experimenta una desconexión entre sí mismo y su lógico cerebro, pero no sabe qué significa, no logra identificar qué se está perdiendo como resultado de ello. Sabe que se ha perdido algo: su jodido compañero de piso está ahí parado, con las manos en los bolsillos del abrigo junto a la piscina donde Carl Powers murió, vaya si se ha perdido algo..., ¿pero cuándo? ¿Dónde? No puede usar su mente. Siente como si estuviera ahogándose en el interior de su cabeza, ahogándose como el joven Carl Powers. Sólo ve a John Watson.

          —John —dice la lengua espesa de Sherlock. John Watson. La voz le sale ronca. Sus pulmones no poseen aire suficiente para pronunciar su nombre. John Watson—. ¿Qué demonios...?

          —¿A que no te lo esperabas? —dice John Watson.

          John Watson. John Watson. Es John Watson quien habla, pero ¿quién es John Watson? ¿John Watson doctor, John Watson soldado, John Watson compañero de piso, John Watson idiota, John Watson genio, John Watson amigo-colega-amigo?

          ¿John Watson enemigo?

          abre la boca como si intentara respirar bajo el agua por qué no puede PENSAR por qué no puede la gente PENSAR cuándo se convirtió él en parte de la gente

          Si John Watson es su enemigo, ¿realmente desea Sherlock ganar?

          está tan cansado...

          Pero en cuanto esa idea errática y asfixiante cruza su mente ve los ojos de John (esta vez de verdad, y es todo lo que Sherlock ve) y advierte que John también está cansado. Sherlock ha estado despierto durante setenta y ocho horas y ha mantenido despierto a John unas cuarenta. Sabe que, por temor a quedarse dormido, John aún no se ha permitido echar una cabezada. Sherlock percibe en sus propios miembros la ligera pesadez asociada a la inminente fatiga física, y observa en John las ojeras bajo unos ojos hinchados, a pesar de la adrenalina provocada por la presión a la que está sometido.

          Y entonces, un momento antes de que John se abra el anorak   para enseñárselo, observa el chaleco bomba. De repente todo se vuelve más claro, la niebla se disipa de golpe en su mente y todas las piezas encajan en su lugar, y aun así, por alguna razón, sigue sin ser más fácil de asimilar de lo que lo era antes.

          John Watson, amigo. Y es mucho más terrible que John Watson, colega, o John Watson, enemigo.

          La luz roja aparece sobre el pecho de John, y todas las posibles eventualidades cambian a la vez.

         Y Sherlock no está listo para ninguna de ellas.

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
Complicado (Complicated), un fic de Laughing Gravy.
Watson tiene un pequeño accidente...
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández
Original en inglés: https://www.fanfiction.net/s/6145710/1/Complicated

          —¡Watson!

          Maldita sea... ¿Dónde está este hombre?

          El villano detenido, la casa atestada de policías, y el buen doctor por ninguna parte. Holmes se detiene en lo alto de unas empinadas escaleras con peldaños de madera. Se esfuerza por distinguir algo en la oscuridad del sótano.

           —¡Watson! ¿Está ahí abajo?

           Su voz se pierde, como tragada por la penumbra.

          ¿Ha oído un gemido? Holmes baja corriendo los escalones, agarrándose justo a tiempo cuando sus pies resbalan sobre la traicionera superficie.

          Y allí está el hombre, sentado contra la pared, débilmente iluminada por la tenue luz que se filtra desde arriba entre las tablas de madera.

          —Bien... Watson... ¿Nos vamos?

          Los ojos de Holmes pasan ansiosamente del doctor a la escalera, y nuevamente al doctor.

          Y entonces se da cuenta: el doctor está tenso, con el rostro pálido y contraído. El detective alza una ceja inquisitivamente.

          —Mi brazo... Está roto... —es la respuesta del médico.

          Por un momento, Sherlock Holmes se limita a considerar los hechos. Luego pregunta:

          —¿Está seguro?

          —Oh, sí, estoy seguro —dice el doctor, insinuando en su voz una sonrisa tirante.

          Holmes se acerca y ve que su rostro está gris y brillante y que la sonrisa que luce en sus labios es forzada. Se sujeta el brazo derecho inmóvil contra el cuerpo, mostrando a Holmes la palidez de su mano contra el abrigo oscuro.

          Holmes hace la deducción más rápida y obvia.

          —Un momento... ¿Se ha caído por las escaleras?

          El pobre doctor se las arregla para parecer aún más desconcertado cuando responde con embarazo:

           —Sí.

           —Mala suerte, amigo mío, pero no debería estar tan disgustado, yo he estado a punto de darme un batacazo...

           La débil voz sin aliento interrumpe su conmiseración:

          —Escuche, Holmes, es... complicado. Tengo la mano fría, no la siento. Necesito... necesitamos... recolocar el hueso... ahora mismo.

          —Le llevaremos al hospital y estará como nuevo.

          E inmediatamente Holmes se da la vuelta, listo para subir corriendo las escaleras. Después de todo, ahí arriba está la mitad del Cuerpo, pisoteando la escena del crimen.

          Pero Watson mueve lentamente la cabeza mientras sus ojos parecen cerrarse por voluntad propia, y susurra:

          —No... —Traga saliva y continúa—: Hay que hacerlo ahora... La circulación, ya sabe... Podría perder el brazo...

           Los ojos de Watson siguen cerrados, la cabeza baja. Holmes le oye murmurar palabras como “fractura” y “reducción”. De repente, un rostro blanco se alza. Holmes se agacha y apoya una mano en el hombro de su amigo en un gesto interrogante. Watson le dirige una mirada perpleja y dice:

          —Creo que voy a...

          Se gira a un lado, vacilante, y vomita en el rincón.

          —Mi querido Watson... —suspira Holmes, frunciendo el ceño con preocupación.

          Se arrodilla velozmente junto al doctor para sostener a su tembloroso compañero, y vuelve a colocarlo de espaldas contra la pared, procurando no tocar el brazo herido. Watson respira pesadamente, sin dejar de sujetarse el brazo contra el cuerpo.

          —¿Qué debo hacer? —pregunta Holmes, con rostro grave y la voz queda.

          Watson parece aliviado y responde suavemente:

          —Gracias.

          Holmes señala el abrigo.

          —¿Debería quitarle esto?

          —Eso me temo —responde el doctor, y sus miradas intercambian un sombrío entendimiento.

          Holmes sujeta firmemente el brazo herido como si fuera de cristal   y pregunta:

          —¿Listo?

          Watson empieza a encoger el hombro izquierdo para hacer bajar el abrigo, entre respingos y jadeos. Con mucho esfuerzo, se las arregla para pasarse el abrigo por detrás. Ahora sólo queda bajar la manga derecha, un proceso que se lleva a cabo entre un sinfín de jadeos de Watson y el gentil estímulo de Holmes.

          Lentamente, ayuda a Watson a bajar el miembro roto hasta el sucio suelo. Holmes se cambia de sitio para atenderle mejor. Mira al médico a la cara. Watson está temblando bajo su fina camisa de lino. Holmes le sube la manga y ve que el brazo derecho está cubierto de cardenales rojos como la sangre. Está torcido en un ángulo extraño, y la muñeca y la mano están blancas e inertes.

          —Sujete... —le indica Watson, y, con la mano buena, coge las de Holmes, una tras otra, y las coloca cerca del codo derecho—. Cuando... cuando lo hayamos hecho —traga saliva con dificultad—, lo más probable es que vuelva a vomitar. —Dirige a Holmes una mirada de disculpa—. Y que me desmaye —ríe sin humor—. Por supuesto, no necesariamente en ese orden.

          —¿Y qué debo hacer entonces? —pregunta el detective.

          —Sólo mantenerme caliente y buscar ayuda... Estaré bien...

          Watson vuelve a cerrar los ojos y respira hondo varias veces de manera entrecortada. Holmes se dispone a hacer cuanto pueda.

          El detective observa los largos dedos de Watson dibujar sobre la piel del brazo herido, sin apenas tocarlo, pero aun así percibiendo competentemente la posición de  los huesos rotos. Luego, sin previo aviso, tomando a Holmes por sorpresa, agarra serenamente la muñeca y tira. El único sonido lo emite Holmes, un leve siseo de dolor empático. El doctor arquea bruscamente la espalda con los ojos muy abiertos, aspira una enorme bocanada de aire y lo suelta en varios jadeos cortos y lastimeros.

          Hay un breve silencio.

          —Watson, no ha vomitado ni se ha desmayado... ¿Debería preocuparme? —inquiere el detective con absoluta seriedad.

          Pero Watson no responde a su pregunta. Sus dedos, aun temblando terriblemente, se buscan el pulso con movimiento experto.

          —Bien... Ha funcionado... Estoy bien —jadea, aliviado, exhibiendo por fin una auténtica sonrisa.

          Holmes observa cómo el cuerpo de Watson se relaja, inclina a un lado la cabeza y le dice alegremente:

          —Ahora viene el desmayo, viejo amigo... Gracias, Holmes.

          —De nada, amigo mío, de nada...

          Y da unas palmaditas en el hombro del doctor, ahora inconsciente.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
Esto de ir de bueno... Un fic de Sabetha Lamora (el original en inglés ya no existe).
De vuelta en casa, después del incidente con Killer Evans ("Los tres Garrideb").
Fandom: Sherlock Holmes (Canon)
Traducción: Sandra Hernández

—No lo habría hecho, ¿verdad? —pregunté esa noche, con mi muslo herido cuidadosamente vendado y el resto de mi cuerpo reconfortado por el té caliente y el fuego de la chimenea.

Holmes, como solía hacer al final de un caso estimulante, se hallaba tumbado en el sofá con una mano por encima de la cabeza, sosteniendo un cigarrillo. Emitió un lánguido murmullo y volvió la cabeza hacia mí.

—¿Hacer qué, Watson? —preguntó, con la voz ligeramente más ronca de lo habitual debido a los cigarrillos que se había estado fumando uno tras otro desde que volvimos a casa.

         Vacilé, pues no estaba completamente seguro de querer saber la respuesta. De que lo había asustado con mi herida esa noche, no me cabía duda. Nunca había visto sus manos temblar de aquel modo al volverse hacia mí, sin saber dónde o cuan grave había sido el disparo de aquel atroz desalmado, Killer Evans. Pero lo que había dicho no podía ir en serio. Holmes era el modelo mismo del autocontrol y la moral más elevada, aunque hubiera quien lo dudara a causa de sus controvertidos métodos. Él no cometería semejante delito llevado por el calor del momento. La simple idea era absurda. Sin embargo, Sherlock Holmes no era un hombre que hablara a la ligera. Tenía que saberlo, aunque sólo fuera para satisfacer mi curiosidad.

         —Aunque mi herida hubiera sido más seria, no habría cumplido su amenaza, ¿verdad?

         La oscuridad pareció descender sobre los rasgos de Holmes. Volvió a mirar al techo una vez más, dando una larga calada a su pitillo. Exhaló el humo pensativamente, con una expresión realmente lúgubre. Los minutos transcurrieron en silencio, y empecé a pensar que mi pregunta quedaría sin respuesta cuando, repentinamente, habló.

         —Si usted hubiera muerto esta noche, Watson, le habría disparado a ese hombre con su propia pistola. Le habría disparado en un pulmón, para que se ahogara en su propia sangre. Eso es lo que habría hecho si él me hubiera privado de usted. Discúlpeme si esto echa abajo la indudable y desesperadamente romántica imagen que se ha formado de mí como paladín de la justicia, pero ésa es la verdad.

         Holmes lanzó el cigarrillo a través de la ventana abierta en un repentino ataque de furia, su rostro contorsionado por la ira, pero siguió sin mirarme. Clavó los ojos en la ventana, como si ésta le hubiera dirigido una ofensa personal.

         —No entiendo por qué se sorprende —gruñó, levantándose e iniciando un frenético paseo por la habitación—. Se menosprecia constantemente, doctor. A veces me pregunto si realmente es tan obtuso como se describe en esos espantosos relatos suyos. No le conservo a mi lado porque sienta la necesidad de seguirle la corriente. Tenga por seguro que poseo suficiente dinero a estas alturas para irme a vivir a algún lugar mucho mejor que éste. ¡Hace ya más de veintiún años que le conozco! Hasta un “autómata sin corazón” como yo acaba sintiendo cierto afecto por un compañero que ha sabido soportar mi a veces bastante agria compañía durante tanto tiempo. Así que sí, le habría disparado. Y con gran placer, además.

         Holmes se detuvo finalmente y pareció desinflarse un poco, en un visible esfuerzo por contenerse. Sus ojos se encontraron con los míos y no se me ocurrió absolutamente nada que decirle. Soy un hombre de palabras, pero cuando hace falta, también soy un hombre de acción. Alcé una mano y le indiqué que se acercara. Me habría levantado yo mismo si mi maldita pierna no me lo hubiera impedido. Avanzó a zancadas, y cuando lo tuve lo suficientemente cerca, tomé su mano y lo atraje hacia mí, atrapándolo en lo que sólo podría describirse como un abrazo.

         Holmes se quedó rígido. Las manifestaciones de afecto físico entre nosotros eran muy contadas, dado que mi amigo siempre se había sentido incómodo ante el sentimentalismo innecesario. Pero no se apartó, ni intentó liberarse. Fui ligeramente consciente de su excesiva delgadez, pero decidí que ya me preocuparía por eso otro día. En aquel momento me limité a deleitarme con la rara intimidad que compartíamos.

         —¿Watson? —dijo al cabo de un rato, al considerar que el abrazo se prolongaba más de lo necesario.

         Me mordí los labios para no reír, pero mi alegría era indudablemente obvia cuando respondí:

         —Cállese, le estoy abrazando.

         Tras unos instantes, Holmes volvió a interrumpir el silencio, esta vez con un poco más de impaciencia en su voz.

         —¿Esto va a durar mucho? Tengo archivos que clasificar.

         Sin poder contenerme más, empecé a reír incontroladamente. Holmes no tardó en imitarme, y reímos hasta que no nos quedó más aire en los pulmones y nuestros rostros adquirieron un rojo encendido. Intenté recuperar el aliento, aferrado a mi sofá para no caerme, mientras Holmes, en el suelo, aún intentaba ahogar contra la alfombra los últimos estallidos de risa. Era una escena absolutamente entrañable.

         —Estamos un poco locos, ¿verdad? —dije al fin entre jadeos, enjugándome las lágrimas que la risa me había provocado.

         Holmes se tumbó de espaldas y me miró, sonriendo.

         «Mucho mejor», pensé con afecto.

        —Imperdonablemente locos, mi querido, queridísimo Watson —dijo, y, para mi sorpresa, tomó mi mano—. Pero vivos, y muy felices.

 

FIN

 



sandrahernandez: (Default)
El regalo de uno mismo (The Gift of One's Self), un fic de Jemisard.
Final alternativo de "El gran juego". Moriarty pone en práctica otro juego con Sherlock y John.
Fandom: Sherlock (BBC)
Traducción: Sandra Hernández.
Original en inglés: https://archiveofourown.org/works/163322


      Ésas habían sido las palabras fatídicas.

      —¡Sherlock, corre!

      Sherlock no había hecho tal cosa. Siguió apuntando a Jim a la cabeza, mientras John lo sujetaba con un brazo alrededor del cuello.

      Jim lo había captado. John estaba dispuesto a morir para detenerle y permitir a Sherlock escapar al mismo tiempo. La expresión de puro placer que iluminó su rostro resultaba obscena pese a la férrea presa de John, que le utilizaba a un tiempo como escudo humano contra el francotirador y como seguro contra la bomba que llevaba atada a su propio cuerpo.

      Dulce, había dicho. Mascota fiel. A Sherlock le molestaban esos términos, porque John no era una mascota, sino un hombre brillante y leal dispuesto a sacrificarse.

      Y eso era muy malo. Porque con sus francotiradores apuntándoles a ambos, Jim era ahora consciente de lo que haría John para proteger a Sherlock. Y que Dios le perdonara, Sherlock no estaba seguro de lo lejos que él habría llegado para proteger a su compañero.

      Parado entre los dos, Jim se sacudió el traje, ligeramente disgustado por el hecho de que John se hubiera atrevido a tocarle.

      —Westwood.

      Los ojos de Sherlock se posaron brevemente en John, advirtiendo el dolor en su mirada. John se alejó de Moriarty, mirando a Sherlock.

      —¿Sabes lo que ocurrirá si no me dejas en paz, Sherlock? —El tono cadencioso y zumbón de Jim añadía a sus palabras una amenaza que a Sherlock no le gustó—. ¿Lo sabes?

      Sherlock cambió de posición, sin dejar de apuntarle.

      —Oh, a ver si lo adivino —dijo, arrastrando las palabras—. Me matarás.

      Pero en realidad... sólo esperaba que Jim, quizá, picara el anzuelo. Que no eligiera aquella otra opción un poco menos obvia.

      —¿Matarte? —Jim pareció ligeramente disgustado—. Hum, no, no seas tan obvio. Algún día te mataré, claro.

      Sherlock se preguntó si era así como lo oían a él los demás, cuando manifestaba lo aburridos y pesados que eran.

      —Pero no tengo ninguna prisa —murmuró Jim con ternura—. Eso lo reservo para una ocasión especial. No, no, no, no.

      Y entonces, la actitud amigable de Jim se vino abajo, junto con su máscara de humanidad, y sólo quedó el rostro frío, la expresión distante.

      —Si no dejas de fisgar... —Hizo una pausa, casi jadeante, mientras contemplaba a Sherlock de arriba a abajo, antes de continuar—, te reduciré a cenizas.

      La mirada de Sherlock se obstinó en sostener la de Jim.

      —Reduciré a cenizas tu corazón —concluyó, con el odio empleado en escupir la palabra “corazón” fundiéndose en algo casi parecido a la piedad.

      Sherlock permaneció imperturbable. Sostuvo la mirada de Jim sin pestañear.

      —Según varias fuentes, carezco de él —dijo llanamente.

      —Pero ambos sabemos que eso no es del todo cierto —ronroneó Jim, meneando la cabeza.

      Y Sherlock cometió el segundo error de aquella noche.

      El dolor que dejó entrever brevemente en su mirada, la forma en que parpadeó para evitar mirar automáticamente a John, su fría máscara deslizándose por un segundo, sin mostrar emociones, pero aun así...

      Jim lo percibió, sonrió ligeramente y pareció despojarse de su inhumanidad para volver a dar paso a toda su jovialidad y simpatía.

      —Bueno, será mejor que me vaya.

      Miró a Sherlock, luego a John, y de nuevo a Sherlock.

      —Ha sido un placer charlar contigo.

      Se humedeció los labios y Sherlock deseó fervientemente meterle una baja entre las cejas.

      Reafirmó su postura.

      —¿Y si te disparase ahora mismo?

      Jim apenas dudó. Sabía tan bien como Sherlock que eso no ocurriría.

      —Pues disfrutarías de mi mirada de sorpresa —respondió en el mismo tono cadencioso y zumbón, componiendo una mueca de burlona conmoción que se deshizo en una abierta sonrisa segundos después—. Porque me sorprenderías, Sherlock, de veras. —Frunció ligeramente el ceño, sus emociones oscilando—. Y también me sentiría un poquito...

       decepcionado

      —…decepcionado.

      Ser capaz de predecir las palabras de Jim Moriarty no era precisamente un consuelo.

      El silencio se alzó entre ellos, mientras Jim sonreía ligeramente y Sherlock seguía empuñando el arma, aunque, a estas alturas, ambos supieran que en realidad sólo era una pose.

      —Y, por supuesto... no disfrutarías por mucho tiempo.

      Dos francotiradores. Y una bomba detonable por control remoto aún atada al cuerpo de su mejor amigo, que estaba pálido y hacía cuanto podía para mantenerse tranquilo y centrado. Sherlock estaba orgulloso de él por negarse a dejarse llevar por el pánico.

      —Ciao... —dijo Jim, dando media vuelta. Se detuvo un instante para mirar atrás, y esta vez, la apenas disimulada rabia psicópata centelleó en sus ojos y sangró en su voz—: …Sherlock Holmes.

      Dejó que su mirada se demorase en Sherlock un instante más y luego se dirigió a la salida.

      Sherlock se movió despacio, manteniendo a Moriarty en el punto de mira mientras se acercaba a John.

      —Ya... te... cogeré —dijo lentamente, con los ojos clavados en la espalda del criminal.

      Moriarty se detuvo en el umbral, y una risa silenciosa estremeció sus hombros.

      —¡No, no lo harás!

      Su voz volvía a ser alta, ligera y descarada y, finalmente, la puerta se cerró entre ellos.

      Sherlock se quedó inmóvil, esperando que Moriarty volviera de repente. Próximo a él, por el rabillo del ojo, veía a John, que seguía exactamente donde estaba, tenso, aún erguido. Más o menos.

      Por fin volvió ligeramente la cabeza, el arma apuntada hacia el chaleco bomba que claramente no tenía detonadores en las hebillas que lo cerraban, y se encontró con los ojos de John.

      Estaba aterrorizado y al borde del colapso, con las pupilas tan contraídas que resultaban casi invisibles.

      Sherlock tiró el arma y se arrodilló ante John, desabrochándole las hebillas para librarle del chaleco mientras su amigo se tambaleaba, relajando el cuerpo y cediendo al fin al peso de las emociones del momento. Tenía la respiración entrecortada y los brazos flojos, y no hacía ningún intento por ayudarle a liberarle.

      —¿Estás bien? —preguntó Sherlock, soltando bruscamente las palabras.

      John se limitó a jadear, intentando mantenerse en pie.

      Las hebillas se soltaron.

      —¿Estás bien? —repitió Sherlock en voz más alta, intentando que John le respondiera.

      —Sí, sí —farfulló—. Sí, estoy bien.

      Su expresión era distante y su voz plana y sin pánico mientras Sherlock intentaba desesperadamente despojarle del abrigo y el chaleco antes que Jim cambiara de idea y lo hiciera estallar.

      —Sherlock —volvió a farfullar John, a punto de derrumbarse cuando las prendas finalmente cayeron y Sherlock las alejó de ellos a patadas—. ¡Sherlock!

      Alzó la vista y sus miradas se encontraron. John estaba empezando a hiperventilar, hundiéndose en el shock, sin duda, y Sherlock deseó por un instante tener una manta a mano. Las mantas servían de ayuda en caso de shock.

      Pero él estaba bien.

      Y lo estaría más si pudiera echarle la vista encima a Moriarty y volarle la cabeza.

      Oyó que John se tambaleaba y maldijo en voz baja mientras se agachaba a recoger el arma.

      La puerta volvió a abrirse, y Sherlock se quedó paralizado.

      Moriarty exhibía una amplia sonrisa.

      —¡Soy tan voluble!

      Entró, y Sherlock miró el arma y vio el dilema.

      Un punto rojo enfocaba la pistola. Otro subió por su brazo y dedujo que se detenía en su sien.

      —Sherlock…

      Miró a John, que se había acuclillado torpemente contra la puerta de un vestuario. Un punto rojo jugueteaba sobre su pecho, otro se asentó en su frente y un tercero sobre su vientre.

      Maldición.

      Apartó la mano del arma y se incorporó lentamente, dando un paso atrás por cada uno que avanzaba Moriarty hasta volver al lado de John.

      —Es mi punto débil —sonrió Jim—. Pero, naturalmente, es el único, al contrario que vosotros. Empiezas por el cariño y de repente tienes todo tipo de debilidades. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Cuánto te importa tu mascota, Sherlock? Tu pequeña y leal mascota…

      —Basta —dijo Sherlock, interponiéndose entre Jim y John con todo el disimulo del que fue capaz. No volvería a darle a Moriarty nada con lo que regodearse.

      —Oh, relájate, Sherlock. Estabas dispuesto a dejarme escapar con tal de que él estuviera a salvo, así que no creo equivocarme al suponer que no hay nada que hombres como tú y yo no podamos negociar como pago a su lealtad.

      —Él no es como tú —protestó John.

      —Es igual que yo —replicó Moriarty—. Se parece más a mí de lo que nunca podría llegar a parecerse a ti, con tu pequeña y aburrida mente y tu vida tan horriblemente obvia.

      —John, calla —dijo Sherlock con voz queda. Mientras Moriarty se concentrara en él, estarían bastante seguros. Moriarty no planeaba matarlos sin más, o ya lo habría hecho. Estaba jugando con Sherlock, pero si decidía que John era más molesto que divertido, le dispararía, y sería una muerte lenta y dolorosa.

      O aún peor, instantánea.

      —Sí, John, escucha a Sherlock. Te lo dice de corazón —sonrió Jim—. ¿Alguna vez deseaste tener un corazón, Sherlock? ¿O sólo llegaste un día a la horrible conclusión de que lo tenías y que habías empezado a encariñarte sin querer? Según el cuento, el Hombre de Hojalata descubre que tiene corazón cuando comprende que ama a sus amigos.

      Sherlock no entendió la referencia. Le sonaba, el nombre le era familiar, pero no hallaba ningún dato en su archivo mental.

      —Si él es el Hombre de Hojalata, tú debes ser la Bruja Perversa del Oeste —dijo John con desprecio.

      —Pero tú no eres Dorothy, John, así que no te hagas ilusiones pensando que puedes detenerme —respondió Jim con frialdad.

      Sherlock odiaba sentirse perdido, pero de repente llegó la información: El Mago de Oz, un clásico de la literatura infantil, una niña pequeña en un mundo mágico y maravilloso buscando el modo de volver a su casa con su familia y a una existencia mundana. Un caso de secuestro que había investigado hacía referencia al libro en la nota de rescate.

      —No habrás vuelto para hablar sobre clásicos infantiles, ¿verdad?

      —Puede —Jim hizo un mohín y luego se echó a reír—. Vale, no, pero fue agradable cambiar de tema.

      Se sacó un móvil del bolsillo y miró la pantalla un instante.

      Sherlock se arriesgó a mirar a John, que se limitó a asentir ligeramente. No iba a desmoronarse mientras la amenaza siguiera ahí.

      —¿Sabes? Me ha gustado el momento en el que le arrancas frenéticamente la ropa incluso antes de que se te pase por la mente comprobar si seguía aquí. ¿Debería ofenderme que te olvides completamente de mí en cuanto se te presenta la oportunidad de desnudar a John Watson, Sherlock?

      Había una cámara. Posiblemente con los francotiradores. Sherlock se propinó una patada mental.

      —Mi mente no asimila la idea de que alguien tan plano como él tenga prioridad sobre tu némesis —dijo Jim, avanzando entre ellos. Arrastró una mano sobre los hombros de John, soltando una risita cuando éste intentó eludir su contacto. Dio un paso atrás, se ajustó la chaqueta y se quitó el auricular y el micrófono.

      John se levantó y se puso delante de Sherlock, sin ocultar su reacción instintiva de interponerse entre ambos genios.

      Jim volvió a reír.

      —Juguemos, chicos. Veamos lo valiente y leal que es nuestro soldadito.

      —Creía que querías jugar conmigo —dijo fríamente Sherlock.

      —¡Eso hago! John, quítate el auricular y pónselo a Sherlock.

      John miró a Sherlock, que asintió ligeramente. Había al menos cinco francotiradores y no tenía sentido intentar nada en ese momento.

      Con mano notablemente firme, John se quitó el auricular y se lo tendió a Sherlock.

      Jim chasqueó la lengua.

      —John, John, John, ya has olvidado las reglas. Pero se te perdona, porque tu cerebro es pequeño. Ponle el auricular a Sherlock. Sherlock, arrodíllate ante John. Si os portáis bien, no pasará nada. Si no, empezaré a repartir agujeros al azar entre uno y otro. Sólo pensad que la seguridad de vuestro mejor amigo depende de vuestro buen comportamiento. Y estoy seguro, Sherlock, de que John puede iluminarte acerca de lo espantosamente doloroso que puede ser un disparo sin llegar a ser ni remotamente mortal.

      Con la mandíbula apretada, Sherlock bajó una rodilla. John se acercó, prendió el auricular al cuello de su camisa y le apartó delicadamente el pelo para colocar el auricular en su sitio, bien ajustado y firme.

      —Retrocede.

      Fue una sensación extraña escuchar a Moriarty en su oído al mismo tiempo que lo veía alejarse de ellos.

      John retrocedió un paso sin mirar a Jim.

      —Levántate, Sherlock. No te he hecho arrodillar para que John Watson te toque.

      Sherlock se incorporó lentamente, mirando a Moriarty por encima de John. Jim se alejó unos pasos más, convirtiendo su voz en un susurro al oído de Sherlock.

      —Vamos a jugar a “Jim dice”. Si haces lo que Jim dice, no pasará nada. Si no lo haces, Jim empezará a hacer agujeros en el doctor Watson.

      Apretando los dientes, Sherlock asintió una vez para indicar que lo había entendido.

      —Y si haces alguna tontería, los francotiradores te dispararán en los brazos y las piernas, y le harán lo mismo al doctor Watson, y luego le harán un agujero muy grande en la ingle. Es un modo horrible de morir, Sherlock, desangrarse por un balazo de gran calibre en los genitales.

      Sherlock mantuvo el rostro inexpresivo. No quería perturbar aún más a John.

      —Indícame que lo has entendido, Sherlock.

      Volvió a asentir.

      —No he dicho “Jim dice” —dijo Moriarty con voz fría.

      Sherlock oyó a alguien gritar una contraorden cuando sonó el disparó y John cayó de rodillas, aferrándose el brazo que la bala había rozado. Jim lanzó un profundo suspiro y luego volvió a bajar la voz.

      —La próxima vez no serán tan generosos, Sherlock. Indícame que lo has entendido.

      Sherlock permaneció completamente inmóvil.

      —Perfecto. —Jim retrocedió un poco—. Jim dice que ayudes a John a levantarse.

      Sherlock se acercó a John y lo ayudó a incorporarse con cuidado, sujetándole con firmeza. Le espantó imaginar lo que John vio en su rostro, porque éste le dedicó una débil sonrisa con la que probablemente pretendía darle ánimos.

      —Es un soldadito valiente, Sherlock. Jim dice que le digas que permanezca erguido mirando las duchas.

      —Permanece erguido mirando las duchas —dijo Sherlock con cuidado, con voz hueca y neutral.

      John obedeció sin protestar.

      —Muy bien. Jim dice que le digas que es un buen chico y que le des unas palmaditas en la cabeza.

      ¿En serio? ¿Iba Moriarty a ser tan prosaico? ¿Tan predecible? ¿Tan aburrido?

      —Buen chico —dijo con el mismo tono hueco, dándole a John unas palmaditas en la cabeza.

      John miró a Moriarty.

      —Jim dice que le recuerdes las reglas.

      —Recuerda las reglas, John —dijo Sherlock con voz queda.

      John hizo lo que Moriarty quería, pero por lo demás permaneció quieto y silencioso. Respiró hondo y miró a Sherlock con una expresión de rabia en sus ojos.

      Y Sherlock siguió jugando a “Jim dice”, decidido a no volver a cometer ningún error.

      —Jim dice que le quites a John ese espantoso abrigo.

      Refrenó el impulso de protestar antes de hacer que volvieran a dispararle a John y le quitó el abrigo, arriesgándose a echarle un vistazo a la herida. Era un rasguño, nada serio, por fortuna. John tragó saliva, reflejando ahora tras la rabia en su mirada un atisbo de preocupación.

      —¿Sabes, Sherlock? No lo entiendo. Míralo. Quiero decir... míralo. Es tan corriente... Con esa ropa barata, su cerebro lento y aburrido, y tan... chaparro. Basto. Todo en John Watson es muy... basto.

      Jim no se lo había dicho, así que Sherlock no respondió, ni apartó sus ojos de los de John. John no era tan bobo como el resto. A veces resultaba aburrido, pero no era basto ni corriente. La gente corriente no recibe un disparo sin quejarse. La gente corriente no intenta salvarte aun a costa de su propia vida.

      —Se me ocurre que podrías indicarme qué partes de John son las más importantes para ti. Jim dice que hay cinco puntos de su cuerpo que puedes declarar a salvo de las balas si fallas, e incluso te daré un minuto para que decidas. Pero hay truco, Sherlock. Jim dice que tienes que besar esos puntos para demostrar cuánto te importan.

      Su cuerpo tembló ante la urgencia de saltar y matar, de aplastar la cara de Jim Moriarty contra las baldosas hasta que no fuera más que un amasijo sanguinolento. John se dio cuenta de que algo iba mal y frunció el ceño con preocupación, y Sherlock tuvo que cerrar los ojos para concentrarse en pensar.

      Debía hacer lo posible para salvaguardar todos los puntos que supusieran una muerte instantánea. Del resto, pese al dolor, John podría recuperarse recibiendo atención médica. Se le ocurrían al menos tres. Intentaría salvar una de sus manos, para que no tuviera que enfrentarse al mundo incapaz de sostener un arma y poder vengarse de aquel hombre. Y... Dio un respingo al entender qué era lo que Jim quería ver, lo que quería obligarle a hacer para proteger a John de una amenaza que éste ni siquiera había oído pronunciar.

      —Jim dice que es hora de actuar.

      Abrió los ojos y trato de no mirar mientras lo hacía. Suavemente, depositó su primer beso en la sien de John. Disparo en la cabeza.

      Con igual suavidad depositó el siguiente en su mano izquierda, inclinándose para que John no tuviera que alzar el brazo herido. Sentía los ojos de John clavados en él, agudos y atentos.

      El tercero se posó castamente sobre su esternón, sobre su corazón, y fue consciente del olor a miedo y sudor que emanaba del cuerpo de John.

      El cuarto requirió tocar la cabeza de John para inclinarla de modo que Sherlock pudiera rozar con los labios su garganta. Un disparo en la garganta, tan bueno como irremediable si se producía.

      Y el quinto...

      Cerró los ojos, apoyó una rodilla en el suelo y respiró hondo antes de inclinarse para besar ligeramente la bragueta de John, volvió a incorporarse enseguida y se quedó mirando fijamente la pared por encima de la cabeza de John.

      John prácticamente vibraba de rabia contenida, humillación e indignación.

      —No sabía si lo harías, Sherlock, pero ahora veo que de verdad tienes corazón cuando se trata de tu dulce mascota, ¿verdad? —La voz de Jim se tornó gélida—: Qué patético que alguien como tú caiga tan bajo por algo tan insignificante como John Watson.

      Sherlock no lo miró. No reaccionó.

      —Jim dice que vengas aquí.

      Echó a andar hacia Moriarty.

      Moriarty le tendió un auricular.

      —Jim dice que se lo pongas a John.

      Sherlock se lo arrebató de la mano, regresó dando zancadas, y se lo colocó a John con eficiente rapidez.

      —Jim dice que te portes bien.

      Él no oyó nada, pero quedó claro que John sí por la forma en que apretó la mandíbula y alzó las manos para empezar a desabotonar la camisa de Sherlock con distanciamiento profesional.

      Sherlock siguió mirando más allá de John, hasta que regresó el susurro:

      —¿No es esto lo que querías, Sherlock? ¿Sentir a John Watson manoseando tu cuerpo con sus sucias manos?

      Sintió a John desprender el clip del cuello de su chaqueta y ponerlo sobre su piel. El cocodrilo de metal mordió su carne. John le quitó el abrigo y lo arrojó a la piscina. Luego se situó a su espalda, tiró de su camisa hacia abajo y la retorció, aprisionando flojamente las manos de Sherlock con las mangas.

      Se vio obligado a mirar a Moriarty, con los brazos sujetos a la espalda, el pecho al descubierto y el cuello ardiéndole allí donde el clip pinzaba su piel.

       —Muy bonito —murmuró Moriarty en su oído—. ¿Lo estás disfrutando, Sherlock? ¿Disfrutas al sentir a John sujetarte los brazos y pegar su cuerpo al tuyo?

      No respondió.

      Hubo un silencio, y luego los brazos de John rodearon su cuerpo, y sus manos, calientes y pegajosas a causa de su propia sangre, acariciaron su pecho, rodearon sus pezones y descendieron por su vientre hasta el cinturón.

      Siguió sin decir nada.

      —Jim dice que te des la vuelta y abofetees a John. Con fuerza.

      Sherlock cerró los ojos, liberó los brazos casi sin esfuerzo y se giró, imaginando que era Mycroft quien estaba frente a él. Con los ojos aún cerrados, cruzó la cara de John con un fuerte revés.

      —Vaya, eso no ha sido muy amable, Sherlock. Será mejor que le ayudes a levantarse y le des un beso.

      Todo lo que quería era ayudar a John, pero aún no había oído pronunciar las palabras esenciales.

      —¿Sabéis qué? —dijo Jim en voz alta—. Este juego no es tan divertido si los dos os esforzáis tanto en no meter la pata. Quitaos los auriculares.

      John obedeció. Sherlock permaneció inmóvil.

      —No hemos terminado, Sherlock —le susurró Moriarty—. Jim dice que recojas el arma de John y le dispares.

      Sherlock vaciló. No quería hacer tal cosa. ¡Dios, no quería! Pero si no lo hacía él, lo harían los francotiradores, y sabía exactamente cómo sería.

      Fue hacia el arma con paso decidido, la recogió y se volvió. Ya había catalogado y decidido, y le apuntaba al hombro cuando cambió de idea.

      Jim había dicho que le disparara. Pero no había dicho que tuviera que acertarle de lleno.

      Disparó, y la bala rozó el brazo derecho de John haciéndole retroceder un paso tambaleante y caer de rodillas con el rostro pálido, mientras una nueva flor de sangre fresca florecía sobre su camisa.

      —Muy listo, Sherlock   —murmuró Jim—. Pero supongo que esto no infringe las reglas del juego. Voy a darte una oportunidad. Demuéstrame lo mucho que te importa John Watson. Cuanto más me convenza de su importancia, menos probable será que le mate.

      Y sabría mejor cómo controlarles. Bajó la mirada... y de pronto vislumbró su salvación.

      Jim estaba disfrutando mucho con su juego. Eso era una debilidad.

      Sherlock se acercó a John, se arrodilló frente a él, y sus labios apenas musitaron una disculpa antes de tomar su rostro con una mano y besarlo.

      Los labios de John quedaron laxos ante la sorpresa, permitiendo que Sherlock profundizara su beso, ladeándole la cabeza, abalanzándose sobre él, saboreando su boca, el leve regusto de la cerveza de la cena, la sangre que se había causado al morderse. Presionó aún más para saborear mejor, sustituyendo el interés del momento por lo que podría interpretarse como genuina pasión.

       Su otra mano se deslizó sobre la cintura de John, aún sosteniendo el arma. Le agarró del brazo para acercar más sus cuerpos, apoyándose sobre las baldosas, tumbando a John de espaldas incluso cuando éste interrumpió el beso mirándole con una expresión terriblemente confusa y estupefacta.

      Y entonces Sherlock disparó.

      No a Moriarty.

      Al chaleco, aún tirado en el suelo tras él.

      Al mismo tiempo, protegiendo con una mano la cabeza de John, tomó aire y se lanzó con él a la piscina.

      La explosión los empujó a través del agua, aferrados el uno al otro mientras una erupción de llamas y escombros se producía encima de ellos. John le hizo girar bruscamente. Una fracción de techo cayó sobre el lugar donde habían estado.

      Salieron juntos a la superficie, jadeando. Por mucho dinero que Moriarty pagase a sus hombres, no era suficiente para que siguieran prestándoles atención en medio de una explosión.

      Sherlock se arrancó el auricular y se hizo a un lado con John cuando nuevos fragmentos del tejado cayeron sobre el agua. Sin soltar a John, nadó con él hacia el borde de la piscina y le ayudó a salir del agua.

      Alcanzaron la salida, escuchando en la distancia las sirenas de la policía mientras el edificio seguía desmoronándose. Alrededor de la zona, se encendían las luces y la gente salía cautelosamente de sus casas.

      —Muy bien —dijo John, tosiendo violentamente a causa del agua que había aspirado.

      —Excelente.

      Sherlock miró a John y apoyó la mano en su espalda mientras éste seguía tosiendo.

      —Buena distracción.

      —¿El beso? Jim quería ver cómo te besaba. Tiene una fuerte vena voyeurista que se vería estimulada al verme demostrar pasión, aunque fuese por alguien a quien él considerase inferior. Me dijo que cuanto más convencido quedase de cuánto me importabas, menos probable sería que te matase. Estaba claro que deseaba vernos enzarzados en un abrazo sexual, sin duda para conseguir que nos sintiéramos incómodos el uno con el otro a partir de entonces.

      Sostuvo a John cuando se le doblaron las piernas y lo hizo sentarse en la acera. Los dientes de John habían empezado a castañetear.

      —Shock... Frío...

      —No me sorprende. Ha sido una noche bastante estresante.

     —Sherlock... Necesito calor...

     Comprendió lo que John quería decir y asintió. Se sentó detrás de él y rodeó al doctor con sus largos miembros, apretándose cuanto pudo contra él para proporcionarle calor.

      —Pronto llegarán las ambulancias.

      John no respondió, probablemente debido al shock, mientras el calor retornaba lentamente a su cuerpo.

      —John... Gracias. Por aquello... Ya sabes. Lo que intentaste hacer. Por mí.

      Por intentar hacer que escapara. Por estar dispuesto a morir por él.

      —De nada —murmuró suavemente John—. Tú lo mereces.

      —Tú también —respondió Sherlock en un susurro, abrazándose aún más a él. Tener ahora a John vivo  y casi indemne entre sus brazos hacía que cada cosa que Moriarty les había obligado a hacer hubiera merecido la pena.

      Permanecieron juntos hasta que llegaron las ambulancias.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)

Una pierna herida y la rabia que provoca (A Bad Leg and How it Causes Anger), un fic de Sostrangechild.
Dos situaciones en las que Watson comprueba cómo se preocupa Holmes por él.
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández
Original en inglés: https://archiveofourown.org/works/1754399



1-      Donde Watson es atacado

 

 

      —¡Watson!

      En ese breve y terrible grito, Holmes me reveló que en realidad poseía un corazón humano. Yo yacía jadeando sobre los adoquines, con el agua y el barro empapando mi ropa, y la pierna ardiendo y latiendo de agonía. Mi bastón se hallaba a pocos pasos, su laca negra arañada por su inoportuno giro sobre la piedra cuando el criminal me lo arrancó de las manos.

      Holmes volvió a gritar mi nombre y se dejó caer de rodillas, haciéndose un agujero en los pantalones, las manos revoloteando frenéticamente sobre mi cuerpo, sin saber bien qué hacer. Obviamente decidió que tenía que incorporarme, por lo que deslizó los brazos en torno a mi cintura y, no sin un considerable esfuerzo, tiró de mí hasta dejarme sentado. Casi al instante me doblé sobre mí mismo, encogiendo la pierna buena en respuesta al dolor de la mala.

      —¿Por dónde, Watson?

      Por supuesto, pensé, apretando los dientes para contener un grito y mi furia. Por supuesto, le preocupa más capturar al criminal. Qué ingenuo por mi parte haber pensado otra cosa.

      —A la izquierda. Pasada la barbería —logré decir.

      Me dio una palmadita en la cabeza y salió corriendo.

      Lestrade y sus hombres llegaron un minuto después, y me preguntaron lo mismo. Dos de sus agentes se quedaron para atenderme, pararon un coche y me mandaron de vuelta a Baker Street, bastón en mano. Jamás me había sentido tan inútil frente a Scotland Yard mientras se esforzaban por subirme al coche. Observé con expresión airada cómo me volvían incómodamente la espalda para reanudar de inmediato la persecución, mientras mi coche me llevaba en la dirección opuesta.

      Resoplando, me las arreglé para subir los escalones del 221-B   hasta mi habitación. En un momento dado, estuve a punto de rodar por las escaleras cuando mi pie resbaló en un peldaño, pero la firme mano de la señora Hudson entre mis hombros me mantuvo en pie. Durante una hora estuvo mimándome, trayéndome té y bollos recién horneados, asegurándose de mantenerme caliente y llevándose mi ropa embarrada al lavadero.

      Cuando llegó Holmes, su triunfante sonrisa de gato de Cheshire me dijo todo lo que necesitaba saber sobre el caso.

      —Así que lo atrapó —dije hoscamente, sin molestarme en disimular mi desdén ante su actitud.

      —Muy bien, Watson —respondió, dejándose caer en su asiento y sirviéndose un bollo con crema y mermelada—. Gracias a su celo canino persiguiendo al criminal, pudimos cogerlo.

      —¡No soy un perro, Holmes!

      Sus ojos grises se alzaron hacia mí, perplejos ante mi arrebato. ¡Era imposible que no hubiera percibido lo obvio! Pero las emociones humanas no eran su especialidad. Su confusión me enfureció.

      —¿Está enfadado, Watson?

      —¡Sí, lo estoy!

      No podía explicárselo. No lo comprendería. Así que opté por guardar un enfurruñado silencio, dejando a Holmes completamente desconcertado, sin saber qué decir.

      —Tiene crema en el bigote.

      ¿Crema? ¿En un momento así sólo se le ocurre decirme que tengo CREMA en el bigote?

      Exasperado, lancé las manos al aire, cogí el bastón y abandoné la sala echando chispas, procurando no hacerme daño en el camino. Entré en mi habitación y cerré de un portazo, echando la llave. Un instante después oí a Holmes tras la puerta, llamando lastimeramente.

      —¡Lo siento, Watson! ¡No sé qué he hecho, pero lo siento!

      Se hizo un nuevo silencio, y empecé a escuchar un leve tintineo al otro lado de la puerta. Al inclinarme sobre ella, lo identifiqué como el sonido de una ganzúa contra el metal de la cerradura. Molesto, abrí la puerta de golpe y Holmes se quedó mirándome con los mismos ojos tristes e inocentes de Gladstone, ganzúa en mano.

      —Increíble, Holmes —escupí—. Estoy enfadado porque ignoró el hecho de que yo estaba herido.

      —Se está comportando de un modo bastante infantil, Watson —repuso con calma.

      —¡No es cierto!

      Sí lo era.

      Rebuscó en sus bolsillos durante un instante y sacó una botellita que contenía un líquido entre ambarino y marrón y lucía una etiqueta con la figura de un tigre. Me la tendió.

      —No podía pasársela por debajo de la puerta.

      La cogí y me quedé mirándola.

      —¿La encontró? —pregunté, quitándole el tapón para aspirar el contenido.

      El extraño olor, la consistencia y el color eran correctos, así que debía de ser el mismo ungüento contra el dolor que yo había encargado traer especialmente de Oriente. No quería derramar el precioso líquido por accidente, así que volví a ponerle el tapón a la botella. Costaba una cuarta parte del alquiler de un mes, y podía tardar años en llegar a Inglaterra una vez hecho el pedido.

      —Sí. Observará que el color es ligeramente más oscuro. Encontré a un practicante chino que me hizo la mezcla. Vi que tenía una botella vacía, y que el nivel de la segunda descendía muy deprisa.

      —Holmes, yo...

      El detective alzó una mano instándome a callar. Sonrió suavemente y cerró mis dedos sobre la botella de ungüento.

      —Para que diga que ignoro su dolor.

 

 

2-      Donde Watson sufre una caída

 

      La tarde era perfecta, en opinión de Watson. Perfecta en el sentido de que no hacía demasiado frío, ni llovía, y la contaminación habitual que cubría la ciudad estaba ausente. Por no mencionar que tenía a su lado al hombre más increíble del mundo, con el que disfrutaba de un agradable paseo antes de la hora de cenar. Ni siquiera el leve dolor de su pierna podía estropearlo, pese a tener que apoyarse en su bastón con más fuerza de la usual.

      Sus zapatos resonaban rítmicamente sobre los adoquines mientras Holmes iba haciendo sus pequeñas observaciones sobre la gente que los rodeaba. A pesar de los muchos años que llevaba viviendo y trabajando con el detective, el asombro de Watson ante las habilidades de su amigo no dejaba de sorprenderle.

      —El panadero ha vuelto a usar carnero en lugar de cordero en sus pasteles de carne —observó Holmes al dejar atrás la panadería.

      Watson volvió indiscretamente la cabeza para mirar la tienda, y asintió.

      —El cordero debería estar tierno —dijo—. El hombre que prueba la mercancía del panadero parece tener dificultades para masticar, y como es bastante joven, no debería tener problemas dentales. A menos que el panadero lo haya tenido demasiado tiempo en el horno, pero el pastel no está quemado.

      —Muy bien, Watson —dijo Holmes, dedicándole una de sus raras sonrisas.

      En su interior, el corazón del buen doctor se estremeció de placer ante el cumplido. Ensimismado, no se fijó en el grupo de jóvenes que había en la esquina, observando su bastón y sonriendo maliciosamente. En cuanto a Holmes, estaba demasiado concentrado en la pequeña sonrisa que se había asomado al rostro de Watson, analizando y  almacenando aquella imagen para futuras referencias. Sobra decir que el detective sentía un gran afecto por su doctor, y que aunque fuera incapaz de admitirlo (ni siquiera ante el propio Watson), recibiría gustoso cualquier bala perdida que pasara demasiado cerca de la vida de Watson.

      Desgraciadamente, ninguno de los dos advirtió la pierna que se adelantaba, cruzándose con la de Watson y haciéndole tropezar. El dolor explotó en la pierna del doctor cuando su rodilla golpeó los adoquines con una fuerza considerable, y se mordió los labios para reprimir un aullido cuando su hombro malo impactó contra el suelo un segundo después. Los jóvenes se echaron a reír a la vista del doctor despatarrado en el camino, estremecido de agonía.

      Se obligó a incorporarse sobre sus rodillas, aferrado a su bastón, y les lanzó una mirada asesina. Sin embargo, antes de que Watson pudiera recuperar el equilibrio, Holmes ya se había situado delante de él con una celeridad que realmente lo asustó.

      —¡¿Cómo os atrevéis a burlaros de este hombre?! —rugió—. ¡¿Cómo os atrevéis a lastimar a quien ha luchado por su país para que podáis seguir llevando vuestras patéticas e insignificantes vidas llenas de porquería?!

      El hombre que había provocado la caída de Watson se adelantó con chulería, sus facciones retorcidas por la malicia.

      —¿Quieres pelea, jefe? Da media vuelta y no saldrás herido.

      Holmes levantó la barbilla desafiante, clavando en el hombre sus ojos grises resplandecientes de indignación.

      —Eres muy ignorante al dar por sentado que no sé pelear, chico.

      El otro se echó a reír, y fue imitado por sus amigos.

      —Apuesto a que no sabes pelear bien —replicó con una sonrisa de suficiencia—. ¿Qué sabes hacer, de todos modos?

      El doctor, a pesar del dolor, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

      —Mi respuesta, señor, es esto —dijo Holmes.

      El detective lanzó un puñetazo a la cara del hombre, volvió a golpearle mientras retrocedía, le dio una palmada en ambas orejas y cuando el matón se recuperaba y venía hacia él, lo hizo rodar sobre su hombro con un elegante movimiento. Se oyó un satisfactorio crujido cuando el otro aterrizó de costado, rompiéndose varias costillas.

      Y luego hizo lo mismo con los otros tres hombres.

      Cuando acabó, la rabia silenciosa se había atenuado, y se dio la vuelta para ayudar a Watson, que aún no había conseguido arreglárselas para incorporarse. Los curiosos temían lo que Holmes pudiera hacerles si intentaban ofrecerle ayuda a Watson, pero le aplaudieron cuando se acercó al doctor.

      —¿Está bien, viejo amigo? —preguntó Holmes, tendiéndole una mano.

      —He tenido días mejores —respondió Watson, aceptándola con gracia—. Sin embargo, creo que me recuperaré con una buena cena y reposo.

      Holmes le sonrió por segunda vez en aquel día, y detuvo a un coche para que los llevara a casa.

 

***

 

      —Holmes, le aseguro que puedo hacer esto yo solo.

      —¡Tonterías, mi querido Watson!

      Antes de que Watson pudiera seguir protestando, Holmes le había subido la pernera del pantalón e inspeccionaba la hinchazón. Cogió la botella del bálsamo chino de Watson, vertió un poco en la palma de la mano, y le masajeó la pierna con cuidado.

      —¡Holmes!

      —¿Sí, Watson?

      —¿Se da cuenta de que tiene que llegar hasta el muslo? No es apropiado que lo haga usted.

      —Tampoco lo era que esa escoria de la sociedad le hiciera daño. Quítese los pantalones.

      —La señora Hudson subirá con la cena en un momento —protestó Watson—. Ofendería su sensibilidad verme medio desnudo.

      —Watson, creo que ya es demasiado tarde para preocuparse por la sensibilidad de la señora Hudson —dijo Holmes, riendo por lo bajo—. Quíteselos ya, o se los quito yo.

      Se oyó un chasquido amenazador cuando Watson extrajo de su funda la empuñadura de su bastón, dejando centellear la luz en la hoja oculta en su interior.

      —No hace falta que se enfade, Mamá Gallina. Supongo que esto significa que prefiere hacerlo usted.

      —Sí, Holmes, prefiero hacerlo yo. Y alcánceme una manta para cubrirme cuando aparezca la señora Hudson.

      Se las arregló para bajarse los pantalones hasta las rodillas entre contorsiones, dejando escapar un siseo cuando Holmes comenzó a aplicarle nuevamente el ungüento.

      —Qué extraño es esto de tener que remendarle —dijo Holmes mientras masajeaba su pierna.

      —Bueno, será porque no soy tan temerario como usted.

      La expresión ceñuda del doctor se suavizó hasta desaparecer, vencida por la gratitud. Cerró los ojos, agotado, y se quedó dormido incluso antes de que les subieran la cena. Holmes rió entre dientes al sentir cómo se relajaba la pierna entre sus manos, sabiendo, sin siquiera mirarlo, que Watson se había sumido en un profundo sueño.

      Con sumo cuidado, volvió a subirle los pantalones y se los abrochó. Aún más despacio, lo cubrió con la manta que le había pedido, y luego se sentó a sus pies, reclinó la cabeza sobre la pierna herida del doctor y, finalmente, también él se quedó dormido. Holmes se puso cómodo, acurrucándose al calor de su amigo, mientras la mano de Watson avanzaba hasta descansar sobre su cabeza.

      Cuando la señora Hudson subió con la cena, esbozó una sonrisita cómplice, y tras colocar la bandeja en el suelo, junto a la pareja, echó otro leño a la chimenea para alimentar el fuego, y salió.

 

FIN

Mío / Mine

Sep. 6th, 2015 11:40 pm
sandrahernandez: (Default)
Mío (Mine), un fic de Johnnydspiratequeen.
La razón por la que Watson no pudo pegar ojo aquella noche en el patio de la prisión...
https://www.fanfiction.net/s/5914053/1/Mine
Traducción: Sandra Hernández
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)


       Según su reloj, era la 1:15 de la mañana cuando Watson sintió el peso de Holmes sobre su hombro, y exactamente la 1:17 cuando los ligeros ronquidos de su compañero llegaron a sus oídos. Suspiró y pensó en quitárselo de encima, pero descubrió que aquella calidez que ahuyentaba la fría humedad del patio de la prisión le resultaba muy reconfortante; y pese a todos los problemas que el detective le había causado, Watson no tenía corazón para despertarle. Supuso que esa noche se quedaría sin dormir.

       Sintió su cálida respiración en la espalda y reprimió un estremecimiento, ignorado bajo una conflictiva sensación de frío y calor a la vez, y sacó sus notas para distraerse. Las leyó a la tenue luz de las farolas y la luna. Meneó la cabeza al recordar todas las exasperantes aventuras en las que Holmes le había embarcado, y sus pensamientos se vieron irremediablemente atraídos hacia el percance del día anterior. Cerró los ojos al recordar lo cerca que había estado Holmes de acabar aplastado por el barco. Al ver cómo se le venía encima, se le helaron las entrañas y lo único que pensó fue que había llegado el fin de Sherlock Holmes. Así que cuando pasó de largo y lo vio incorporarse, su corazón saltó como nunca antes lo había hecho, y cuando la gigantesca polea se precipitó a toda velocidad hacia él, Watson ni siquiera lo pensó antes de lanzarse sobre Holmes para protegerlo. Ahora que pensaba en ello, se daba cuenta de que realmente había arriesgado su vida para salvarlo. Eso debía significar algo. Él era médico, estaba acostumbrado a salvar vidas, pero nunca había corrido riesgos personales con sus pacientes. También era, en cierto modo, un héroe de guerra, pero no recordaba ni una sola vez en que se hubiera lanzado entre el fuego enemigo para salvar a alguien. Y ahora lo había hecho como si nada. Por Dios, ¿tanto necesitaba a Holmes?

       Lo miró y observó que la mano de su compañero descansaba junto a la suya. Tentativamente, la deslizó sobre la de Holmes con suavidad, procurando no despertarle. Casi al instante, se descubrió disfrutando de la sensación y se encontró acariciando la mano del detective con el pulgar. Esperaba que a esas alturas estuviera ya profundamente dormido, porque no habría tenido ni la más remota idea de cómo explicarle aquello.

       Su reloj marcaba ya las 2:30. Él era uno de los pocos que aún estaban despiertos. Aquellos aún activos, aparte de él, eran un par de prostitutas charlando en un rincón y algunos hombres bastante fornidos, uno de los cuales había estado mirando en dirección a Holmes desde hacía ya un buen rato. Al reparar en ello, Watson había apartado su mano de la de Holmes, pero el hombre no parecía interesado en sus manos. Más bien parecía..., bueno..., comerse a Holmes con los ojos. Naturalmente; a Watson se le ocurrió que Holmes era probablemente del tipo que le gustaría a un sujeto como aquél: más pequeño que él, pero lo bastante duro como para ofrecer una buena resistencia antes de ser domado.

       Una increíble sensación de desprecio hacia el hombre y de instinto protector hacia Holmes lo inundó y pareció irradiar desde su mismo ser. Deliberadamente, volvió a poner su mano sobre la de Holmes y dirigió al otro hombre una mirada tan fiera que habría hecho encogerse a un demonio. El tipo corpulento lo estudió durante un instante, como evaluándolo, antes de sonreír cruzando los brazos sobre el pecho.

       —Ya veo que ése es tuyo —rezongó con voz chirriante como las ruedas de un carro sobre la grava.

       —Sí —repuso Watson sin pensar—. Es mío.


FIN
sandrahernandez: (Default)
Después de ver lo que DC ha hecho en "Convergencia" con Booster Gold (con el "verdadero", no ese desconocido de New 52), y que para mí ha sido el escupitajo definitivo a la cara de sus fans con todo el recochineo posible, la muerte de todas nuestras esperanzas para Blue & Gold, leer "Inclemencia", de Fleur de Liz, ha supuesto una avalancha de sentimientos encontrados. Si se me diera bien escribir, podría describirlos en profundidad y de este modo hacerle la presentación que se merece, pero como no es el caso, me limitaré a decir que no es muy largo ni complejo, ni destaca por su acción, ni describe la naturaleza exacta de la relación de Ted y Michael en los comics, pero refleja en gran parte lo que los fans (al menos los que añoramos los viejos tiempos) sentimos ante todos esos cambios sin sentido con los que DC no cesa de agredirnos con no sé qué loco objetivo. Y mientras haya fics así, acogiendo a los héroes en un mundo seguro donde puedan seguir siendo ellos y vivir para siempre a salvo de los obsesos de los reinicios, los cambios absurdos de personalidad, raza o género, las crisis que no son más que purgas para realizar matanzas selectivas de personajes en base a lo mal que le caigan al editor de turno, o la desaparición sin más de otros que han estado ahí desde tiempo inmemorial, a DC le pueden dar morcilla.

SUMARIO: Booster Gold se siente atrapado entre dos mundos, y le cuesta mucho distinguir cuál es el real. Tiene lugar después de lo ocurrido en el nº 5 de la Liga de la Justicia Internacional de New 52.

Versión original http://fleur-de-liz.dreamwidth.org/728.html

Versión en español http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/06/inclemencia-fic.html
sandrahernandez: (Default)
"El alquimista perdido" ("The Lost Alchemist") es un fic encantador, obra de Fleur de Liz, que narra, a modo de cuento de hadas, cómo se conocieron Ted Kord (Blue Beetle) y Michael Carter (Booster Gold)de la Liga de la Justicia (DC).

SUMARIO: En una Tierra alternativa, gobernada por los dioses y regida por el omnividente Oráculo, donde la magia está a la orden del día, existe un pueblo llamado Marquette. Este pueblo guarda un terrible secreto que, al parecer, gira en torno a una enorme y enigmática criatura con forma de escarabajo azul llamada Ted. El adivino ambulante Booster Gold y su pájaro mecánico Skeets están decididos a descubrir la verdad sobre Ted, la familia Kord y el alquimista perdido. ¿Pero es real el alquimista, o un cuento de hadas como el de la estrella que se enamoró y cayó a la Tierra? ¿Será Booster capaz de pagar el precio que exijan los dioses? ¿Y qué hará Ted cuando se enfrente a una elección imposible y a la ira del Rey Negro?

Versión original http://fleur-de-liz.dreamwidth.org/386.html
Versión en español http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/04/el-alquimista-perdido.html

Profile

sandrahernandez: (Default)
sandrahernandez

April 2017

S M T W T F S
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23 24 2526272829
30      

Syndicate

RSS Atom

Most Popular Tags

Style Credit

Expand Cut Tags

No cut tags
Page generated Sep. 21st, 2017 07:26 pm
Powered by Dreamwidth Studios