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El regalo de uno mismo (The Gift of One's Self), un fic de Jemisard.
Final alternativo de "El gran juego". Moriarty pone en práctica otro juego con Sherlock y John.
Fandom: Sherlock (BBC)
Traducción: Sandra Hernández.
Original en inglés: https://archiveofourown.org/works/163322


      Ésas habían sido las palabras fatídicas.

      —¡Sherlock, corre!

      Sherlock no había hecho tal cosa. Siguió apuntando a Jim a la cabeza, mientras John lo sujetaba con un brazo alrededor del cuello.

      Jim lo había captado. John estaba dispuesto a morir para detenerle y permitir a Sherlock escapar al mismo tiempo. La expresión de puro placer que iluminó su rostro resultaba obscena pese a la férrea presa de John, que le utilizaba a un tiempo como escudo humano contra el francotirador y como seguro contra la bomba que llevaba atada a su propio cuerpo.

      Dulce, había dicho. Mascota fiel. A Sherlock le molestaban esos términos, porque John no era una mascota, sino un hombre brillante y leal dispuesto a sacrificarse.

      Y eso era muy malo. Porque con sus francotiradores apuntándoles a ambos, Jim era ahora consciente de lo que haría John para proteger a Sherlock. Y que Dios le perdonara, Sherlock no estaba seguro de lo lejos que él habría llegado para proteger a su compañero.

      Parado entre los dos, Jim se sacudió el traje, ligeramente disgustado por el hecho de que John se hubiera atrevido a tocarle.

      —Westwood.

      Los ojos de Sherlock se posaron brevemente en John, advirtiendo el dolor en su mirada. John se alejó de Moriarty, mirando a Sherlock.

      —¿Sabes lo que ocurrirá si no me dejas en paz, Sherlock? —El tono cadencioso y zumbón de Jim añadía a sus palabras una amenaza que a Sherlock no le gustó—. ¿Lo sabes?

      Sherlock cambió de posición, sin dejar de apuntarle.

      —Oh, a ver si lo adivino —dijo, arrastrando las palabras—. Me matarás.

      Pero en realidad... sólo esperaba que Jim, quizá, picara el anzuelo. Que no eligiera aquella otra opción un poco menos obvia.

      —¿Matarte? —Jim pareció ligeramente disgustado—. Hum, no, no seas tan obvio. Algún día te mataré, claro.

      Sherlock se preguntó si era así como lo oían a él los demás, cuando manifestaba lo aburridos y pesados que eran.

      —Pero no tengo ninguna prisa —murmuró Jim con ternura—. Eso lo reservo para una ocasión especial. No, no, no, no.

      Y entonces, la actitud amigable de Jim se vino abajo, junto con su máscara de humanidad, y sólo quedó el rostro frío, la expresión distante.

      —Si no dejas de fisgar... —Hizo una pausa, casi jadeante, mientras contemplaba a Sherlock de arriba a abajo, antes de continuar—, te reduciré a cenizas.

      La mirada de Sherlock se obstinó en sostener la de Jim.

      —Reduciré a cenizas tu corazón —concluyó, con el odio empleado en escupir la palabra “corazón” fundiéndose en algo casi parecido a la piedad.

      Sherlock permaneció imperturbable. Sostuvo la mirada de Jim sin pestañear.

      —Según varias fuentes, carezco de él —dijo llanamente.

      —Pero ambos sabemos que eso no es del todo cierto —ronroneó Jim, meneando la cabeza.

      Y Sherlock cometió el segundo error de aquella noche.

      El dolor que dejó entrever brevemente en su mirada, la forma en que parpadeó para evitar mirar automáticamente a John, su fría máscara deslizándose por un segundo, sin mostrar emociones, pero aun así...

      Jim lo percibió, sonrió ligeramente y pareció despojarse de su inhumanidad para volver a dar paso a toda su jovialidad y simpatía.

      —Bueno, será mejor que me vaya.

      Miró a Sherlock, luego a John, y de nuevo a Sherlock.

      —Ha sido un placer charlar contigo.

      Se humedeció los labios y Sherlock deseó fervientemente meterle una baja entre las cejas.

      Reafirmó su postura.

      —¿Y si te disparase ahora mismo?

      Jim apenas dudó. Sabía tan bien como Sherlock que eso no ocurriría.

      —Pues disfrutarías de mi mirada de sorpresa —respondió en el mismo tono cadencioso y zumbón, componiendo una mueca de burlona conmoción que se deshizo en una abierta sonrisa segundos después—. Porque me sorprenderías, Sherlock, de veras. —Frunció ligeramente el ceño, sus emociones oscilando—. Y también me sentiría un poquito...

       decepcionado

      —…decepcionado.

      Ser capaz de predecir las palabras de Jim Moriarty no era precisamente un consuelo.

      El silencio se alzó entre ellos, mientras Jim sonreía ligeramente y Sherlock seguía empuñando el arma, aunque, a estas alturas, ambos supieran que en realidad sólo era una pose.

      —Y, por supuesto... no disfrutarías por mucho tiempo.

      Dos francotiradores. Y una bomba detonable por control remoto aún atada al cuerpo de su mejor amigo, que estaba pálido y hacía cuanto podía para mantenerse tranquilo y centrado. Sherlock estaba orgulloso de él por negarse a dejarse llevar por el pánico.

      —Ciao... —dijo Jim, dando media vuelta. Se detuvo un instante para mirar atrás, y esta vez, la apenas disimulada rabia psicópata centelleó en sus ojos y sangró en su voz—: …Sherlock Holmes.

      Dejó que su mirada se demorase en Sherlock un instante más y luego se dirigió a la salida.

      Sherlock se movió despacio, manteniendo a Moriarty en el punto de mira mientras se acercaba a John.

      —Ya... te... cogeré —dijo lentamente, con los ojos clavados en la espalda del criminal.

      Moriarty se detuvo en el umbral, y una risa silenciosa estremeció sus hombros.

      —¡No, no lo harás!

      Su voz volvía a ser alta, ligera y descarada y, finalmente, la puerta se cerró entre ellos.

      Sherlock se quedó inmóvil, esperando que Moriarty volviera de repente. Próximo a él, por el rabillo del ojo, veía a John, que seguía exactamente donde estaba, tenso, aún erguido. Más o menos.

      Por fin volvió ligeramente la cabeza, el arma apuntada hacia el chaleco bomba que claramente no tenía detonadores en las hebillas que lo cerraban, y se encontró con los ojos de John.

      Estaba aterrorizado y al borde del colapso, con las pupilas tan contraídas que resultaban casi invisibles.

      Sherlock tiró el arma y se arrodilló ante John, desabrochándole las hebillas para librarle del chaleco mientras su amigo se tambaleaba, relajando el cuerpo y cediendo al fin al peso de las emociones del momento. Tenía la respiración entrecortada y los brazos flojos, y no hacía ningún intento por ayudarle a liberarle.

      —¿Estás bien? —preguntó Sherlock, soltando bruscamente las palabras.

      John se limitó a jadear, intentando mantenerse en pie.

      Las hebillas se soltaron.

      —¿Estás bien? —repitió Sherlock en voz más alta, intentando que John le respondiera.

      —Sí, sí —farfulló—. Sí, estoy bien.

      Su expresión era distante y su voz plana y sin pánico mientras Sherlock intentaba desesperadamente despojarle del abrigo y el chaleco antes que Jim cambiara de idea y lo hiciera estallar.

      —Sherlock —volvió a farfullar John, a punto de derrumbarse cuando las prendas finalmente cayeron y Sherlock las alejó de ellos a patadas—. ¡Sherlock!

      Alzó la vista y sus miradas se encontraron. John estaba empezando a hiperventilar, hundiéndose en el shock, sin duda, y Sherlock deseó por un instante tener una manta a mano. Las mantas servían de ayuda en caso de shock.

      Pero él estaba bien.

      Y lo estaría más si pudiera echarle la vista encima a Moriarty y volarle la cabeza.

      Oyó que John se tambaleaba y maldijo en voz baja mientras se agachaba a recoger el arma.

      La puerta volvió a abrirse, y Sherlock se quedó paralizado.

      Moriarty exhibía una amplia sonrisa.

      —¡Soy tan voluble!

      Entró, y Sherlock miró el arma y vio el dilema.

      Un punto rojo enfocaba la pistola. Otro subió por su brazo y dedujo que se detenía en su sien.

      —Sherlock…

      Miró a John, que se había acuclillado torpemente contra la puerta de un vestuario. Un punto rojo jugueteaba sobre su pecho, otro se asentó en su frente y un tercero sobre su vientre.

      Maldición.

      Apartó la mano del arma y se incorporó lentamente, dando un paso atrás por cada uno que avanzaba Moriarty hasta volver al lado de John.

      —Es mi punto débil —sonrió Jim—. Pero, naturalmente, es el único, al contrario que vosotros. Empiezas por el cariño y de repente tienes todo tipo de debilidades. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Cuánto te importa tu mascota, Sherlock? Tu pequeña y leal mascota…

      —Basta —dijo Sherlock, interponiéndose entre Jim y John con todo el disimulo del que fue capaz. No volvería a darle a Moriarty nada con lo que regodearse.

      —Oh, relájate, Sherlock. Estabas dispuesto a dejarme escapar con tal de que él estuviera a salvo, así que no creo equivocarme al suponer que no hay nada que hombres como tú y yo no podamos negociar como pago a su lealtad.

      —Él no es como tú —protestó John.

      —Es igual que yo —replicó Moriarty—. Se parece más a mí de lo que nunca podría llegar a parecerse a ti, con tu pequeña y aburrida mente y tu vida tan horriblemente obvia.

      —John, calla —dijo Sherlock con voz queda. Mientras Moriarty se concentrara en él, estarían bastante seguros. Moriarty no planeaba matarlos sin más, o ya lo habría hecho. Estaba jugando con Sherlock, pero si decidía que John era más molesto que divertido, le dispararía, y sería una muerte lenta y dolorosa.

      O aún peor, instantánea.

      —Sí, John, escucha a Sherlock. Te lo dice de corazón —sonrió Jim—. ¿Alguna vez deseaste tener un corazón, Sherlock? ¿O sólo llegaste un día a la horrible conclusión de que lo tenías y que habías empezado a encariñarte sin querer? Según el cuento, el Hombre de Hojalata descubre que tiene corazón cuando comprende que ama a sus amigos.

      Sherlock no entendió la referencia. Le sonaba, el nombre le era familiar, pero no hallaba ningún dato en su archivo mental.

      —Si él es el Hombre de Hojalata, tú debes ser la Bruja Perversa del Oeste —dijo John con desprecio.

      —Pero tú no eres Dorothy, John, así que no te hagas ilusiones pensando que puedes detenerme —respondió Jim con frialdad.

      Sherlock odiaba sentirse perdido, pero de repente llegó la información: El Mago de Oz, un clásico de la literatura infantil, una niña pequeña en un mundo mágico y maravilloso buscando el modo de volver a su casa con su familia y a una existencia mundana. Un caso de secuestro que había investigado hacía referencia al libro en la nota de rescate.

      —No habrás vuelto para hablar sobre clásicos infantiles, ¿verdad?

      —Puede —Jim hizo un mohín y luego se echó a reír—. Vale, no, pero fue agradable cambiar de tema.

      Se sacó un móvil del bolsillo y miró la pantalla un instante.

      Sherlock se arriesgó a mirar a John, que se limitó a asentir ligeramente. No iba a desmoronarse mientras la amenaza siguiera ahí.

      —¿Sabes? Me ha gustado el momento en el que le arrancas frenéticamente la ropa incluso antes de que se te pase por la mente comprobar si seguía aquí. ¿Debería ofenderme que te olvides completamente de mí en cuanto se te presenta la oportunidad de desnudar a John Watson, Sherlock?

      Había una cámara. Posiblemente con los francotiradores. Sherlock se propinó una patada mental.

      —Mi mente no asimila la idea de que alguien tan plano como él tenga prioridad sobre tu némesis —dijo Jim, avanzando entre ellos. Arrastró una mano sobre los hombros de John, soltando una risita cuando éste intentó eludir su contacto. Dio un paso atrás, se ajustó la chaqueta y se quitó el auricular y el micrófono.

      John se levantó y se puso delante de Sherlock, sin ocultar su reacción instintiva de interponerse entre ambos genios.

      Jim volvió a reír.

      —Juguemos, chicos. Veamos lo valiente y leal que es nuestro soldadito.

      —Creía que querías jugar conmigo —dijo fríamente Sherlock.

      —¡Eso hago! John, quítate el auricular y pónselo a Sherlock.

      John miró a Sherlock, que asintió ligeramente. Había al menos cinco francotiradores y no tenía sentido intentar nada en ese momento.

      Con mano notablemente firme, John se quitó el auricular y se lo tendió a Sherlock.

      Jim chasqueó la lengua.

      —John, John, John, ya has olvidado las reglas. Pero se te perdona, porque tu cerebro es pequeño. Ponle el auricular a Sherlock. Sherlock, arrodíllate ante John. Si os portáis bien, no pasará nada. Si no, empezaré a repartir agujeros al azar entre uno y otro. Sólo pensad que la seguridad de vuestro mejor amigo depende de vuestro buen comportamiento. Y estoy seguro, Sherlock, de que John puede iluminarte acerca de lo espantosamente doloroso que puede ser un disparo sin llegar a ser ni remotamente mortal.

      Con la mandíbula apretada, Sherlock bajó una rodilla. John se acercó, prendió el auricular al cuello de su camisa y le apartó delicadamente el pelo para colocar el auricular en su sitio, bien ajustado y firme.

      —Retrocede.

      Fue una sensación extraña escuchar a Moriarty en su oído al mismo tiempo que lo veía alejarse de ellos.

      John retrocedió un paso sin mirar a Jim.

      —Levántate, Sherlock. No te he hecho arrodillar para que John Watson te toque.

      Sherlock se incorporó lentamente, mirando a Moriarty por encima de John. Jim se alejó unos pasos más, convirtiendo su voz en un susurro al oído de Sherlock.

      —Vamos a jugar a “Jim dice”. Si haces lo que Jim dice, no pasará nada. Si no lo haces, Jim empezará a hacer agujeros en el doctor Watson.

      Apretando los dientes, Sherlock asintió una vez para indicar que lo había entendido.

      —Y si haces alguna tontería, los francotiradores te dispararán en los brazos y las piernas, y le harán lo mismo al doctor Watson, y luego le harán un agujero muy grande en la ingle. Es un modo horrible de morir, Sherlock, desangrarse por un balazo de gran calibre en los genitales.

      Sherlock mantuvo el rostro inexpresivo. No quería perturbar aún más a John.

      —Indícame que lo has entendido, Sherlock.

      Volvió a asentir.

      —No he dicho “Jim dice” —dijo Moriarty con voz fría.

      Sherlock oyó a alguien gritar una contraorden cuando sonó el disparó y John cayó de rodillas, aferrándose el brazo que la bala había rozado. Jim lanzó un profundo suspiro y luego volvió a bajar la voz.

      —La próxima vez no serán tan generosos, Sherlock. Indícame que lo has entendido.

      Sherlock permaneció completamente inmóvil.

      —Perfecto. —Jim retrocedió un poco—. Jim dice que ayudes a John a levantarse.

      Sherlock se acercó a John y lo ayudó a incorporarse con cuidado, sujetándole con firmeza. Le espantó imaginar lo que John vio en su rostro, porque éste le dedicó una débil sonrisa con la que probablemente pretendía darle ánimos.

      —Es un soldadito valiente, Sherlock. Jim dice que le digas que permanezca erguido mirando las duchas.

      —Permanece erguido mirando las duchas —dijo Sherlock con cuidado, con voz hueca y neutral.

      John obedeció sin protestar.

      —Muy bien. Jim dice que le digas que es un buen chico y que le des unas palmaditas en la cabeza.

      ¿En serio? ¿Iba Moriarty a ser tan prosaico? ¿Tan predecible? ¿Tan aburrido?

      —Buen chico —dijo con el mismo tono hueco, dándole a John unas palmaditas en la cabeza.

      John miró a Moriarty.

      —Jim dice que le recuerdes las reglas.

      —Recuerda las reglas, John —dijo Sherlock con voz queda.

      John hizo lo que Moriarty quería, pero por lo demás permaneció quieto y silencioso. Respiró hondo y miró a Sherlock con una expresión de rabia en sus ojos.

      Y Sherlock siguió jugando a “Jim dice”, decidido a no volver a cometer ningún error.

      —Jim dice que le quites a John ese espantoso abrigo.

      Refrenó el impulso de protestar antes de hacer que volvieran a dispararle a John y le quitó el abrigo, arriesgándose a echarle un vistazo a la herida. Era un rasguño, nada serio, por fortuna. John tragó saliva, reflejando ahora tras la rabia en su mirada un atisbo de preocupación.

      —¿Sabes, Sherlock? No lo entiendo. Míralo. Quiero decir... míralo. Es tan corriente... Con esa ropa barata, su cerebro lento y aburrido, y tan... chaparro. Basto. Todo en John Watson es muy... basto.

      Jim no se lo había dicho, así que Sherlock no respondió, ni apartó sus ojos de los de John. John no era tan bobo como el resto. A veces resultaba aburrido, pero no era basto ni corriente. La gente corriente no recibe un disparo sin quejarse. La gente corriente no intenta salvarte aun a costa de su propia vida.

      —Se me ocurre que podrías indicarme qué partes de John son las más importantes para ti. Jim dice que hay cinco puntos de su cuerpo que puedes declarar a salvo de las balas si fallas, e incluso te daré un minuto para que decidas. Pero hay truco, Sherlock. Jim dice que tienes que besar esos puntos para demostrar cuánto te importan.

      Su cuerpo tembló ante la urgencia de saltar y matar, de aplastar la cara de Jim Moriarty contra las baldosas hasta que no fuera más que un amasijo sanguinolento. John se dio cuenta de que algo iba mal y frunció el ceño con preocupación, y Sherlock tuvo que cerrar los ojos para concentrarse en pensar.

      Debía hacer lo posible para salvaguardar todos los puntos que supusieran una muerte instantánea. Del resto, pese al dolor, John podría recuperarse recibiendo atención médica. Se le ocurrían al menos tres. Intentaría salvar una de sus manos, para que no tuviera que enfrentarse al mundo incapaz de sostener un arma y poder vengarse de aquel hombre. Y... Dio un respingo al entender qué era lo que Jim quería ver, lo que quería obligarle a hacer para proteger a John de una amenaza que éste ni siquiera había oído pronunciar.

      —Jim dice que es hora de actuar.

      Abrió los ojos y trato de no mirar mientras lo hacía. Suavemente, depositó su primer beso en la sien de John. Disparo en la cabeza.

      Con igual suavidad depositó el siguiente en su mano izquierda, inclinándose para que John no tuviera que alzar el brazo herido. Sentía los ojos de John clavados en él, agudos y atentos.

      El tercero se posó castamente sobre su esternón, sobre su corazón, y fue consciente del olor a miedo y sudor que emanaba del cuerpo de John.

      El cuarto requirió tocar la cabeza de John para inclinarla de modo que Sherlock pudiera rozar con los labios su garganta. Un disparo en la garganta, tan bueno como irremediable si se producía.

      Y el quinto...

      Cerró los ojos, apoyó una rodilla en el suelo y respiró hondo antes de inclinarse para besar ligeramente la bragueta de John, volvió a incorporarse enseguida y se quedó mirando fijamente la pared por encima de la cabeza de John.

      John prácticamente vibraba de rabia contenida, humillación e indignación.

      —No sabía si lo harías, Sherlock, pero ahora veo que de verdad tienes corazón cuando se trata de tu dulce mascota, ¿verdad? —La voz de Jim se tornó gélida—: Qué patético que alguien como tú caiga tan bajo por algo tan insignificante como John Watson.

      Sherlock no lo miró. No reaccionó.

      —Jim dice que vengas aquí.

      Echó a andar hacia Moriarty.

      Moriarty le tendió un auricular.

      —Jim dice que se lo pongas a John.

      Sherlock se lo arrebató de la mano, regresó dando zancadas, y se lo colocó a John con eficiente rapidez.

      —Jim dice que te portes bien.

      Él no oyó nada, pero quedó claro que John sí por la forma en que apretó la mandíbula y alzó las manos para empezar a desabotonar la camisa de Sherlock con distanciamiento profesional.

      Sherlock siguió mirando más allá de John, hasta que regresó el susurro:

      —¿No es esto lo que querías, Sherlock? ¿Sentir a John Watson manoseando tu cuerpo con sus sucias manos?

      Sintió a John desprender el clip del cuello de su chaqueta y ponerlo sobre su piel. El cocodrilo de metal mordió su carne. John le quitó el abrigo y lo arrojó a la piscina. Luego se situó a su espalda, tiró de su camisa hacia abajo y la retorció, aprisionando flojamente las manos de Sherlock con las mangas.

      Se vio obligado a mirar a Moriarty, con los brazos sujetos a la espalda, el pecho al descubierto y el cuello ardiéndole allí donde el clip pinzaba su piel.

       —Muy bonito —murmuró Moriarty en su oído—. ¿Lo estás disfrutando, Sherlock? ¿Disfrutas al sentir a John sujetarte los brazos y pegar su cuerpo al tuyo?

      No respondió.

      Hubo un silencio, y luego los brazos de John rodearon su cuerpo, y sus manos, calientes y pegajosas a causa de su propia sangre, acariciaron su pecho, rodearon sus pezones y descendieron por su vientre hasta el cinturón.

      Siguió sin decir nada.

      —Jim dice que te des la vuelta y abofetees a John. Con fuerza.

      Sherlock cerró los ojos, liberó los brazos casi sin esfuerzo y se giró, imaginando que era Mycroft quien estaba frente a él. Con los ojos aún cerrados, cruzó la cara de John con un fuerte revés.

      —Vaya, eso no ha sido muy amable, Sherlock. Será mejor que le ayudes a levantarse y le des un beso.

      Todo lo que quería era ayudar a John, pero aún no había oído pronunciar las palabras esenciales.

      —¿Sabéis qué? —dijo Jim en voz alta—. Este juego no es tan divertido si los dos os esforzáis tanto en no meter la pata. Quitaos los auriculares.

      John obedeció. Sherlock permaneció inmóvil.

      —No hemos terminado, Sherlock —le susurró Moriarty—. Jim dice que recojas el arma de John y le dispares.

      Sherlock vaciló. No quería hacer tal cosa. ¡Dios, no quería! Pero si no lo hacía él, lo harían los francotiradores, y sabía exactamente cómo sería.

      Fue hacia el arma con paso decidido, la recogió y se volvió. Ya había catalogado y decidido, y le apuntaba al hombro cuando cambió de idea.

      Jim había dicho que le disparara. Pero no había dicho que tuviera que acertarle de lleno.

      Disparó, y la bala rozó el brazo derecho de John haciéndole retroceder un paso tambaleante y caer de rodillas con el rostro pálido, mientras una nueva flor de sangre fresca florecía sobre su camisa.

      —Muy listo, Sherlock   —murmuró Jim—. Pero supongo que esto no infringe las reglas del juego. Voy a darte una oportunidad. Demuéstrame lo mucho que te importa John Watson. Cuanto más me convenza de su importancia, menos probable será que le mate.

      Y sabría mejor cómo controlarles. Bajó la mirada... y de pronto vislumbró su salvación.

      Jim estaba disfrutando mucho con su juego. Eso era una debilidad.

      Sherlock se acercó a John, se arrodilló frente a él, y sus labios apenas musitaron una disculpa antes de tomar su rostro con una mano y besarlo.

      Los labios de John quedaron laxos ante la sorpresa, permitiendo que Sherlock profundizara su beso, ladeándole la cabeza, abalanzándose sobre él, saboreando su boca, el leve regusto de la cerveza de la cena, la sangre que se había causado al morderse. Presionó aún más para saborear mejor, sustituyendo el interés del momento por lo que podría interpretarse como genuina pasión.

       Su otra mano se deslizó sobre la cintura de John, aún sosteniendo el arma. Le agarró del brazo para acercar más sus cuerpos, apoyándose sobre las baldosas, tumbando a John de espaldas incluso cuando éste interrumpió el beso mirándole con una expresión terriblemente confusa y estupefacta.

      Y entonces Sherlock disparó.

      No a Moriarty.

      Al chaleco, aún tirado en el suelo tras él.

      Al mismo tiempo, protegiendo con una mano la cabeza de John, tomó aire y se lanzó con él a la piscina.

      La explosión los empujó a través del agua, aferrados el uno al otro mientras una erupción de llamas y escombros se producía encima de ellos. John le hizo girar bruscamente. Una fracción de techo cayó sobre el lugar donde habían estado.

      Salieron juntos a la superficie, jadeando. Por mucho dinero que Moriarty pagase a sus hombres, no era suficiente para que siguieran prestándoles atención en medio de una explosión.

      Sherlock se arrancó el auricular y se hizo a un lado con John cuando nuevos fragmentos del tejado cayeron sobre el agua. Sin soltar a John, nadó con él hacia el borde de la piscina y le ayudó a salir del agua.

      Alcanzaron la salida, escuchando en la distancia las sirenas de la policía mientras el edificio seguía desmoronándose. Alrededor de la zona, se encendían las luces y la gente salía cautelosamente de sus casas.

      —Muy bien —dijo John, tosiendo violentamente a causa del agua que había aspirado.

      —Excelente.

      Sherlock miró a John y apoyó la mano en su espalda mientras éste seguía tosiendo.

      —Buena distracción.

      —¿El beso? Jim quería ver cómo te besaba. Tiene una fuerte vena voyeurista que se vería estimulada al verme demostrar pasión, aunque fuese por alguien a quien él considerase inferior. Me dijo que cuanto más convencido quedase de cuánto me importabas, menos probable sería que te matase. Estaba claro que deseaba vernos enzarzados en un abrazo sexual, sin duda para conseguir que nos sintiéramos incómodos el uno con el otro a partir de entonces.

      Sostuvo a John cuando se le doblaron las piernas y lo hizo sentarse en la acera. Los dientes de John habían empezado a castañetear.

      —Shock... Frío...

      —No me sorprende. Ha sido una noche bastante estresante.

     —Sherlock... Necesito calor...

     Comprendió lo que John quería decir y asintió. Se sentó detrás de él y rodeó al doctor con sus largos miembros, apretándose cuanto pudo contra él para proporcionarle calor.

      —Pronto llegarán las ambulancias.

      John no respondió, probablemente debido al shock, mientras el calor retornaba lentamente a su cuerpo.

      —John... Gracias. Por aquello... Ya sabes. Lo que intentaste hacer. Por mí.

      Por intentar hacer que escapara. Por estar dispuesto a morir por él.

      —De nada —murmuró suavemente John—. Tú lo mereces.

      —Tú también —respondió Sherlock en un susurro, abrazándose aún más a él. Tener ahora a John vivo  y casi indemne entre sus brazos hacía que cada cosa que Moriarty les había obligado a hacer hubiera merecido la pena.

      Permanecieron juntos hasta que llegaron las ambulancias.

 

 

FIN



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Una pierna herida y la rabia que provoca (A Bad Leg and How it Causes Anger), un fic de Sostrangechild.
Dos situaciones en las que Watson comprueba cómo se preocupa Holmes por él.
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández
Original en inglés: https://archiveofourown.org/works/1754399



1-      Donde Watson es atacado

 

 

      —¡Watson!

      En ese breve y terrible grito, Holmes me reveló que en realidad poseía un corazón humano. Yo yacía jadeando sobre los adoquines, con el agua y el barro empapando mi ropa, y la pierna ardiendo y latiendo de agonía. Mi bastón se hallaba a pocos pasos, su laca negra arañada por su inoportuno giro sobre la piedra cuando el criminal me lo arrancó de las manos.

      Holmes volvió a gritar mi nombre y se dejó caer de rodillas, haciéndose un agujero en los pantalones, las manos revoloteando frenéticamente sobre mi cuerpo, sin saber bien qué hacer. Obviamente decidió que tenía que incorporarme, por lo que deslizó los brazos en torno a mi cintura y, no sin un considerable esfuerzo, tiró de mí hasta dejarme sentado. Casi al instante me doblé sobre mí mismo, encogiendo la pierna buena en respuesta al dolor de la mala.

      —¿Por dónde, Watson?

      Por supuesto, pensé, apretando los dientes para contener un grito y mi furia. Por supuesto, le preocupa más capturar al criminal. Qué ingenuo por mi parte haber pensado otra cosa.

      —A la izquierda. Pasada la barbería —logré decir.

      Me dio una palmadita en la cabeza y salió corriendo.

      Lestrade y sus hombres llegaron un minuto después, y me preguntaron lo mismo. Dos de sus agentes se quedaron para atenderme, pararon un coche y me mandaron de vuelta a Baker Street, bastón en mano. Jamás me había sentido tan inútil frente a Scotland Yard mientras se esforzaban por subirme al coche. Observé con expresión airada cómo me volvían incómodamente la espalda para reanudar de inmediato la persecución, mientras mi coche me llevaba en la dirección opuesta.

      Resoplando, me las arreglé para subir los escalones del 221-B   hasta mi habitación. En un momento dado, estuve a punto de rodar por las escaleras cuando mi pie resbaló en un peldaño, pero la firme mano de la señora Hudson entre mis hombros me mantuvo en pie. Durante una hora estuvo mimándome, trayéndome té y bollos recién horneados, asegurándose de mantenerme caliente y llevándose mi ropa embarrada al lavadero.

      Cuando llegó Holmes, su triunfante sonrisa de gato de Cheshire me dijo todo lo que necesitaba saber sobre el caso.

      —Así que lo atrapó —dije hoscamente, sin molestarme en disimular mi desdén ante su actitud.

      —Muy bien, Watson —respondió, dejándose caer en su asiento y sirviéndose un bollo con crema y mermelada—. Gracias a su celo canino persiguiendo al criminal, pudimos cogerlo.

      —¡No soy un perro, Holmes!

      Sus ojos grises se alzaron hacia mí, perplejos ante mi arrebato. ¡Era imposible que no hubiera percibido lo obvio! Pero las emociones humanas no eran su especialidad. Su confusión me enfureció.

      —¿Está enfadado, Watson?

      —¡Sí, lo estoy!

      No podía explicárselo. No lo comprendería. Así que opté por guardar un enfurruñado silencio, dejando a Holmes completamente desconcertado, sin saber qué decir.

      —Tiene crema en el bigote.

      ¿Crema? ¿En un momento así sólo se le ocurre decirme que tengo CREMA en el bigote?

      Exasperado, lancé las manos al aire, cogí el bastón y abandoné la sala echando chispas, procurando no hacerme daño en el camino. Entré en mi habitación y cerré de un portazo, echando la llave. Un instante después oí a Holmes tras la puerta, llamando lastimeramente.

      —¡Lo siento, Watson! ¡No sé qué he hecho, pero lo siento!

      Se hizo un nuevo silencio, y empecé a escuchar un leve tintineo al otro lado de la puerta. Al inclinarme sobre ella, lo identifiqué como el sonido de una ganzúa contra el metal de la cerradura. Molesto, abrí la puerta de golpe y Holmes se quedó mirándome con los mismos ojos tristes e inocentes de Gladstone, ganzúa en mano.

      —Increíble, Holmes —escupí—. Estoy enfadado porque ignoró el hecho de que yo estaba herido.

      —Se está comportando de un modo bastante infantil, Watson —repuso con calma.

      —¡No es cierto!

      Sí lo era.

      Rebuscó en sus bolsillos durante un instante y sacó una botellita que contenía un líquido entre ambarino y marrón y lucía una etiqueta con la figura de un tigre. Me la tendió.

      —No podía pasársela por debajo de la puerta.

      La cogí y me quedé mirándola.

      —¿La encontró? —pregunté, quitándole el tapón para aspirar el contenido.

      El extraño olor, la consistencia y el color eran correctos, así que debía de ser el mismo ungüento contra el dolor que yo había encargado traer especialmente de Oriente. No quería derramar el precioso líquido por accidente, así que volví a ponerle el tapón a la botella. Costaba una cuarta parte del alquiler de un mes, y podía tardar años en llegar a Inglaterra una vez hecho el pedido.

      —Sí. Observará que el color es ligeramente más oscuro. Encontré a un practicante chino que me hizo la mezcla. Vi que tenía una botella vacía, y que el nivel de la segunda descendía muy deprisa.

      —Holmes, yo...

      El detective alzó una mano instándome a callar. Sonrió suavemente y cerró mis dedos sobre la botella de ungüento.

      —Para que diga que ignoro su dolor.

 

 

2-      Donde Watson sufre una caída

 

      La tarde era perfecta, en opinión de Watson. Perfecta en el sentido de que no hacía demasiado frío, ni llovía, y la contaminación habitual que cubría la ciudad estaba ausente. Por no mencionar que tenía a su lado al hombre más increíble del mundo, con el que disfrutaba de un agradable paseo antes de la hora de cenar. Ni siquiera el leve dolor de su pierna podía estropearlo, pese a tener que apoyarse en su bastón con más fuerza de la usual.

      Sus zapatos resonaban rítmicamente sobre los adoquines mientras Holmes iba haciendo sus pequeñas observaciones sobre la gente que los rodeaba. A pesar de los muchos años que llevaba viviendo y trabajando con el detective, el asombro de Watson ante las habilidades de su amigo no dejaba de sorprenderle.

      —El panadero ha vuelto a usar carnero en lugar de cordero en sus pasteles de carne —observó Holmes al dejar atrás la panadería.

      Watson volvió indiscretamente la cabeza para mirar la tienda, y asintió.

      —El cordero debería estar tierno —dijo—. El hombre que prueba la mercancía del panadero parece tener dificultades para masticar, y como es bastante joven, no debería tener problemas dentales. A menos que el panadero lo haya tenido demasiado tiempo en el horno, pero el pastel no está quemado.

      —Muy bien, Watson —dijo Holmes, dedicándole una de sus raras sonrisas.

      En su interior, el corazón del buen doctor se estremeció de placer ante el cumplido. Ensimismado, no se fijó en el grupo de jóvenes que había en la esquina, observando su bastón y sonriendo maliciosamente. En cuanto a Holmes, estaba demasiado concentrado en la pequeña sonrisa que se había asomado al rostro de Watson, analizando y  almacenando aquella imagen para futuras referencias. Sobra decir que el detective sentía un gran afecto por su doctor, y que aunque fuera incapaz de admitirlo (ni siquiera ante el propio Watson), recibiría gustoso cualquier bala perdida que pasara demasiado cerca de la vida de Watson.

      Desgraciadamente, ninguno de los dos advirtió la pierna que se adelantaba, cruzándose con la de Watson y haciéndole tropezar. El dolor explotó en la pierna del doctor cuando su rodilla golpeó los adoquines con una fuerza considerable, y se mordió los labios para reprimir un aullido cuando su hombro malo impactó contra el suelo un segundo después. Los jóvenes se echaron a reír a la vista del doctor despatarrado en el camino, estremecido de agonía.

      Se obligó a incorporarse sobre sus rodillas, aferrado a su bastón, y les lanzó una mirada asesina. Sin embargo, antes de que Watson pudiera recuperar el equilibrio, Holmes ya se había situado delante de él con una celeridad que realmente lo asustó.

      —¡¿Cómo os atrevéis a burlaros de este hombre?! —rugió—. ¡¿Cómo os atrevéis a lastimar a quien ha luchado por su país para que podáis seguir llevando vuestras patéticas e insignificantes vidas llenas de porquería?!

      El hombre que había provocado la caída de Watson se adelantó con chulería, sus facciones retorcidas por la malicia.

      —¿Quieres pelea, jefe? Da media vuelta y no saldrás herido.

      Holmes levantó la barbilla desafiante, clavando en el hombre sus ojos grises resplandecientes de indignación.

      —Eres muy ignorante al dar por sentado que no sé pelear, chico.

      El otro se echó a reír, y fue imitado por sus amigos.

      —Apuesto a que no sabes pelear bien —replicó con una sonrisa de suficiencia—. ¿Qué sabes hacer, de todos modos?

      El doctor, a pesar del dolor, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

      —Mi respuesta, señor, es esto —dijo Holmes.

      El detective lanzó un puñetazo a la cara del hombre, volvió a golpearle mientras retrocedía, le dio una palmada en ambas orejas y cuando el matón se recuperaba y venía hacia él, lo hizo rodar sobre su hombro con un elegante movimiento. Se oyó un satisfactorio crujido cuando el otro aterrizó de costado, rompiéndose varias costillas.

      Y luego hizo lo mismo con los otros tres hombres.

      Cuando acabó, la rabia silenciosa se había atenuado, y se dio la vuelta para ayudar a Watson, que aún no había conseguido arreglárselas para incorporarse. Los curiosos temían lo que Holmes pudiera hacerles si intentaban ofrecerle ayuda a Watson, pero le aplaudieron cuando se acercó al doctor.

      —¿Está bien, viejo amigo? —preguntó Holmes, tendiéndole una mano.

      —He tenido días mejores —respondió Watson, aceptándola con gracia—. Sin embargo, creo que me recuperaré con una buena cena y reposo.

      Holmes le sonrió por segunda vez en aquel día, y detuvo a un coche para que los llevara a casa.

 

***

 

      —Holmes, le aseguro que puedo hacer esto yo solo.

      —¡Tonterías, mi querido Watson!

      Antes de que Watson pudiera seguir protestando, Holmes le había subido la pernera del pantalón e inspeccionaba la hinchazón. Cogió la botella del bálsamo chino de Watson, vertió un poco en la palma de la mano, y le masajeó la pierna con cuidado.

      —¡Holmes!

      —¿Sí, Watson?

      —¿Se da cuenta de que tiene que llegar hasta el muslo? No es apropiado que lo haga usted.

      —Tampoco lo era que esa escoria de la sociedad le hiciera daño. Quítese los pantalones.

      —La señora Hudson subirá con la cena en un momento —protestó Watson—. Ofendería su sensibilidad verme medio desnudo.

      —Watson, creo que ya es demasiado tarde para preocuparse por la sensibilidad de la señora Hudson —dijo Holmes, riendo por lo bajo—. Quíteselos ya, o se los quito yo.

      Se oyó un chasquido amenazador cuando Watson extrajo de su funda la empuñadura de su bastón, dejando centellear la luz en la hoja oculta en su interior.

      —No hace falta que se enfade, Mamá Gallina. Supongo que esto significa que prefiere hacerlo usted.

      —Sí, Holmes, prefiero hacerlo yo. Y alcánceme una manta para cubrirme cuando aparezca la señora Hudson.

      Se las arregló para bajarse los pantalones hasta las rodillas entre contorsiones, dejando escapar un siseo cuando Holmes comenzó a aplicarle nuevamente el ungüento.

      —Qué extraño es esto de tener que remendarle —dijo Holmes mientras masajeaba su pierna.

      —Bueno, será porque no soy tan temerario como usted.

      La expresión ceñuda del doctor se suavizó hasta desaparecer, vencida por la gratitud. Cerró los ojos, agotado, y se quedó dormido incluso antes de que les subieran la cena. Holmes rió entre dientes al sentir cómo se relajaba la pierna entre sus manos, sabiendo, sin siquiera mirarlo, que Watson se había sumido en un profundo sueño.

      Con sumo cuidado, volvió a subirle los pantalones y se los abrochó. Aún más despacio, lo cubrió con la manta que le había pedido, y luego se sentó a sus pies, reclinó la cabeza sobre la pierna herida del doctor y, finalmente, también él se quedó dormido. Holmes se puso cómodo, acurrucándose al calor de su amigo, mientras la mano de Watson avanzaba hasta descansar sobre su cabeza.

      Cuando la señora Hudson subió con la cena, esbozó una sonrisita cómplice, y tras colocar la bandeja en el suelo, junto a la pareja, echó otro leño a la chimenea para alimentar el fuego, y salió.

 

FIN

Mío / Mine

Sep. 6th, 2015 11:40 pm
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Mío (Mine), un fic de Johnnydspiratequeen.
La razón por la que Watson no pudo pegar ojo aquella noche en el patio de la prisión...
https://www.fanfiction.net/s/5914053/1/Mine
Traducción: Sandra Hernández
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)


       Según su reloj, era la 1:15 de la mañana cuando Watson sintió el peso de Holmes sobre su hombro, y exactamente la 1:17 cuando los ligeros ronquidos de su compañero llegaron a sus oídos. Suspiró y pensó en quitárselo de encima, pero descubrió que aquella calidez que ahuyentaba la fría humedad del patio de la prisión le resultaba muy reconfortante; y pese a todos los problemas que el detective le había causado, Watson no tenía corazón para despertarle. Supuso que esa noche se quedaría sin dormir.

       Sintió su cálida respiración en la espalda y reprimió un estremecimiento, ignorado bajo una conflictiva sensación de frío y calor a la vez, y sacó sus notas para distraerse. Las leyó a la tenue luz de las farolas y la luna. Meneó la cabeza al recordar todas las exasperantes aventuras en las que Holmes le había embarcado, y sus pensamientos se vieron irremediablemente atraídos hacia el percance del día anterior. Cerró los ojos al recordar lo cerca que había estado Holmes de acabar aplastado por el barco. Al ver cómo se le venía encima, se le helaron las entrañas y lo único que pensó fue que había llegado el fin de Sherlock Holmes. Así que cuando pasó de largo y lo vio incorporarse, su corazón saltó como nunca antes lo había hecho, y cuando la gigantesca polea se precipitó a toda velocidad hacia él, Watson ni siquiera lo pensó antes de lanzarse sobre Holmes para protegerlo. Ahora que pensaba en ello, se daba cuenta de que realmente había arriesgado su vida para salvarlo. Eso debía significar algo. Él era médico, estaba acostumbrado a salvar vidas, pero nunca había corrido riesgos personales con sus pacientes. También era, en cierto modo, un héroe de guerra, pero no recordaba ni una sola vez en que se hubiera lanzado entre el fuego enemigo para salvar a alguien. Y ahora lo había hecho como si nada. Por Dios, ¿tanto necesitaba a Holmes?

       Lo miró y observó que la mano de su compañero descansaba junto a la suya. Tentativamente, la deslizó sobre la de Holmes con suavidad, procurando no despertarle. Casi al instante, se descubrió disfrutando de la sensación y se encontró acariciando la mano del detective con el pulgar. Esperaba que a esas alturas estuviera ya profundamente dormido, porque no habría tenido ni la más remota idea de cómo explicarle aquello.

       Su reloj marcaba ya las 2:30. Él era uno de los pocos que aún estaban despiertos. Aquellos aún activos, aparte de él, eran un par de prostitutas charlando en un rincón y algunos hombres bastante fornidos, uno de los cuales había estado mirando en dirección a Holmes desde hacía ya un buen rato. Al reparar en ello, Watson había apartado su mano de la de Holmes, pero el hombre no parecía interesado en sus manos. Más bien parecía..., bueno..., comerse a Holmes con los ojos. Naturalmente; a Watson se le ocurrió que Holmes era probablemente del tipo que le gustaría a un sujeto como aquél: más pequeño que él, pero lo bastante duro como para ofrecer una buena resistencia antes de ser domado.

       Una increíble sensación de desprecio hacia el hombre y de instinto protector hacia Holmes lo inundó y pareció irradiar desde su mismo ser. Deliberadamente, volvió a poner su mano sobre la de Holmes y dirigió al otro hombre una mirada tan fiera que habría hecho encogerse a un demonio. El tipo corpulento lo estudió durante un instante, como evaluándolo, antes de sonreír cruzando los brazos sobre el pecho.

       —Ya veo que ése es tuyo —rezongó con voz chirriante como las ruedas de un carro sobre la grava.

       —Sí —repuso Watson sin pensar—. Es mío.


FIN
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Después de ver lo que DC ha hecho en "Convergencia" con Booster Gold (con el "verdadero", no ese desconocido de New 52), y que para mí ha sido el escupitajo definitivo a la cara de sus fans con todo el recochineo posible, la muerte de todas nuestras esperanzas para Blue & Gold, leer "Inclemencia", de Fleur de Liz, ha supuesto una avalancha de sentimientos encontrados. Si se me diera bien escribir, podría describirlos en profundidad y de este modo hacerle la presentación que se merece, pero como no es el caso, me limitaré a decir que no es muy largo ni complejo, ni destaca por su acción, ni describe la naturaleza exacta de la relación de Ted y Michael en los comics, pero refleja en gran parte lo que los fans (al menos los que añoramos los viejos tiempos) sentimos ante todos esos cambios sin sentido con los que DC no cesa de agredirnos con no sé qué loco objetivo. Y mientras haya fics así, acogiendo a los héroes en un mundo seguro donde puedan seguir siendo ellos y vivir para siempre a salvo de los obsesos de los reinicios, los cambios absurdos de personalidad, raza o género, las crisis que no son más que purgas para realizar matanzas selectivas de personajes en base a lo mal que le caigan al editor de turno, o la desaparición sin más de otros que han estado ahí desde tiempo inmemorial, a DC le pueden dar morcilla.

SUMARIO: Booster Gold se siente atrapado entre dos mundos, y le cuesta mucho distinguir cuál es el real. Tiene lugar después de lo ocurrido en el nº 5 de la Liga de la Justicia Internacional de New 52.

Versión original http://fleur-de-liz.dreamwidth.org/728.html

Versión en español http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/06/inclemencia-fic.html
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"El alquimista perdido" ("The Lost Alchemist") es un fic encantador, obra de Fleur de Liz, que narra, a modo de cuento de hadas, cómo se conocieron Ted Kord (Blue Beetle) y Michael Carter (Booster Gold)de la Liga de la Justicia (DC).

SUMARIO: En una Tierra alternativa, gobernada por los dioses y regida por el omnividente Oráculo, donde la magia está a la orden del día, existe un pueblo llamado Marquette. Este pueblo guarda un terrible secreto que, al parecer, gira en torno a una enorme y enigmática criatura con forma de escarabajo azul llamada Ted. El adivino ambulante Booster Gold y su pájaro mecánico Skeets están decididos a descubrir la verdad sobre Ted, la familia Kord y el alquimista perdido. ¿Pero es real el alquimista, o un cuento de hadas como el de la estrella que se enamoró y cayó a la Tierra? ¿Será Booster capaz de pagar el precio que exijan los dioses? ¿Y qué hará Ted cuando se enfrente a una elección imposible y a la ira del Rey Negro?

Versión original http://fleur-de-liz.dreamwidth.org/386.html
Versión en español http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/04/el-alquimista-perdido.html

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