Sep. 18th, 2015

sandrahernandez: (Default)
El regalo de uno mismo (The Gift of One's Self), un fic de Jemisard.
Final alternativo de "El gran juego". Moriarty pone en práctica otro juego con Sherlock y John.
Fandom: Sherlock (BBC)
Traducción: Sandra Hernández.
Original en inglés: https://archiveofourown.org/works/163322


      Ésas habían sido las palabras fatídicas.

      —¡Sherlock, corre!

      Sherlock no había hecho tal cosa. Siguió apuntando a Jim a la cabeza, mientras John lo sujetaba con un brazo alrededor del cuello.

      Jim lo había captado. John estaba dispuesto a morir para detenerle y permitir a Sherlock escapar al mismo tiempo. La expresión de puro placer que iluminó su rostro resultaba obscena pese a la férrea presa de John, que le utilizaba a un tiempo como escudo humano contra el francotirador y como seguro contra la bomba que llevaba atada a su propio cuerpo.

      Dulce, había dicho. Mascota fiel. A Sherlock le molestaban esos términos, porque John no era una mascota, sino un hombre brillante y leal dispuesto a sacrificarse.

      Y eso era muy malo. Porque con sus francotiradores apuntándoles a ambos, Jim era ahora consciente de lo que haría John para proteger a Sherlock. Y que Dios le perdonara, Sherlock no estaba seguro de lo lejos que él habría llegado para proteger a su compañero.

      Parado entre los dos, Jim se sacudió el traje, ligeramente disgustado por el hecho de que John se hubiera atrevido a tocarle.

      —Westwood.

      Los ojos de Sherlock se posaron brevemente en John, advirtiendo el dolor en su mirada. John se alejó de Moriarty, mirando a Sherlock.

      —¿Sabes lo que ocurrirá si no me dejas en paz, Sherlock? —El tono cadencioso y zumbón de Jim añadía a sus palabras una amenaza que a Sherlock no le gustó—. ¿Lo sabes?

      Sherlock cambió de posición, sin dejar de apuntarle.

      —Oh, a ver si lo adivino —dijo, arrastrando las palabras—. Me matarás.

      Pero en realidad... sólo esperaba que Jim, quizá, picara el anzuelo. Que no eligiera aquella otra opción un poco menos obvia.

      —¿Matarte? —Jim pareció ligeramente disgustado—. Hum, no, no seas tan obvio. Algún día te mataré, claro.

      Sherlock se preguntó si era así como lo oían a él los demás, cuando manifestaba lo aburridos y pesados que eran.

      —Pero no tengo ninguna prisa —murmuró Jim con ternura—. Eso lo reservo para una ocasión especial. No, no, no, no.

      Y entonces, la actitud amigable de Jim se vino abajo, junto con su máscara de humanidad, y sólo quedó el rostro frío, la expresión distante.

      —Si no dejas de fisgar... —Hizo una pausa, casi jadeante, mientras contemplaba a Sherlock de arriba a abajo, antes de continuar—, te reduciré a cenizas.

      La mirada de Sherlock se obstinó en sostener la de Jim.

      —Reduciré a cenizas tu corazón —concluyó, con el odio empleado en escupir la palabra “corazón” fundiéndose en algo casi parecido a la piedad.

      Sherlock permaneció imperturbable. Sostuvo la mirada de Jim sin pestañear.

      —Según varias fuentes, carezco de él —dijo llanamente.

      —Pero ambos sabemos que eso no es del todo cierto —ronroneó Jim, meneando la cabeza.

      Y Sherlock cometió el segundo error de aquella noche.

      El dolor que dejó entrever brevemente en su mirada, la forma en que parpadeó para evitar mirar automáticamente a John, su fría máscara deslizándose por un segundo, sin mostrar emociones, pero aun así...

      Jim lo percibió, sonrió ligeramente y pareció despojarse de su inhumanidad para volver a dar paso a toda su jovialidad y simpatía.

      —Bueno, será mejor que me vaya.

      Miró a Sherlock, luego a John, y de nuevo a Sherlock.

      —Ha sido un placer charlar contigo.

      Se humedeció los labios y Sherlock deseó fervientemente meterle una baja entre las cejas.

      Reafirmó su postura.

      —¿Y si te disparase ahora mismo?

      Jim apenas dudó. Sabía tan bien como Sherlock que eso no ocurriría.

      —Pues disfrutarías de mi mirada de sorpresa —respondió en el mismo tono cadencioso y zumbón, componiendo una mueca de burlona conmoción que se deshizo en una abierta sonrisa segundos después—. Porque me sorprenderías, Sherlock, de veras. —Frunció ligeramente el ceño, sus emociones oscilando—. Y también me sentiría un poquito...

       decepcionado

      —…decepcionado.

      Ser capaz de predecir las palabras de Jim Moriarty no era precisamente un consuelo.

      El silencio se alzó entre ellos, mientras Jim sonreía ligeramente y Sherlock seguía empuñando el arma, aunque, a estas alturas, ambos supieran que en realidad sólo era una pose.

      —Y, por supuesto... no disfrutarías por mucho tiempo.

      Dos francotiradores. Y una bomba detonable por control remoto aún atada al cuerpo de su mejor amigo, que estaba pálido y hacía cuanto podía para mantenerse tranquilo y centrado. Sherlock estaba orgulloso de él por negarse a dejarse llevar por el pánico.

      —Ciao... —dijo Jim, dando media vuelta. Se detuvo un instante para mirar atrás, y esta vez, la apenas disimulada rabia psicópata centelleó en sus ojos y sangró en su voz—: …Sherlock Holmes.

      Dejó que su mirada se demorase en Sherlock un instante más y luego se dirigió a la salida.

      Sherlock se movió despacio, manteniendo a Moriarty en el punto de mira mientras se acercaba a John.

      —Ya... te... cogeré —dijo lentamente, con los ojos clavados en la espalda del criminal.

      Moriarty se detuvo en el umbral, y una risa silenciosa estremeció sus hombros.

      —¡No, no lo harás!

      Su voz volvía a ser alta, ligera y descarada y, finalmente, la puerta se cerró entre ellos.

      Sherlock se quedó inmóvil, esperando que Moriarty volviera de repente. Próximo a él, por el rabillo del ojo, veía a John, que seguía exactamente donde estaba, tenso, aún erguido. Más o menos.

      Por fin volvió ligeramente la cabeza, el arma apuntada hacia el chaleco bomba que claramente no tenía detonadores en las hebillas que lo cerraban, y se encontró con los ojos de John.

      Estaba aterrorizado y al borde del colapso, con las pupilas tan contraídas que resultaban casi invisibles.

      Sherlock tiró el arma y se arrodilló ante John, desabrochándole las hebillas para librarle del chaleco mientras su amigo se tambaleaba, relajando el cuerpo y cediendo al fin al peso de las emociones del momento. Tenía la respiración entrecortada y los brazos flojos, y no hacía ningún intento por ayudarle a liberarle.

      —¿Estás bien? —preguntó Sherlock, soltando bruscamente las palabras.

      John se limitó a jadear, intentando mantenerse en pie.

      Las hebillas se soltaron.

      —¿Estás bien? —repitió Sherlock en voz más alta, intentando que John le respondiera.

      —Sí, sí —farfulló—. Sí, estoy bien.

      Su expresión era distante y su voz plana y sin pánico mientras Sherlock intentaba desesperadamente despojarle del abrigo y el chaleco antes que Jim cambiara de idea y lo hiciera estallar.

      —Sherlock —volvió a farfullar John, a punto de derrumbarse cuando las prendas finalmente cayeron y Sherlock las alejó de ellos a patadas—. ¡Sherlock!

      Alzó la vista y sus miradas se encontraron. John estaba empezando a hiperventilar, hundiéndose en el shock, sin duda, y Sherlock deseó por un instante tener una manta a mano. Las mantas servían de ayuda en caso de shock.

      Pero él estaba bien.

      Y lo estaría más si pudiera echarle la vista encima a Moriarty y volarle la cabeza.

      Oyó que John se tambaleaba y maldijo en voz baja mientras se agachaba a recoger el arma.

      La puerta volvió a abrirse, y Sherlock se quedó paralizado.

      Moriarty exhibía una amplia sonrisa.

      —¡Soy tan voluble!

      Entró, y Sherlock miró el arma y vio el dilema.

      Un punto rojo enfocaba la pistola. Otro subió por su brazo y dedujo que se detenía en su sien.

      —Sherlock…

      Miró a John, que se había acuclillado torpemente contra la puerta de un vestuario. Un punto rojo jugueteaba sobre su pecho, otro se asentó en su frente y un tercero sobre su vientre.

      Maldición.

      Apartó la mano del arma y se incorporó lentamente, dando un paso atrás por cada uno que avanzaba Moriarty hasta volver al lado de John.

      —Es mi punto débil —sonrió Jim—. Pero, naturalmente, es el único, al contrario que vosotros. Empiezas por el cariño y de repente tienes todo tipo de debilidades. —Se metió las manos en los bolsillos—. ¿Cuánto te importa tu mascota, Sherlock? Tu pequeña y leal mascota…

      —Basta —dijo Sherlock, interponiéndose entre Jim y John con todo el disimulo del que fue capaz. No volvería a darle a Moriarty nada con lo que regodearse.

      —Oh, relájate, Sherlock. Estabas dispuesto a dejarme escapar con tal de que él estuviera a salvo, así que no creo equivocarme al suponer que no hay nada que hombres como tú y yo no podamos negociar como pago a su lealtad.

      —Él no es como tú —protestó John.

      —Es igual que yo —replicó Moriarty—. Se parece más a mí de lo que nunca podría llegar a parecerse a ti, con tu pequeña y aburrida mente y tu vida tan horriblemente obvia.

      —John, calla —dijo Sherlock con voz queda. Mientras Moriarty se concentrara en él, estarían bastante seguros. Moriarty no planeaba matarlos sin más, o ya lo habría hecho. Estaba jugando con Sherlock, pero si decidía que John era más molesto que divertido, le dispararía, y sería una muerte lenta y dolorosa.

      O aún peor, instantánea.

      —Sí, John, escucha a Sherlock. Te lo dice de corazón —sonrió Jim—. ¿Alguna vez deseaste tener un corazón, Sherlock? ¿O sólo llegaste un día a la horrible conclusión de que lo tenías y que habías empezado a encariñarte sin querer? Según el cuento, el Hombre de Hojalata descubre que tiene corazón cuando comprende que ama a sus amigos.

      Sherlock no entendió la referencia. Le sonaba, el nombre le era familiar, pero no hallaba ningún dato en su archivo mental.

      —Si él es el Hombre de Hojalata, tú debes ser la Bruja Perversa del Oeste —dijo John con desprecio.

      —Pero tú no eres Dorothy, John, así que no te hagas ilusiones pensando que puedes detenerme —respondió Jim con frialdad.

      Sherlock odiaba sentirse perdido, pero de repente llegó la información: El Mago de Oz, un clásico de la literatura infantil, una niña pequeña en un mundo mágico y maravilloso buscando el modo de volver a su casa con su familia y a una existencia mundana. Un caso de secuestro que había investigado hacía referencia al libro en la nota de rescate.

      —No habrás vuelto para hablar sobre clásicos infantiles, ¿verdad?

      —Puede —Jim hizo un mohín y luego se echó a reír—. Vale, no, pero fue agradable cambiar de tema.

      Se sacó un móvil del bolsillo y miró la pantalla un instante.

      Sherlock se arriesgó a mirar a John, que se limitó a asentir ligeramente. No iba a desmoronarse mientras la amenaza siguiera ahí.

      —¿Sabes? Me ha gustado el momento en el que le arrancas frenéticamente la ropa incluso antes de que se te pase por la mente comprobar si seguía aquí. ¿Debería ofenderme que te olvides completamente de mí en cuanto se te presenta la oportunidad de desnudar a John Watson, Sherlock?

      Había una cámara. Posiblemente con los francotiradores. Sherlock se propinó una patada mental.

      —Mi mente no asimila la idea de que alguien tan plano como él tenga prioridad sobre tu némesis —dijo Jim, avanzando entre ellos. Arrastró una mano sobre los hombros de John, soltando una risita cuando éste intentó eludir su contacto. Dio un paso atrás, se ajustó la chaqueta y se quitó el auricular y el micrófono.

      John se levantó y se puso delante de Sherlock, sin ocultar su reacción instintiva de interponerse entre ambos genios.

      Jim volvió a reír.

      —Juguemos, chicos. Veamos lo valiente y leal que es nuestro soldadito.

      —Creía que querías jugar conmigo —dijo fríamente Sherlock.

      —¡Eso hago! John, quítate el auricular y pónselo a Sherlock.

      John miró a Sherlock, que asintió ligeramente. Había al menos cinco francotiradores y no tenía sentido intentar nada en ese momento.

      Con mano notablemente firme, John se quitó el auricular y se lo tendió a Sherlock.

      Jim chasqueó la lengua.

      —John, John, John, ya has olvidado las reglas. Pero se te perdona, porque tu cerebro es pequeño. Ponle el auricular a Sherlock. Sherlock, arrodíllate ante John. Si os portáis bien, no pasará nada. Si no, empezaré a repartir agujeros al azar entre uno y otro. Sólo pensad que la seguridad de vuestro mejor amigo depende de vuestro buen comportamiento. Y estoy seguro, Sherlock, de que John puede iluminarte acerca de lo espantosamente doloroso que puede ser un disparo sin llegar a ser ni remotamente mortal.

      Con la mandíbula apretada, Sherlock bajó una rodilla. John se acercó, prendió el auricular al cuello de su camisa y le apartó delicadamente el pelo para colocar el auricular en su sitio, bien ajustado y firme.

      —Retrocede.

      Fue una sensación extraña escuchar a Moriarty en su oído al mismo tiempo que lo veía alejarse de ellos.

      John retrocedió un paso sin mirar a Jim.

      —Levántate, Sherlock. No te he hecho arrodillar para que John Watson te toque.

      Sherlock se incorporó lentamente, mirando a Moriarty por encima de John. Jim se alejó unos pasos más, convirtiendo su voz en un susurro al oído de Sherlock.

      —Vamos a jugar a “Jim dice”. Si haces lo que Jim dice, no pasará nada. Si no lo haces, Jim empezará a hacer agujeros en el doctor Watson.

      Apretando los dientes, Sherlock asintió una vez para indicar que lo había entendido.

      —Y si haces alguna tontería, los francotiradores te dispararán en los brazos y las piernas, y le harán lo mismo al doctor Watson, y luego le harán un agujero muy grande en la ingle. Es un modo horrible de morir, Sherlock, desangrarse por un balazo de gran calibre en los genitales.

      Sherlock mantuvo el rostro inexpresivo. No quería perturbar aún más a John.

      —Indícame que lo has entendido, Sherlock.

      Volvió a asentir.

      —No he dicho “Jim dice” —dijo Moriarty con voz fría.

      Sherlock oyó a alguien gritar una contraorden cuando sonó el disparó y John cayó de rodillas, aferrándose el brazo que la bala había rozado. Jim lanzó un profundo suspiro y luego volvió a bajar la voz.

      —La próxima vez no serán tan generosos, Sherlock. Indícame que lo has entendido.

      Sherlock permaneció completamente inmóvil.

      —Perfecto. —Jim retrocedió un poco—. Jim dice que ayudes a John a levantarse.

      Sherlock se acercó a John y lo ayudó a incorporarse con cuidado, sujetándole con firmeza. Le espantó imaginar lo que John vio en su rostro, porque éste le dedicó una débil sonrisa con la que probablemente pretendía darle ánimos.

      —Es un soldadito valiente, Sherlock. Jim dice que le digas que permanezca erguido mirando las duchas.

      —Permanece erguido mirando las duchas —dijo Sherlock con cuidado, con voz hueca y neutral.

      John obedeció sin protestar.

      —Muy bien. Jim dice que le digas que es un buen chico y que le des unas palmaditas en la cabeza.

      ¿En serio? ¿Iba Moriarty a ser tan prosaico? ¿Tan predecible? ¿Tan aburrido?

      —Buen chico —dijo con el mismo tono hueco, dándole a John unas palmaditas en la cabeza.

      John miró a Moriarty.

      —Jim dice que le recuerdes las reglas.

      —Recuerda las reglas, John —dijo Sherlock con voz queda.

      John hizo lo que Moriarty quería, pero por lo demás permaneció quieto y silencioso. Respiró hondo y miró a Sherlock con una expresión de rabia en sus ojos.

      Y Sherlock siguió jugando a “Jim dice”, decidido a no volver a cometer ningún error.

      —Jim dice que le quites a John ese espantoso abrigo.

      Refrenó el impulso de protestar antes de hacer que volvieran a dispararle a John y le quitó el abrigo, arriesgándose a echarle un vistazo a la herida. Era un rasguño, nada serio, por fortuna. John tragó saliva, reflejando ahora tras la rabia en su mirada un atisbo de preocupación.

      —¿Sabes, Sherlock? No lo entiendo. Míralo. Quiero decir... míralo. Es tan corriente... Con esa ropa barata, su cerebro lento y aburrido, y tan... chaparro. Basto. Todo en John Watson es muy... basto.

      Jim no se lo había dicho, así que Sherlock no respondió, ni apartó sus ojos de los de John. John no era tan bobo como el resto. A veces resultaba aburrido, pero no era basto ni corriente. La gente corriente no recibe un disparo sin quejarse. La gente corriente no intenta salvarte aun a costa de su propia vida.

      —Se me ocurre que podrías indicarme qué partes de John son las más importantes para ti. Jim dice que hay cinco puntos de su cuerpo que puedes declarar a salvo de las balas si fallas, e incluso te daré un minuto para que decidas. Pero hay truco, Sherlock. Jim dice que tienes que besar esos puntos para demostrar cuánto te importan.

      Su cuerpo tembló ante la urgencia de saltar y matar, de aplastar la cara de Jim Moriarty contra las baldosas hasta que no fuera más que un amasijo sanguinolento. John se dio cuenta de que algo iba mal y frunció el ceño con preocupación, y Sherlock tuvo que cerrar los ojos para concentrarse en pensar.

      Debía hacer lo posible para salvaguardar todos los puntos que supusieran una muerte instantánea. Del resto, pese al dolor, John podría recuperarse recibiendo atención médica. Se le ocurrían al menos tres. Intentaría salvar una de sus manos, para que no tuviera que enfrentarse al mundo incapaz de sostener un arma y poder vengarse de aquel hombre. Y... Dio un respingo al entender qué era lo que Jim quería ver, lo que quería obligarle a hacer para proteger a John de una amenaza que éste ni siquiera había oído pronunciar.

      —Jim dice que es hora de actuar.

      Abrió los ojos y trato de no mirar mientras lo hacía. Suavemente, depositó su primer beso en la sien de John. Disparo en la cabeza.

      Con igual suavidad depositó el siguiente en su mano izquierda, inclinándose para que John no tuviera que alzar el brazo herido. Sentía los ojos de John clavados en él, agudos y atentos.

      El tercero se posó castamente sobre su esternón, sobre su corazón, y fue consciente del olor a miedo y sudor que emanaba del cuerpo de John.

      El cuarto requirió tocar la cabeza de John para inclinarla de modo que Sherlock pudiera rozar con los labios su garganta. Un disparo en la garganta, tan bueno como irremediable si se producía.

      Y el quinto...

      Cerró los ojos, apoyó una rodilla en el suelo y respiró hondo antes de inclinarse para besar ligeramente la bragueta de John, volvió a incorporarse enseguida y se quedó mirando fijamente la pared por encima de la cabeza de John.

      John prácticamente vibraba de rabia contenida, humillación e indignación.

      —No sabía si lo harías, Sherlock, pero ahora veo que de verdad tienes corazón cuando se trata de tu dulce mascota, ¿verdad? —La voz de Jim se tornó gélida—: Qué patético que alguien como tú caiga tan bajo por algo tan insignificante como John Watson.

      Sherlock no lo miró. No reaccionó.

      —Jim dice que vengas aquí.

      Echó a andar hacia Moriarty.

      Moriarty le tendió un auricular.

      —Jim dice que se lo pongas a John.

      Sherlock se lo arrebató de la mano, regresó dando zancadas, y se lo colocó a John con eficiente rapidez.

      —Jim dice que te portes bien.

      Él no oyó nada, pero quedó claro que John sí por la forma en que apretó la mandíbula y alzó las manos para empezar a desabotonar la camisa de Sherlock con distanciamiento profesional.

      Sherlock siguió mirando más allá de John, hasta que regresó el susurro:

      —¿No es esto lo que querías, Sherlock? ¿Sentir a John Watson manoseando tu cuerpo con sus sucias manos?

      Sintió a John desprender el clip del cuello de su chaqueta y ponerlo sobre su piel. El cocodrilo de metal mordió su carne. John le quitó el abrigo y lo arrojó a la piscina. Luego se situó a su espalda, tiró de su camisa hacia abajo y la retorció, aprisionando flojamente las manos de Sherlock con las mangas.

      Se vio obligado a mirar a Moriarty, con los brazos sujetos a la espalda, el pecho al descubierto y el cuello ardiéndole allí donde el clip pinzaba su piel.

       —Muy bonito —murmuró Moriarty en su oído—. ¿Lo estás disfrutando, Sherlock? ¿Disfrutas al sentir a John sujetarte los brazos y pegar su cuerpo al tuyo?

      No respondió.

      Hubo un silencio, y luego los brazos de John rodearon su cuerpo, y sus manos, calientes y pegajosas a causa de su propia sangre, acariciaron su pecho, rodearon sus pezones y descendieron por su vientre hasta el cinturón.

      Siguió sin decir nada.

      —Jim dice que te des la vuelta y abofetees a John. Con fuerza.

      Sherlock cerró los ojos, liberó los brazos casi sin esfuerzo y se giró, imaginando que era Mycroft quien estaba frente a él. Con los ojos aún cerrados, cruzó la cara de John con un fuerte revés.

      —Vaya, eso no ha sido muy amable, Sherlock. Será mejor que le ayudes a levantarse y le des un beso.

      Todo lo que quería era ayudar a John, pero aún no había oído pronunciar las palabras esenciales.

      —¿Sabéis qué? —dijo Jim en voz alta—. Este juego no es tan divertido si los dos os esforzáis tanto en no meter la pata. Quitaos los auriculares.

      John obedeció. Sherlock permaneció inmóvil.

      —No hemos terminado, Sherlock —le susurró Moriarty—. Jim dice que recojas el arma de John y le dispares.

      Sherlock vaciló. No quería hacer tal cosa. ¡Dios, no quería! Pero si no lo hacía él, lo harían los francotiradores, y sabía exactamente cómo sería.

      Fue hacia el arma con paso decidido, la recogió y se volvió. Ya había catalogado y decidido, y le apuntaba al hombro cuando cambió de idea.

      Jim había dicho que le disparara. Pero no había dicho que tuviera que acertarle de lleno.

      Disparó, y la bala rozó el brazo derecho de John haciéndole retroceder un paso tambaleante y caer de rodillas con el rostro pálido, mientras una nueva flor de sangre fresca florecía sobre su camisa.

      —Muy listo, Sherlock   —murmuró Jim—. Pero supongo que esto no infringe las reglas del juego. Voy a darte una oportunidad. Demuéstrame lo mucho que te importa John Watson. Cuanto más me convenza de su importancia, menos probable será que le mate.

      Y sabría mejor cómo controlarles. Bajó la mirada... y de pronto vislumbró su salvación.

      Jim estaba disfrutando mucho con su juego. Eso era una debilidad.

      Sherlock se acercó a John, se arrodilló frente a él, y sus labios apenas musitaron una disculpa antes de tomar su rostro con una mano y besarlo.

      Los labios de John quedaron laxos ante la sorpresa, permitiendo que Sherlock profundizara su beso, ladeándole la cabeza, abalanzándose sobre él, saboreando su boca, el leve regusto de la cerveza de la cena, la sangre que se había causado al morderse. Presionó aún más para saborear mejor, sustituyendo el interés del momento por lo que podría interpretarse como genuina pasión.

       Su otra mano se deslizó sobre la cintura de John, aún sosteniendo el arma. Le agarró del brazo para acercar más sus cuerpos, apoyándose sobre las baldosas, tumbando a John de espaldas incluso cuando éste interrumpió el beso mirándole con una expresión terriblemente confusa y estupefacta.

      Y entonces Sherlock disparó.

      No a Moriarty.

      Al chaleco, aún tirado en el suelo tras él.

      Al mismo tiempo, protegiendo con una mano la cabeza de John, tomó aire y se lanzó con él a la piscina.

      La explosión los empujó a través del agua, aferrados el uno al otro mientras una erupción de llamas y escombros se producía encima de ellos. John le hizo girar bruscamente. Una fracción de techo cayó sobre el lugar donde habían estado.

      Salieron juntos a la superficie, jadeando. Por mucho dinero que Moriarty pagase a sus hombres, no era suficiente para que siguieran prestándoles atención en medio de una explosión.

      Sherlock se arrancó el auricular y se hizo a un lado con John cuando nuevos fragmentos del tejado cayeron sobre el agua. Sin soltar a John, nadó con él hacia el borde de la piscina y le ayudó a salir del agua.

      Alcanzaron la salida, escuchando en la distancia las sirenas de la policía mientras el edificio seguía desmoronándose. Alrededor de la zona, se encendían las luces y la gente salía cautelosamente de sus casas.

      —Muy bien —dijo John, tosiendo violentamente a causa del agua que había aspirado.

      —Excelente.

      Sherlock miró a John y apoyó la mano en su espalda mientras éste seguía tosiendo.

      —Buena distracción.

      —¿El beso? Jim quería ver cómo te besaba. Tiene una fuerte vena voyeurista que se vería estimulada al verme demostrar pasión, aunque fuese por alguien a quien él considerase inferior. Me dijo que cuanto más convencido quedase de cuánto me importabas, menos probable sería que te matase. Estaba claro que deseaba vernos enzarzados en un abrazo sexual, sin duda para conseguir que nos sintiéramos incómodos el uno con el otro a partir de entonces.

      Sostuvo a John cuando se le doblaron las piernas y lo hizo sentarse en la acera. Los dientes de John habían empezado a castañetear.

      —Shock... Frío...

      —No me sorprende. Ha sido una noche bastante estresante.

     —Sherlock... Necesito calor...

     Comprendió lo que John quería decir y asintió. Se sentó detrás de él y rodeó al doctor con sus largos miembros, apretándose cuanto pudo contra él para proporcionarle calor.

      —Pronto llegarán las ambulancias.

      John no respondió, probablemente debido al shock, mientras el calor retornaba lentamente a su cuerpo.

      —John... Gracias. Por aquello... Ya sabes. Lo que intentaste hacer. Por mí.

      Por intentar hacer que escapara. Por estar dispuesto a morir por él.

      —De nada —murmuró suavemente John—. Tú lo mereces.

      —Tú también —respondió Sherlock en un susurro, abrazándose aún más a él. Tener ahora a John vivo  y casi indemne entre sus brazos hacía que cada cosa que Moriarty les había obligado a hacer hubiera merecido la pena.

      Permanecieron juntos hasta que llegaron las ambulancias.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
Esto de ir de bueno... Un fic de Sabetha Lamora (el original en inglés ya no existe).
De vuelta en casa, después del incidente con Killer Evans ("Los tres Garrideb").
Fandom: Sherlock Holmes (Canon)
Traducción: Sandra Hernández

—No lo habría hecho, ¿verdad? —pregunté esa noche, con mi muslo herido cuidadosamente vendado y el resto de mi cuerpo reconfortado por el té caliente y el fuego de la chimenea.

Holmes, como solía hacer al final de un caso estimulante, se hallaba tumbado en el sofá con una mano por encima de la cabeza, sosteniendo un cigarrillo. Emitió un lánguido murmullo y volvió la cabeza hacia mí.

—¿Hacer qué, Watson? —preguntó, con la voz ligeramente más ronca de lo habitual debido a los cigarrillos que se había estado fumando uno tras otro desde que volvimos a casa.

         Vacilé, pues no estaba completamente seguro de querer saber la respuesta. De que lo había asustado con mi herida esa noche, no me cabía duda. Nunca había visto sus manos temblar de aquel modo al volverse hacia mí, sin saber dónde o cuan grave había sido el disparo de aquel atroz desalmado, Killer Evans. Pero lo que había dicho no podía ir en serio. Holmes era el modelo mismo del autocontrol y la moral más elevada, aunque hubiera quien lo dudara a causa de sus controvertidos métodos. Él no cometería semejante delito llevado por el calor del momento. La simple idea era absurda. Sin embargo, Sherlock Holmes no era un hombre que hablara a la ligera. Tenía que saberlo, aunque sólo fuera para satisfacer mi curiosidad.

         —Aunque mi herida hubiera sido más seria, no habría cumplido su amenaza, ¿verdad?

         La oscuridad pareció descender sobre los rasgos de Holmes. Volvió a mirar al techo una vez más, dando una larga calada a su pitillo. Exhaló el humo pensativamente, con una expresión realmente lúgubre. Los minutos transcurrieron en silencio, y empecé a pensar que mi pregunta quedaría sin respuesta cuando, repentinamente, habló.

         —Si usted hubiera muerto esta noche, Watson, le habría disparado a ese hombre con su propia pistola. Le habría disparado en un pulmón, para que se ahogara en su propia sangre. Eso es lo que habría hecho si él me hubiera privado de usted. Discúlpeme si esto echa abajo la indudable y desesperadamente romántica imagen que se ha formado de mí como paladín de la justicia, pero ésa es la verdad.

         Holmes lanzó el cigarrillo a través de la ventana abierta en un repentino ataque de furia, su rostro contorsionado por la ira, pero siguió sin mirarme. Clavó los ojos en la ventana, como si ésta le hubiera dirigido una ofensa personal.

         —No entiendo por qué se sorprende —gruñó, levantándose e iniciando un frenético paseo por la habitación—. Se menosprecia constantemente, doctor. A veces me pregunto si realmente es tan obtuso como se describe en esos espantosos relatos suyos. No le conservo a mi lado porque sienta la necesidad de seguirle la corriente. Tenga por seguro que poseo suficiente dinero a estas alturas para irme a vivir a algún lugar mucho mejor que éste. ¡Hace ya más de veintiún años que le conozco! Hasta un “autómata sin corazón” como yo acaba sintiendo cierto afecto por un compañero que ha sabido soportar mi a veces bastante agria compañía durante tanto tiempo. Así que sí, le habría disparado. Y con gran placer, además.

         Holmes se detuvo finalmente y pareció desinflarse un poco, en un visible esfuerzo por contenerse. Sus ojos se encontraron con los míos y no se me ocurrió absolutamente nada que decirle. Soy un hombre de palabras, pero cuando hace falta, también soy un hombre de acción. Alcé una mano y le indiqué que se acercara. Me habría levantado yo mismo si mi maldita pierna no me lo hubiera impedido. Avanzó a zancadas, y cuando lo tuve lo suficientemente cerca, tomé su mano y lo atraje hacia mí, atrapándolo en lo que sólo podría describirse como un abrazo.

         Holmes se quedó rígido. Las manifestaciones de afecto físico entre nosotros eran muy contadas, dado que mi amigo siempre se había sentido incómodo ante el sentimentalismo innecesario. Pero no se apartó, ni intentó liberarse. Fui ligeramente consciente de su excesiva delgadez, pero decidí que ya me preocuparía por eso otro día. En aquel momento me limité a deleitarme con la rara intimidad que compartíamos.

         —¿Watson? —dijo al cabo de un rato, al considerar que el abrazo se prolongaba más de lo necesario.

         Me mordí los labios para no reír, pero mi alegría era indudablemente obvia cuando respondí:

         —Cállese, le estoy abrazando.

         Tras unos instantes, Holmes volvió a interrumpir el silencio, esta vez con un poco más de impaciencia en su voz.

         —¿Esto va a durar mucho? Tengo archivos que clasificar.

         Sin poder contenerme más, empecé a reír incontroladamente. Holmes no tardó en imitarme, y reímos hasta que no nos quedó más aire en los pulmones y nuestros rostros adquirieron un rojo encendido. Intenté recuperar el aliento, aferrado a mi sofá para no caerme, mientras Holmes, en el suelo, aún intentaba ahogar contra la alfombra los últimos estallidos de risa. Era una escena absolutamente entrañable.

         —Estamos un poco locos, ¿verdad? —dije al fin entre jadeos, enjugándome las lágrimas que la risa me había provocado.

         Holmes se tumbó de espaldas y me miró, sonriendo.

         «Mucho mejor», pensé con afecto.

        —Imperdonablemente locos, mi querido, queridísimo Watson —dijo, y, para mi sorpresa, tomó mi mano—. Pero vivos, y muy felices.

 

FIN

 



sandrahernandez: (Default)
Complicado (Complicated), un fic de Laughing Gravy.
Watson tiene un pequeño accidente...
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández
Original en inglés: https://www.fanfiction.net/s/6145710/1/Complicated

          —¡Watson!

          Maldita sea... ¿Dónde está este hombre?

          El villano detenido, la casa atestada de policías, y el buen doctor por ninguna parte. Holmes se detiene en lo alto de unas empinadas escaleras con peldaños de madera. Se esfuerza por distinguir algo en la oscuridad del sótano.

           —¡Watson! ¿Está ahí abajo?

           Su voz se pierde, como tragada por la penumbra.

          ¿Ha oído un gemido? Holmes baja corriendo los escalones, agarrándose justo a tiempo cuando sus pies resbalan sobre la traicionera superficie.

          Y allí está el hombre, sentado contra la pared, débilmente iluminada por la tenue luz que se filtra desde arriba entre las tablas de madera.

          —Bien... Watson... ¿Nos vamos?

          Los ojos de Holmes pasan ansiosamente del doctor a la escalera, y nuevamente al doctor.

          Y entonces se da cuenta: el doctor está tenso, con el rostro pálido y contraído. El detective alza una ceja inquisitivamente.

          —Mi brazo... Está roto... —es la respuesta del médico.

          Por un momento, Sherlock Holmes se limita a considerar los hechos. Luego pregunta:

          —¿Está seguro?

          —Oh, sí, estoy seguro —dice el doctor, insinuando en su voz una sonrisa tirante.

          Holmes se acerca y ve que su rostro está gris y brillante y que la sonrisa que luce en sus labios es forzada. Se sujeta el brazo derecho inmóvil contra el cuerpo, mostrando a Holmes la palidez de su mano contra el abrigo oscuro.

          Holmes hace la deducción más rápida y obvia.

          —Un momento... ¿Se ha caído por las escaleras?

          El pobre doctor se las arregla para parecer aún más desconcertado cuando responde con embarazo:

           —Sí.

           —Mala suerte, amigo mío, pero no debería estar tan disgustado, yo he estado a punto de darme un batacazo...

           La débil voz sin aliento interrumpe su conmiseración:

          —Escuche, Holmes, es... complicado. Tengo la mano fría, no la siento. Necesito... necesitamos... recolocar el hueso... ahora mismo.

          —Le llevaremos al hospital y estará como nuevo.

          E inmediatamente Holmes se da la vuelta, listo para subir corriendo las escaleras. Después de todo, ahí arriba está la mitad del Cuerpo, pisoteando la escena del crimen.

          Pero Watson mueve lentamente la cabeza mientras sus ojos parecen cerrarse por voluntad propia, y susurra:

          —No... —Traga saliva y continúa—: Hay que hacerlo ahora... La circulación, ya sabe... Podría perder el brazo...

           Los ojos de Watson siguen cerrados, la cabeza baja. Holmes le oye murmurar palabras como “fractura” y “reducción”. De repente, un rostro blanco se alza. Holmes se agacha y apoya una mano en el hombro de su amigo en un gesto interrogante. Watson le dirige una mirada perpleja y dice:

          —Creo que voy a...

          Se gira a un lado, vacilante, y vomita en el rincón.

          —Mi querido Watson... —suspira Holmes, frunciendo el ceño con preocupación.

          Se arrodilla velozmente junto al doctor para sostener a su tembloroso compañero, y vuelve a colocarlo de espaldas contra la pared, procurando no tocar el brazo herido. Watson respira pesadamente, sin dejar de sujetarse el brazo contra el cuerpo.

          —¿Qué debo hacer? —pregunta Holmes, con rostro grave y la voz queda.

          Watson parece aliviado y responde suavemente:

          —Gracias.

          Holmes señala el abrigo.

          —¿Debería quitarle esto?

          —Eso me temo —responde el doctor, y sus miradas intercambian un sombrío entendimiento.

          Holmes sujeta firmemente el brazo herido como si fuera de cristal   y pregunta:

          —¿Listo?

          Watson empieza a encoger el hombro izquierdo para hacer bajar el abrigo, entre respingos y jadeos. Con mucho esfuerzo, se las arregla para pasarse el abrigo por detrás. Ahora sólo queda bajar la manga derecha, un proceso que se lleva a cabo entre un sinfín de jadeos de Watson y el gentil estímulo de Holmes.

          Lentamente, ayuda a Watson a bajar el miembro roto hasta el sucio suelo. Holmes se cambia de sitio para atenderle mejor. Mira al médico a la cara. Watson está temblando bajo su fina camisa de lino. Holmes le sube la manga y ve que el brazo derecho está cubierto de cardenales rojos como la sangre. Está torcido en un ángulo extraño, y la muñeca y la mano están blancas e inertes.

          —Sujete... —le indica Watson, y, con la mano buena, coge las de Holmes, una tras otra, y las coloca cerca del codo derecho—. Cuando... cuando lo hayamos hecho —traga saliva con dificultad—, lo más probable es que vuelva a vomitar. —Dirige a Holmes una mirada de disculpa—. Y que me desmaye —ríe sin humor—. Por supuesto, no necesariamente en ese orden.

          —¿Y qué debo hacer entonces? —pregunta el detective.

          —Sólo mantenerme caliente y buscar ayuda... Estaré bien...

          Watson vuelve a cerrar los ojos y respira hondo varias veces de manera entrecortada. Holmes se dispone a hacer cuanto pueda.

          El detective observa los largos dedos de Watson dibujar sobre la piel del brazo herido, sin apenas tocarlo, pero aun así percibiendo competentemente la posición de  los huesos rotos. Luego, sin previo aviso, tomando a Holmes por sorpresa, agarra serenamente la muñeca y tira. El único sonido lo emite Holmes, un leve siseo de dolor empático. El doctor arquea bruscamente la espalda con los ojos muy abiertos, aspira una enorme bocanada de aire y lo suelta en varios jadeos cortos y lastimeros.

          Hay un breve silencio.

          —Watson, no ha vomitado ni se ha desmayado... ¿Debería preocuparme? —inquiere el detective con absoluta seriedad.

          Pero Watson no responde a su pregunta. Sus dedos, aun temblando terriblemente, se buscan el pulso con movimiento experto.

          —Bien... Ha funcionado... Estoy bien —jadea, aliviado, exhibiendo por fin una auténtica sonrisa.

          Holmes observa cómo el cuerpo de Watson se relaja, inclina a un lado la cabeza y le dice alegremente:

          —Ahora viene el desmayo, viejo amigo... Gracias, Holmes.

          —De nada, amigo mío, de nada...

          Y da unas palmaditas en el hombro del doctor, ahora inconsciente.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
"Veintiún segundos en los que Sherlock Holmes estuvo equivocado" es un fic de Raindrop cuya versión original en inglés ya no existe,
Veintiún segundos de duda y confusión cuando Sherlock ve aparecer a John en la piscina.
Fandom: Sherlock (BBC)
Traducción: Sandra Hernández


          El problema de estar absolutamente seguro de que se está listo para cualquier eventualidad es que para cuando uno se da cuenta de su error (como invariablemente ocurre), casi siempre es demasiado tarde para explicar la excepción.

          Sherlock Holmes, parado entre el olor del cloro y el suave rumor del chapoteo del agua contra los filtros de la piscina, sostiene la memoria externa en el aire, y está absolutamente seguro de que está listo para cualquier eventualidad.

          Y entonces se presenta la excepción.

          Condición A: Sólo el dinamitero sabía que estaría aquí.

          La impresión, pensará más tarde. Ha sido por la impresión. ¿Quién no estaría impresionado? Él, pensó, él no, él nunca se deja impresionar porque siempre tiene razón. No reconoce la impresión cuando la siente.

          Condición B: John está aquí, esperándole.

          Eso es lo que ve cuando aparece John y lo mira: no la tensa línea de su mandíbula, ni la rigidez de sus hombros, ni siquiera el puto anorak, que nunca antes le había visto, y por si fuera poco, excesivo para la estación. Lo que Sherlock ve es lo que nadie más habría visto: las manos despreocupadamente en los bolsillos, la aparente calma con la que sostiene su mirada.

          Condición C: ...

          Durante veintiún terribles segundos, la mente de Sherlock deja de pertenecerle.

          Mi amigo, dice su mente, pero inmediatamente reemplaza la palabra por “colega”, para volver a reemplazarla por “amigo”. Porque conoce el significado de “colega”: un colega te ayuda y trabaja a tu lado, y lo que sienta o piense de ti es absolutamente irrelevante. Ya ha tenido colegas antes. Y también ha tenido enemigos, muchos enemigos. Pero los enemigos no se mudan a tu casa, ni te dicen lo brillante que eres con callada reverencia vibrando en su voz, ni se preocupan cuando no duermes, ni te dan la lata para que vayas a comprar la leche.

          ¿Hacen eso los amigos? Sherlock no lo sabe.

          ¿Cogen rehenes los amigos y les atan bombas alrededor del cuerpo? Datos insuficientes. Variable sin nombre. Ni siquiera se le ocurre, y sigue sin pillarlo, sin verlo.

          John le devuelve la mirada. El tiempo transcurre a una velocidad subacuática, como si se encontraran en el interior de la piscina y no junto a ella.

          Decide recordarse que él no tiene amigos. Tiene enemigos. Que son lo más cercano, según su hermano.

          —Buenas —dice John.

          Sherlock ve la sequedad de sus labios, el nervioso movimiento de sus párpados. Lo ve. Sherlock ve, pero no observa.

          Mira a John y John le mira a él, y la boca de Sherlock se abre un poco, pero no dice nada. Y Sherlock sigue sin comprender.

          —Menuda sorpresa, ¿verdad, Sherlock?

          Experimenta una desconexión entre sí mismo y su lógico cerebro, pero no sabe qué significa, no logra identificar qué se está perdiendo como resultado de ello. Sabe que se ha perdido algo: su jodido compañero de piso está ahí parado, con las manos en los bolsillos del abrigo junto a la piscina donde Carl Powers murió, vaya si se ha perdido algo..., ¿pero cuándo? ¿Dónde? No puede usar su mente. Siente como si estuviera ahogándose en el interior de su cabeza, ahogándose como el joven Carl Powers. Sólo ve a John Watson.

          —John —dice la lengua espesa de Sherlock. John Watson. La voz le sale ronca. Sus pulmones no poseen aire suficiente para pronunciar su nombre. John Watson—. ¿Qué demonios...?

          —¿A que no te lo esperabas? —dice John Watson.

          John Watson. John Watson. Es John Watson quien habla, pero ¿quién es John Watson? ¿John Watson doctor, John Watson soldado, John Watson compañero de piso, John Watson idiota, John Watson genio, John Watson amigo-colega-amigo?

          ¿John Watson enemigo?

          abre la boca como si intentara respirar bajo el agua por qué no puede PENSAR por qué no puede la gente PENSAR cuándo se convirtió él en parte de la gente

          Si John Watson es su enemigo, ¿realmente desea Sherlock ganar?

          está tan cansado...

          Pero en cuanto esa idea errática y asfixiante cruza su mente ve los ojos de John (esta vez de verdad, y es todo lo que Sherlock ve) y advierte que John también está cansado. Sherlock ha estado despierto durante setenta y ocho horas y ha mantenido despierto a John unas cuarenta. Sabe que, por temor a quedarse dormido, John aún no se ha permitido echar una cabezada. Sherlock percibe en sus propios miembros la ligera pesadez asociada a la inminente fatiga física, y observa en John las ojeras bajo unos ojos hinchados, a pesar de la adrenalina provocada por la presión a la que está sometido.

          Y entonces, un momento antes de que John se abra el anorak   para enseñárselo, observa el chaleco bomba. De repente todo se vuelve más claro, la niebla se disipa de golpe en su mente y todas las piezas encajan en su lugar, y aun así, por alguna razón, sigue sin ser más fácil de asimilar de lo que lo era antes.

          John Watson, amigo. Y es mucho más terrible que John Watson, colega, o John Watson, enemigo.

          La luz roja aparece sobre el pecho de John, y todas las posibles eventualidades cambian a la vez.

         Y Sherlock no está listo para ninguna de ellas.

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
¡Oh, podredumbre! (Ah, putrefaction!), es un fic de Sakeaoi cuya versión original en inglés ya no existe.
Watson está herido y Holmes insiste en hacer de médico.
Fandom: Sherlock Holmes (Ritchieverso)
Traducción: Sandra Hernández


          —¡Este ha sido, con mucho, el más audaz, portentoso y peligroso acto de pura suerte que creo haber visto jamás!

          Watson miraba incrédulo a su compañero. Ambos estaban cubiertos de la cabeza a los pies de una amalgama de hollín y residuos. Watson chasqueó la lengua con disgusto mientras intentaba hacer de algún modo más presentable su apariencia. Holmes, por el contrario, estaba más preocupado por limpiar su pipa y llenarla de tabaco, tras lo cual dio varias largas caladas.

          —Tonterías, viejo amigo. He hecho cosas mucho peores. —Hizo una pausa mientras aspiraba otra bocanada de humo—. Y eso no viene al caso. Ha sido divertido, ¿verdad?

          Los labios de Holmes se curvaron en una traviesa sonrisa. Sonrisa que, pese a los esfuerzos de Watson, resultó contagiosa, y éste se encontró sonriendo abiertamente entre risitas mientras se alejaba junto a su compañero de la escena del incidente.

          —Sí, supongo que lo fue. Sin embargo, se nos ha adherido un olor bastante acre.

          Arrugó ligeramente la nariz. Después de haber servido en el ejército, Watson iba siempre hecho un pincel: con los cuellos siempre almidonados y sus trajes sin una arruga, detestaba que su aspecto reflejara dejadez. Mientras que Holmes parecía encontrarse a sus anchas con sus camisas arrugadas y bohemias bufandas, vistiendo más como un artista que como un respetable detective, sin que ello le preocupara en lo más mínimo.

          —¿De veras? —preguntó Holmes, olfateando sus mangas con una expresión de curiosidad.

          —No es algo que a usted le afecte —respondió Watson—. ¿Recuerda su peculiar experimento con la cabeza de cerdo? Creí que la peste nunca se iría. —Se estremeció ligeramente al recordarlo.

          —Ah, sí. Le tenía mucho cariño a esa cabeza. Me ayudó a resolver el caso Masterton, creo.

          Su mirada adquirió una expresión casi ausente al recordar la investigación. Watson lo observó de soslayo, sin querer mirarlo directamente a los ojos. Se había sentido fascinado por Holmes desde el día en que lo conoció, aunque la fascinación pronto había acabado convertida en exasperación. Holmes no era precisamente un hombre con el que fuera fácil convivir. Tenía hábitos peculiares, y conocidos a cual más estrafalario. Pero habían sido esas singularidades las que le granjearon el cariño de Watson, cuando cualquier otro hombre se habría marchado. Watson se había quedado... aunque Holmes no pareciera importarle. O eso creía Watson...

          Holmes era plenamente consciente de la mirada de Watson, pero él tampoco se la devolvió. A menudo encontraba que observar la recta personalidad y las maneras perfeccionistas de Watson era algo cautivador; de hecho, tomaba nota de ello en su diario “científico”, un lugar donde, por su condición privada, estaba seguro que Watson no husmearía. Porque pese a toda su mojigatería y cuidado personal, había cierta vulgaridad en Watson que Holmes encontraba particularmente intrigante... por no decir un poco excitante.

          Así continuaron en silencio durante un corto trecho del camino de regreso al 221-B de Baker Street. Mientras sus bocas permanecían en silencio, sus mentes se hallaban en un estado de contemplación. De repente, Holmes se detuvo e inclinó ligeramente la cabeza a la izquierda. El rostro de Watson manifestó su confusión. Nunca sabía qué esperar de Holmes.

          —Holmes, ¿qué está haciendo? Le hará un inmenso bien a su cuello observando una postura correcta.

          —Parece que está favoreciendo a su pierna izquierda. —El tono de Holmes era casi inquisitivo, como si esperase una explicación de Watson.

          —No, no lo hago.

          —Sí lo hace.

          —No lo hago.

          —Por favor, Watson, déjese de chiquilladas. O me dice por qué tiene esa aversión a su pierna derecha, o tendré que sacar mis propias conclusiones. Le aseguro que mi mente no es particularmente noble, y no le quepa duda de que le dejaré atónito y un tanto horrorizado.

          Por lo general, la amenaza de dar rienda suelta a su desagradable imaginación bastaba para obligar a Watson a revelarle cualquier cosa. Esta vez, sin embargo, no funcionó.

          —No le pasa nada a mi pierna derecha —respondió, desafiante.

          —Estupendo. Venga hacia mí.

          Holmes sometió a Watson a un estrecho y casi travieso escrutinio. Watson no estaba a más de seis pasos de él, y cuando comenzó a avanzar analizó mentalmente la ligera diferencia en el sonido de sus pasos, el leve aunque indudable roce de su zapato derecho, la pequeña crispación de sus músculos faciales.

          —Está herido. ¿Esa mujer lo alcanzó? ¿El doctor John Watson, un hombre que sirvió en el ejército, herido en combate por una mujer? Mis condolencias, amigo mío.

          Una pequeña sonrisa jugueteó en los labios de Holmes, y Watson manifestó cierto embarazo: embarazo por haber sido atacado por una mujer, y que Holmes lo hubiera descubierto, pese a sus intentos por ocultarlo.

          —Estaba armada y me pilló por sorpresa. Fue un golpe... eh, puñalada... de suerte.

          —En efecto. Bien, asumo que no es una amenaza para su vida —Holmes observó la parte superior del muslo de Watson y emitió un ligero carraspeo— o para su descendencia. Pero esa herida requerirá un vendaje —prosiguió sin apartar los ojos del muslo de Watson—, especialmente en esa zona. La infección es un asesino.

          —Gracias por su valoración, doctor Holmes —replicó Watson con sarcasmo—. Soy médico.

          —Pero, ah, mi querido Watson, los médicos son los peores pacientes.

 

***

 

          —Tenga —dijo Holmes, quitándose la bufanda y lanzándosela a Watson—. Úsela para aplicar presión sobre la pierna. No podemos dejarle ir sangrando por toda la calle.

          —Holmes, le aseguro que el corte no es tan profundo.

          —Hágame caso, ¿quiere?

          Watson le dirigió una mirada refutadora, pero aceptó la bufanda. Se la ató con cuidado alrededor del muslo, asegurándola con un fuerte nudo. La observó con expresión dudosa, pero decidió que serviría hasta que pudiera ponerse un vendaje adecuado. La herida le dolía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir ante Holmes. Sabía que era más que un ligero corte... pero no pensaba demostrar el más mínimo signo de debilidad frente al hombre que tenía delante.

          —¿Prefiere que le lleve al hospital, o podrá arreglárselas en Baker Street? —preguntó Holmes, tomando el brazo de Watson para que pudiera apoyarse en él y hacerle menos duro el camino de vuelta. El latido de su corazón se aceleró cuando el cuerpo de Watson se apretó contra el suyo y tomó la mano que había apoyado en su pecho (con fines estrictamente auxiliadores, pensó). Pero le costó contener una sonrisa al sentir cómo la mano de Watson incrementaba ligeramente la presión de sobre la suya.

          —Baker Street será más que suficiente, Holmes. Sólo es un corte superficial. Sólo... ¡Ah! —soltó un gemido de dolor al tropezar con un bache—... requerirá un par de puntos.

          Watson empezó a mirar atentamente los adoquines. Sabía que Holmes no le dejaría caer, pero eso no disipó su temor. Le consolaba que su viejo amigo estuviera allí, sosteniéndole a cada paso.

          De manera lenta pero segura, doblaron la esquina que conducía a Baker Street.

          —Ya casi estamos, viejo amigo —resopló Holmes mientras subían los peldaños y abría la gran puerta negra.

          Empezaba a despuntar el amanecer cuando entraron en la casa, arrojando un cálido resplandor en el oscuro interior y haciéndolo parecer más hogareño y acogedor de lo habitual. En cualquier caso, para ambos hombres era su hogar, y lanzaron un suspiro de alivio en cuanto estuvieron dentro. Se acercaron torpemente hasta una silla, donde Holmes hizo sentar a Watson.

          —Tengo que limpiarla —dijo Watson, haciendo un ademán hacia su pierna—. Necesito agua fría y un par de trapos limpios. ¿Puede traérmelos?

          —Como las balas.

          Holmes corrió a buscar lo requerido. Watson masajeó la zona en torno a la herida mientras aguardaba su regreso. De pronto, sonó un crujido, seguido de una maldición.

          —¿Holmes?

          No hubo respuesta.

          —¿Holmes?

         Watson se incorporó, dando un respingo. Procuró apoyarse lo menos posible en la pierna herida.

          Escuchó más alboroto.

          —¡No pasa nada, estoy bien! Que no cunda el pánico.

          Watson se volvió hacia Holmes al verlo trasponer el umbral, llevando en las manos una palangana vuelta del revés, sobre la que se balanceaba una jarra de agua. El maletín de Watson pendía de su muñeca y unas sábanas blancas y limpias colgaban de su hombro. Watson le ofreció una cálida sonrisa.

          —Gracias, Holmes. De verdad.

          Holmes depositó en el suelo los objetos que traía y miró a Watson.

          —Puede que no me lo agradezca tanto después de que me haya ocupado de esa pierna —respondió con una sonrisa irónica.

          —¿Qué...? No, no, no... Puedo hacerlo yo.

          —No dudo de su habilidad, pero sabe muy bien que el dolor entorpecería sus sentidos. No permitiré que se haga aún más daño.

           Holmes hablaba muy en serio, y le sorprendió darse cuenta de cuánto le preocupaba el sufrimiento de Watson. También se sentía un poco nervioso. Jamás haría daño intencionadamente a su compañero, pero ¿y si su intento de ayudarle sólo servía para dificultar más las cosas? Ocultó sus pensamientos tras una sonrisa arrogante.

          —Además, ya he visto muchas veces cómo me cose a mí.

          Watson seguía sin estar muy convencido, pero se trataba de Sherlock Holmes, sin ninguna duda una de las mentes más brillantes del siglo. Sólo por eso Watson se sentía un poco más tranquilo. Al menos tenía fe en la brillantez de Holmes.

          —Si tiene que hacerlo, hágalo, pero con cuidado. Los puntos mal dados no hacen bien a nadie.

          Holmes vertió el agua en la palangana, rasgó una de las sábanas en tiras de un tamaño adecuado y las empapó. Watson observaba en silencio cómo las manos de Holmes se movían con diligencia, metiendo y sacando la tela del agua y retorciéndola luego para deshacerse del exceso de líquido. Continuó así durante unos minutos antes de volverse hacia Watson.

          —¿Le ayudo con los calzones o puede arreglárselas?

          —¿Mis qué?

          La pregunta le había pillado por sorpresa. Sabía que debía quitarse los pantalones, pero no había previsto que tendría que hacerlo delante de Holmes.

          —No puedo coserle con los pantalones puestos, ¿verdad? Venga, hombre; arriba ese ánimo y abajo los pantalones.

          Watson vaciló un instante, pese a la intimidad que compartían. Desvestirse era, definitivamente, algo que hacían por separado. Al fin y al cabo, eran caballeros. Fingiendo ignorar la extraña sensación de torpeza que le embargó, Watson se desató la bufanda, se desabrochó los pantalones y empezó a bajárselos con cuidado. Todo fue bien hasta que llegó a las rodillas; descubrió que era bastante doloroso inclinarse más allá, lo cual significaba que necesitaría la ayuda de Holmes.

          —Hum... Holmes... —murmuró. Detestaba el hecho de no ser capaz de desvestirse solo, y añadió en voz baja—: ¿Puede ayudarme?

          Holmes, que le daba la espalda para concederle un poco de privacidad, se volvió, y cuando estaba a punto de hacer un petulante comentario sobre la incapacidad de Watson para llevar a cabo una tarea tan simple, lo vio. Parecía más pequeño, derrotado. Sus facciones contenían la frustración, el dolor y la humillación que sentía mientras se inclinaba sobre la cintura de sus pantalones. A Holmes le conmovió ver como un hombre alto y orgulloso podía verse reducido a eso. Verlo en un estado tan vulnerable le inspiraba lástima. Pero, ante todo, deseaba hacer lo correcto, ayudar a Watson de alguna forma que no le hiciera sentirse tan humillado e incómodo.

          No pronunció una palabra al acercarse a él y bajarle los pantalones con cuidado. No lo miró al lanzarlos descuidadamente por encima del hombro. Sus ojos recorrieron el tajo de cinco pulgadas sobre la pierna de Watson. No era una simple herida superficial, y le preocupó que Watson lo hubiera trivializado tanto.

          —A la señora Hudson le darán convulsiones si ve esto —bromeó Watson. Si pudiera reír, le ayudaría a sentirse menos expuesto. Le pareció que Holmes no lo oyó, o estaba demasiado ocupado con los trapos mojados mientras acercaba la palangana a la silla de Watson.

          —Prepárese, el agua está fría —dijo Holmes, disponiéndose a limpiar el área en torno a la herida de Watson.

          El agua helada estaba empezando a entumecerle los dedos, pero Holmes apenas lo notó. Otra cosa ocupaba su atención. Miró a Watson, que aferró los brazos de la silla anticipándose al frío y al dolor.

          —¿Listo? Uno, dos, tres...

          Apretó el trapo helado sobre la zona en torno al corte. Watson se encogió y dejó escapar un leve gemido de dolor cuando el agua se derramó por su piel y penetró en la herida abierta. Con cuidado y rapidez, Holmes retiró la mugre, la sangre y quién sabe qué más, revelando una lesión de fiero aspecto sobre la pálida piel de Watson.

          —Le duele.

          —No tanto, de veras.

          —Watson, tiene al menos cinco pulgadas. Necesitará anestesia. Tengo una botella en alguna parte...

          Hizo que Watson sostuviera un trapo sobre la herida mientras él buscaba por la habitación la botella de anestesia que había preparado un par de días antes.

          —Ajá, aquí estás.

          Regresó junto a Watson con un frasco que contenía un líquido claro. Watson enarcó una ceja. Era muy cauteloso en lo que se refería a los preparados de Holmes, especialmente desde aquella vez que había echado uno en su bebida pensando que era ginebra. Un médico borracho no es un buen médico, pero a Holmes le había resultado hilarante.

          —No se preocupe, la probé en Gladstone.

          Ambos miraron de reojo la yaciente figura del perro, que en esta ocasión estaba durmiendo..., o al menos, eso esperaba Watson.

          —A él no le importó —murmuró Holmes, mientras doblaba un trozo de tela seco en un pulcro cuadrado.

          —¿Cómo le va a importar? Se pasa la mayor parte de su vida en un estado de coma inducido por las drogas... gracias a usted. Si no le importa, preferiría prescindir de la anestesia.

          Se volvió a mirar de nuevo a Holmes, pero ya no estaba allí. Antes de que le diera tiempo a procesar el hecho y reaccionar, una fuerte mano que sujetaba un cuadradito de tela le cubrió la boca y la nariz. Watson no tuvo más remedio que aspirar la empalagosa fragancia y sucumbir a la inconsciencia.

          —Lo siento, viejo amigo. Tenía que hacerlo.

 

***

 

          A pesar de sus temores, Holmes halló sorprendentemente fácil coser la pierna de Watson y ponerle una venda limpia. Habría que cambiarla continuamente para prevenir infecciones, pero eso era pan comido. Sabe Dios la de veces que había tenido que hacer lo mismo en su persona. Se sintió ligeramente culpable por haber drogado a Watson, pero es que era demasiado orgulloso y obstinado para admitir cuánto sufría. Ahora no sentía nada, sumido en un profundo y tranquilo sueño que el dolor no podía perturbar.

 

***

 

          Watson despertó con un respingo. Se sentía aturdido, confuso. No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado inconsciente, ni de cómo había acabado en su habitación, limpio y con ropa seca. No intentó moverse de inmediato. Sentía los miembros pesados y descoordinados. De modo que se limitó a yacer allí, intentando reunir fuerzas. Abrió los ojos. Estaba empezando a oscurecer, lo cual significaba que había estado inconsciente durante muchas horas. Volvió a cerrar los ojos, atento a los sonidos de la habitación. Casi había esperado escuchar a Holmes trasteando abajo, en su estudio, pero no se oía nada: tan sólo el suave sonido de un pecho que subía y bajaba rítmicamente en algún lugar a su derecha.

          Se apoyó sobre los codos, intentando sentarse y disfrutar de mejor perspectiva para localizar la fuente de aquel sonido. Aunque ya tenía una idea bastante aproximada, quería corroborarlo. Volvió a abrir lentamente los ojos. Tardó unos instantes en adaptarse a la tenue luz, y al volver la cabeza a la derecha vio la figura de Holmes desplomada sobre el respaldo de una silla, con el violín colgando en su mano. ¿Había estado allí todo el tiempo? Watson sonrió para sí. No sabía muy bien por qué, pero el hecho de que Holmes hubiera permanecido a su lado (aunque dormido) le imbuía de una sensación de felicidad. Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.

         Alargó un brazo para coger el bastón apoyado junto a su cama, lo empuñó con firmeza y lo hincó en las costillas de Holmes. Éste apenas se movió.

          —Holmes.

          Repitió la operación.

         —Holmes.

          El violín cayó al suelo cuando Holmes se llevó la mano al costado, ligeramente aturdido mientras asimilaba lo que acababa de ocurrir. Parpadeó furiosamente unos segundos antes de volverse hacia Watson.

           —Gracias. Confío en que haya dormido bien.

           Bostezó teatralmente, poniéndose fuera del alcance del bastón de Watson.

          —Me drogó.

         El tono de Watson era firme. No estaba contento. Holmes imaginaba que se enfadaría con él, pero se encogió de hombros.

          —¡Tonterías! Lo anestesié. —Sonrió con suficiencia—. Hay una diferencia.

          —¡Aun así, me drogó, Holmes! ¡Y con cloroformo! De todas las cosas...

           Holmes puso los ojos en blanco ante el sermón que se avecinaba.

          —Podría haber sido alérgico.

          —Pero no lo es.

          —Podría haberse pasado con la dosis.

          —Pero no lo hice.

          —¡Ésa no es la cuestión!

          —¿Cuál es la cuestión, entonces? —replicó Holmes rápidamente.

          Watson se estaba exasperando y había empezado a sacar a Holmes de sus casillas, y en el proceso ambos olvidaban que el doctor se estaba recuperando de una herida en la pierna y una dosis de cloroformo. Pero al ver su palidez, Holmes comenzó a lamentar su tono. Debía de haber empleado demasiadas energías en incorporarse y hablar, y la exaltación que empezaba a embargarle acabaría con las que le quedaban.

          —¡La... la cuestión es... —La voz de Watson se volvía más forzada y aguda a medida que su temperamento se iba encendiendo— que podría haberme ocurrido cualquier cosa! ¡Usted conoce los riesgos y aun así, siguió adelante! ¡Espero sinceramente que haya merecido la pena arriesgar mi vida sólo para satisface su curiosidad!

          Se hizo un profundo silencio mientras ambos hombres se miraban fijamente. Holmes sabía que Watson tenía razón. Sabía que no había actuado correctamente, pero... sólo pretendía ayudarle. Jamás habría puesto en peligro la vida de su querido amigo a propósito.

          —Comprendo. Y... lo siento.

          Watson le miró con suspicacia durante unos instantes.

           —No estoy muy seguro de ello. Si la situación se repitiera, ¿volvería a hacerlo?

          —Sin dudar un instante —respondió Holmes de inmediato.

          —Es usted increíble —suspiró Watson.

          —Lo siento, de veras. Siento que se lo haya tomado tan mal. Pero póngase en mi lugar. Su mejor amigo está sufriendo y usted tiene los medios para aliviar su dolor. ¿Qué habría hecho?

          Volvió a hacerse el silencio, roto sólo por el carraspeo de Holmes. Le resultaba extraño expresar sus emociones de ese modo. Ambos hombres parecían un poco incómodos, sin saber dónde mirar. Esta apertura emocional era un concepto extraño para ellos. Generalmente resolvían sus asuntos con algún infrecuente puñetazo o aplicando la ley del hielo. Tras unos instantes, fue Holmes quien volvió a romper nuevamente el silencio.

          —Mire, vuelva a dormirse y descanse como es debido, y ya me reñirá después. Si le duele la pierna, tiene brandy en la mesilla de noche.

          Y con eso, se levantó y dejó la estancia.

         —Yo también lo siento —susurró Watson a la habitación vacía.

 

***

 

          El nuevo día llegó enseguida y encontró a Holmes durmiendo profundamente, tendido de bruces sobre la chaise-longue del rincón de la sala de estar. Tenía el pelo enmarañado y apelmazado de polvo y hollín, y la ropa igualmente hecha un desastre; daba la impresión de que, en su afán por atender a Watson, lavarlo y meterlo en la cama, se había olvidado de sí mismo y acabado por caer víctima de la fatiga.

          Watson se levantó pronto y, tras haber dispuesto de toda una noche para que su cuerpo se autoreparase, se dirigió con paso firme a la sala de estar. Le dolía la pierna, pero sabía que se debía a que el efecto de la anestesia de Holmes ya se había disipado. Durante la noche, Watson no había tocado el brandy que le había dejado sobre la mesilla. Dudaba que le sentara bien después de haber estado inconsciente durante horas. Aunque un sorbo antes de bajar parecía haberle hecho bien. Apoyándose en su bastón, abrió la rígida puerta. Vio a Holmes dormido y decidió no molestarlo. Supuso que se habría pasado despierto la mayor parte de la noche, según su costumbre. Entró en silencio, tomó asiento junto a la ventana y empezó a hojear el periódico del día anterior.

          No más de diez minutos después, oyó abrirse la puerta de la calle y a alguien chasquear la lengua con desaprobación: acababa de llegar la señora Hudson. La oyó murmurar, nada concreto, pero estuvo seguro de haber escuchado el nombre de Holmes varias veces. Se detuvo un instante antes de llamar a la puerta de la sala, y sin esperar respuesta, entró.

          —¡Cielo santo! En nombre de Dios, ¿qué ha ocurrido aquí?

          Estaba visiblemente impresionada y algo asombrada. El suelo estaba cubierto de vendas ensangrentadas, ropa sucia, y la alfombra llena de polvo. Dirigió una mirada iracunda a la yaciente figura de Holmes.

          —¿Qué ha hecho esta vez?

          Watson le sonrió cálidamente, y cuando estaba a punto de empezar a explicarle los eventos de la noche anterior, ella lo cortó, tajante.

          —¡No importa, no quiero saberlo!

          Dicho eso, echó los brazos al aire, exasperada, y salió de la habitación.

          Desde el rincón, Holmes musitó:

          —Adiós, Nanny.

          Abrió un ojo y miró deliberadamente a Watson, que sonreía de oreja a oreja.

          Al otro lado de la puerta, la señora Hudson los oyó reír. Puso los ojos en blanco y murmuró:

          —Lunáticos.

 

 

FIN



sandrahernandez: (Default)
Claustrofobia (Claustrophobia) es un fic de Loony Brain.
Michael y Ted, atrapados bajo toneladas de rocas de las que apenas les protege el campo de fuerza del traje de Booster, deben encontrar el modo de salir a la superficie antes de acabar aplastados o quedarse sin aire.
Fandom: Liga de la Justicia (Booster Gold y Blue Beetle)
Traducción: Sandra Hernández
Versión original en inglés: http://boostle.livejournal.com/338095.html?view=6335919#t6335919



Están sepultados.
Booster nunca ha sido claustrofóbico. Aunque, por otro lado, tampoco se ha visto nunca rodeado de toneladas de rocas aplastando su campo de fuerza. Al menos se las había arreglado para coger a Ted y desplegarlo justo a tiempo. Parpadea en torno a ellos, una suave esfera dorada lo bastante luminosa como para dejar ver la forma de sus cuerpos en el interior de un capullo de roca.
No hay razón para que Booster y Ted sigan abrazándose. El campo de fuerza es lo bastante grande para que ambos puedan mantener una cómoda distancia. Pero aun así, aguardan.
—Oh, Dios. Oh, Dios —susurra Ted—. ¿A qué profundidad estamos?
Booster traga saliva.
—T-tú eres el genio. Dímelo tú.
Puede oír a Ted respirar hondo.
—Unos diez kilómetros. Estamos a unos diez kilómetros de profundidad.
Diez kilómetros en el interior de la Tierra, separados del resto de la Liga. Y a esa profundidad, con todo aquello entre ellos y el exterior, sus comunicadores resultan inútiles.
 
—Booster, dime que puedes sacarnos volando de aquí. —La voz de Ted es trémula. 
Booster sacude la cabeza, aunque probablemente la débil luz no permita que Ted lo vea bien.
—No puedo. El campo de fuerza está diseñado para soportar impactos breves… Ya sabes, para recibir golpes. No está hecho para soportar tanto peso durante un largo periodo de tiempo. Podemos volar…, pero el campo de fuerza no puede moverse. Acabaríamos chocando contra él.
Ted hace una pausa. Los ojos de Booster deben estar adaptándose a la oscuridad; puede ver las pestañas de Ted a través de sus gafas cuando parpadea.
—¿Cuánto tiempo puede permanecer activado tu campo de fuerza?
—N-no lo sé. Nunca lo he usado así antes.
Ted guarda silencio. Si le está preguntando a Booster por especificaciones técnicas sobre las que Booster está seguro de que Ted sabe más que él, es señal de lo mal que están las cosas. El genio es Ted, no Booster. Si él cede al pánico…
—Ted. Vamos, colega. Cuenta un chiste, ¿vale? Por favor. Ahora mismo rompería la tensión…
—Aire.
Por un momento, Booster no está seguro de que Ted haya dicho algo.
—¿Qué?
—Aire. Booster, tu campo de fuerza sólo contiene el aire. No lo produce. No podemos quedarnos aquí. Acabaremos asfixiándonos. De hecho, estoy dispuesto a apostar a que ocurrirá antes de que tu campo de fuerza se extinga.
—Oh, Dios. —Y por un brevísimo instante Booster piensa en desactivar el campo de fuerza, porque morir aplastado no es una buena forma de morir, pero al menos sería rápida… si su traje lo permite—.Ted, ¿qué vamos a hacer?
Normalmente, Ted es el más nervioso de los dos, pero esta vez acaricia la espalda de Booster y dice:
—Mantén la calma. Que no te entre el pánico. Eso consume más aire.
—¡Eso no es precisamente tranquilizador! —El campo de fuerza hace que las palabras de Michael suenen huecas, de un modo extrañamente resonante; eso sólo hace que la situación parezca aún más claustrofóbica.
Ted sigue acariciándole.
—Sssh. Déjame pensar. Tengo que pensar.
Hay un millón de cosas que Booster quiere decir, pero se las traga. Porque es cierto, Ted necesita pensar. Ted es un genio. Ted puede hacer cosas con artilugios que Booster apenas podría imaginar, así que si se está callado y lo deja pensar, podrá ocurrírsele algo brillante que implique el anillo de vuelo de Booster y una navaja suiza, y podrán salir de ahí.
Así que Booster se calla y deja que Ted piense. Es consciente de que está temblando un poco entre los brazos de Ted, y sólo espera que éste esté demasiado ocupado pensando para darse cuenta. Ha estado metido en muchas situaciones feas, pero ninguna como ésta. Siente que está en el centro de la Tierra, aislado de todo y de todos. Siente como si estuviera en su propia tumba, y recuerda que cuando tenía cinco años y su abuela murió, tuvo pesadillas en las que era enterrado vivo en una caja, incapaz de escapar…
La mano de Ted toca su rostro.
—Tranquilo. Tranquilo. Te estás alterando. No te alteres.
—¿C-cómo lo sabes?
—Oigo tu respiración. Está bien, Booster. Te sacaré de aquí. Resiste.
El inquieto y nervioso Ted suena tranquilo y seguro.
Booster resiste.
Dentro del campo de fuerza no hay mucho espacio para moverse. Ted saca un cuadernillo y el cabo de un lápiz de carpintero de su cinturón multiusos y comienza a garrapatear números y diagramas, farfullando entre dientes y rascándose la cabeza a través de la capucha con la goma del extremo del lápiz. A pesar de la estrechez, hay espacio suficiente para no tener que tocarse si de verdad lo intentaran, pero Ted no lo intenta. Su brazo libre permanece en todo momento sobre los hombros de Booster, acariciándolos con aire ausente. Tal vez para tranquilizarse a sí mismo tanto como a Booster.
Booster siente como si el aire empezara a escasear. Seguro que no pueden haber estado ahí tanto tiempo, ¿verdad? No sabría decirlo. Confía en que sólo sea paranoia.
—Bien —dice Ted al fin—. Tengo una idea.
—¿Es una buena idea? —pregunta Booster.
—Bueno… Mala no es —dice Ted, y ahora ya no suena tan seguro—. Obviamente, es sólo una hipótesis. Por desgracia, no tenemos tiempo para comprobarla.
—Vale, ¿qué hacemos?
—Necesitamos obtener más energía de tu campo de fuerza, la suficiente para que puedas volar. Necesito redirigir la energía de tu traje, tus guanteletes y tu visor hacia tu campo de fuerza, y tu anillo debería ser capaz de ocuparse del resto.
—¿Puedes hacerlo?
—Eso espero.
Ted saca un kit de herramientas de su cinturón y tiende una mano hacia uno de los guanteletes de Booster. Booster se lo quita y se lo entrega.
—No le he metido mano a tu traje desde que perdiste el brazo, pero por suerte, el nuevo no es tan diferente. Desviar la energía de tu campo de fuerza no debería ser muy distinto de desviarla hacia un soporte vital.
Booster traga saliva.
—Vale. No dijiste que fuera una buena idea. Lo que significa que hay un problema. ¿Cuál?
Ted hace una pausa para juguetear con los circuitos del guantelete y deja escapar el aire lentamente.
—El problema es que no sé lo rápido que podremos movernos, aunque redirija toda la energía de tu campo. Me refiero a que tendremos que mover muchas rocas. Como dijiste, tu equipo no fue diseñado para soportar eso. Estamos a diez kilómetros de profundidad; si no logramos movernos rápido, nos quedaremos sin aire antes de llegar a la superficie.
—Eso no suena tan mal. El mismo riesgo que antes.
—Bueno, no exactamente. —Ted extrae de su cinturón algo que parece un puntero laser pero más grande—. Necesito soldar un poco para conseguirlo. El fuego consume oxígeno. Así que…
Booster ya puede sentir el sudor deslizándose por su nuca. Intenta no dejarse llevar por el pánico.
—Vale. Bien. El aire extra no nos servirá de mucho si no podemos salir, ¿verdad? Adelante, Ted.
Ted asiente.
—Protégete los ojos —advierte—. A mí me bastan mis gafas, pero…
Booster cierra los ojos, y estalla una lluvia de chispas.
Durante los minutos siguientes, Ted intenta como puede aumentar la potencia del campo de fuerza. El soplete produce un incómodo calor en su interior. El sudor recorre el rostro de Ted bajo la capucha, pero necesita las gafas para protegerse los ojos, así que no se las quita. En cuanto a Booster, se quita el otro guantelete y luego su visor. Conserva el traje mientras puede, no por pudor (está sudando bajo la tela), sino para protegerse de las chispas. Ted ya ha dado un par de brincos, maldiciendo y sacudiéndoselas cuando caen sobre sus mallas.
Pero al final deberá quitárselo.
—No puedo alcanzar el circuito de tu campo de fuerza, y hay un ligero riesgo de que acabes… bueno, electrocutado.
—Electrocutado, aplastado o asfixiado. Hoy tengo todo tipo de opciones para morir —dije Booster. Se supone que es una broma, pero no tiene mucha gracia.
—Bueno, al menos podrás morir desnudo y hermoso. Desnúdate para mí, ¿vale?
Booster se quita el traje. Cuando se lo entrega a Beetle, el campo de fuerza se desplaza automáticamente para permanecer centrado, produciendo un chirriante crujido de roca. Aunque se supone que eso es lo que debe ocurrir, Booster da un brinco. Por un momento, piensa que se ha roto, que el campo de fuerza va a resquebrajarse…
 Puede que haya emitido algún sonido, no está seguro, pero de pronto la mano de Ted vuelve a estar en su rostro; sus dedos le apartan el cabello de las sienes y le hacen bajar la cabeza para que pueda mirarle a los ojos a través de las gafas.
—Ssssh. No pasa nada. Aguanta, colega. Michael. No pasa nada.
Booster respira hondo.
—Vale. Vale, vale. —Intenta sonreír—. ¿Creerías que suelo sentirme totalmente cómodo desnudo?
—Podemos atribuirlo al encogimiento —dice Ted, pero la broma es automática y, tras una suave palmada, se gira y retoma su trabajo.
En cierto modo, es un alivio estar desnudo. Hace las cosas un poco menos sofocantes. Booster se aleja de la llama cuanto puede, y Ted trabaja de espaldas a él para protegerle de la lluvia de chispas. Mientras Ted maldice las quemaduras y el cableado del siglo veinticinco, Booster deja vagar su mente en un intento de apartarla del apuro en que se encuentran.
Ha estado en peligro de muerte un millón de veces. Se ha visto en las garras de supervillanos de todo tipo. Ha estado en una prisión de Bialya, y perdido un brazo, y pasado varios años viviendo en el soporte vital que Ted le improvisó. Pero nada de eso es comparable al profundo y agobiante terror que le inspira la idea de quedar enterrado vivo. Al menos, con el soporte vital sabía que, una vez que explotase, moriría en el acto. Al menos, con los supervillanos sabía que era por una razón, intentando salvar al mundo y todo eso. Pero morir de un modo tan vano y anodino, sintiendo cómo se le va acabando el aire lentamente… Sentir diez kilómetros de roca comprimiéndole por todas partes…
Booster cambia rápidamente de tema antes de que el pánico vuelva a amenazar con apoderarse de él. Observa a Ted. Está agachado en una posición que Booster llama para sus adentros la del escarabajo en acción, rodeado de circuitos y piezas sueltas que ha tenido que arrancar del equipo de Booster debido a lo limitado que es su tiempo. Su traje se tensa sobre su espalda y sus hombros, poniendo de relieve su espinazo.
Ted no es una persona estoica y equilibrada por naturaleza. Booster le ha visto experimentar todos los niveles del pánico, pero hasta ahora no se ha dejado llevar por él. Booster se pregunta si se debe a que Ted mantiene su mente ocupada con las leyes de la física, los números y la pugna por convertir en salvavidas su campo de fuerza. O a que intenta evitar que él se asuste más de lo que ya está.
Sospecha que es por ambas cosas. En cualquier caso, es muy considerado por su parte.
A Booster se le ocurre que, si mueren, hay muchas cosas que lamentará no haberle dicho.
—Oye, Ted…
Pero Ted agita una mano con impaciencia, como diciendo “ahora no, estoy ocupado”.
Booster espera.
Ted acaba en un tiempo digno de los récords Guinness, aunque parece haber sido una eternidad. El aire es definitivamente más escaso, y Booster está seguro de que ahora no son imaginaciones suyas.
Ted se incorpora, sosteniendo un confuso revoltijo compuesto por el traje, el visor, los guanteletes y el cableado.
—¿Puedes utilizarlo sin llevarlo encima? Me temo que se deshará si intentas ponértelo.
Booster asiente.
—Sí, puedo hacerlo. Aunque quizá sea mejor que lo lleves tú, porque necesitaré concentrarme en cargar contigo y utilizar el anillo de vuelo.
Se inclina para dejar que Beetle se suba a su espalda, como de costumbre…, y ambos se quedan paralizados.
—Bien, eh…
—Hum…
Y luego estallan en risas y resoplidos; no las risitas nerviosas y tensas de antes, sino una risa franca, porque esto es de lo más absurdo y estúpido. Michael y Ted se han visto desnudos cien veces. Esto es una cuestión de vida o muerte, por el amor de Dios, y ellos con remilgos…
—Oh, venga, vamos, si sobrevivimos habrá valido la pena la humillación —dice Booster—. Quizá podamos darle un susto a Guy. —Y de nuevo está bromeando, pero Ted sigue sin subirse a su espalda como suele hacer.
—Vale, ¿cómo hacemos…?
—No quiero estropear el traje…
—Quizá si pongo el brazo así, y tú…
Después de varios saltos, agachamientos y contorsiones realizados con suma delicadeza para evitar sacudir mucho el traje, Booster tiene al fin a Ted en brazos mientras éste mantiene el traje cuidadosamente desplegado sobre su regazo, sosteniendo una herramienta entre los dientes y el soplete metido en el guante. Tienen un aspecto ridículo, y puede que se deba a que pronto estarán fuera de ahí y a que la risa ha ayudado a desterrar de la mente de Booster parte de su terror, pero de repente se le ocurre que Ted está en una posición similar a la de una novia en su noche de bodas. Y eso le hace volver a pensar en esas cosas que se arrepentiría de no haberle dicho.
—Ted…
—Vamos. Haz tu magia con el traje, a ver si puedes activarlo y echar a volar.
El anillo de vuelo es lo único que Booster lleva puesto en este momento. Recorre el traje con los dedos, obligándose a despejar su mente. Es más complicado controlar el campo de fuerza sin llevar puesto el traje, pero se puede hacer. Los circuitos le reconocen.
Puede sentir el apaño de Ted. Eso lo hace un poco más complicado. Concentrarse… Concentrarse… Suavemente, sin sobrecargarlo…
El campo de fuerza, que ha mostrado un tenue brillo dorado todo el tiempo, adquiere el radiante resplandor del neón.
Ted grita de alegría.
—¡Allá vamos! ¡Vuela, Booster, vuela, no sé cuánto durará!
A Booster sólo le lleva un instante comprobar la presión, y luego despega.
Con el traje manipulado y sin contacto con su piel, no puede sentirlo indicándole cómo manejar la fuerza, pero le da igual. Le está entrando dolor de cabeza debido al aumento del dióxido de carbono, y sólo le importa salir de ahí. Las rocas se apartan a su alrededor con un bronco y chirriante rugido, y Ted se agarra a él y mira el traje como esperando que no explote. Booster puede sentir la tensión en la espalda y los muslos de Ted, y comprende que está aterrorizado. ¡Por Dios! ¿Qué otros problemas no le ha mencionado acerca de amañar así el equipo?
Pero no puede preguntárselo. De todos modos, con el ruido de las rocas apartándose por encima de ellos, Ted sería incapaz de oír nada de lo que diga.
Atraviesan la roca como un cohete, y Booster está empezando a sentir la mente un poco espesa, pero se obliga a concentrarse en hacer que el anillo de vuelo y el campo de fuerza ganen tanta altura y rapidez como sea posible. Mientras avanzan, Ted escupe lo que tiene en la boca y tira frenéticamente de los cables. Sus labios se mueven, pero Booster no puede oírle. Sólo al cabo de unos segundos comprende que lo que Ted está murmurando es “Vamos, vamos, vamos…”
No sabe cuánta distancia han recorrido ni a qué rapidez se están moviendo. Las rocas anulan toda sensación de distancia o de tiempo. Sólo sabe que, de repente, el campo de fuerza pierde velocidad y comienza a parpadear.
Booster no puede oír a Ted con el ruido de las rocas, pero definitivamente está soltando tacos, y sus manos, rápidas y ágiles, forcejean con los cables, los circuitos y el visor, intentando extraerles un poco más de energía, unas cuantas descargas más de potencia…
El resplandor del campo de fuerza vuelve a adquirir su habitual brillo apagado, y Booster apenas tiene tiempo de detenerse para no chocar contra sus límites.
—¡Mierda! ¡Remierda! —es lo único que dice Ted, demasiado ocupado con el equipo de Booster para despotricar sobre ninguna otra cosa.
La vista de Booster está comenzando a nublarse un poco, y respira con dificultad, pese a no haber realizado ningún esfuerzo físico, pero sabe que no significa nada bueno.
—Ted…
Ted arrastra ligeramente las palabras, pero éstas suenan decididas.
—Puedo arreglarlo. Puedo arreglarlo. Dame un segundo y podré arreglarlo…
Ted.
Ted sigue trabajando, pero al menos levanta la cabeza. Cuando ve que lo mira, Booster titubea, buscando las palabras. Se encoge de hombros.
—Yo… te quiero, ¿vale? Sólo quiero que lo sepas.
—No digas eso. Aún no estamos muertos. Puedo arreglarlo. —Ted desenfunda bruscamente su pistola de aire comprimido—. Vamos, vamos… Es una bengala, no es mucho, pero aún tiene energía, vamos
Booster empieza a sentirse cansado. Lo cierto es que quiere soltar a Ted y acurrucarse en el suelo con él y echarse una siesta. El anillo de vuelo le ayuda a soportar parte de su peso, pero parece requerir más esfuerzo del que merece. Empieza a tambalearse un poco.
Ted le da un pellizco.
—¡No! ¡No te me desmayes, Michael, no te atrevas a desmayarte, necesito que hagas funcionar el anillo de vuelo, sólo dame cinco segundos y…!
Ted sigue balbuceando, pero sus palabras pierden su significado y comienzan a prolongarse en acordes y compases. Booster está cansado, muy cansado. De algún modo reúne la fuerza suficiente para quitarse torpemente su anillo de vuelo. Ted. Ted puede usarlo. De todos modos, parece que tiene menos problemas para respirar…
—¡Michael!
Y eso es lo último que Booster oye durante un rato.

* * *

Cuando Booster vuelve en sí, lo primero de lo que toma conciencia es del dolor. En el interior de su cráneo hay un enano que no para de dar martillazos. Lo segundo que advierte es que Ted está besándo… no, haciéndole el boca a boca.
Booster se aparta, jadeando, y por un instante su jaqueca se intensifica, haciéndole gemir. Automáticamente intenta llevarse las manos a la cabeza, pero siente los miembros pesados y el mundo se tambalea. Nota las manos de Ted sobre sus hombros, empujándole suavemente hacia atrás… Nota terrones de tierra bajo sus omoplatos.
—Eh, eh, no intentes moverte —dice Ted—. Dale a tu cuerpo un momento para recuperarse.
Booster gime.
—Debo de estar vivo. Me siento fatal.
Ted ríe, pero suena casi como si llorara.
—Apuesto a que sí. —Y entonces Ted lo abraza, meciéndolo un poquito—. Dios, me alegro de que estés vivo.
—Te encanta cuando sufro —farfulla Booster, y entonces decide que es mejor hacer lo que ha dicho Ted y no intentar moverse.
Minutos después aún está mareado y su jaqueca sigue siendo brutal, pero al menos no se siente al borde de la muerte.
—¿Nos sacaste? —le pregunta a Ted.
Ted sonríe. Se ha quitado la capucha, y Booster puede ver en sus mejillas el rastro de las lágrimas entre el sudor seco.
—Nos saqué. Cuando te desmayaste, cogí tu anillo de vuelo. Conseguí amañar nuestros comunicadores e inyectarle a tu campo de fuerza el jugo suficiente para sobrepasar los límites normales de presión, y luego el anillo de vuelo nos sacó. Por desgracia, eso significa que nuestros comunicadores siguen inutilizados. Cuando te sientas mejor, te llevaré volando a casa.
—Ah, eres el mejor. —Booster alborota el pelo de Ted; está empapado de sudor—. ¿Tú estás bien?
—Sí. Tengo una jaqueca suprema, y no me siento precisamente genial, pero, al parecer, ese cerebro tuyo del siglo veinticinco necesita más oxígeno que el mío.
—Eso es porque eres bajito —dice Booster, y aprovecha que tiene la mano en la nuca de Ted para atraerle hacia sí y darle un beso en la frente.
Ted experimenta un ligero sobresalto, pero no se resiste. Cuando Booster se recuesta, Ted se aparta un poco para mirarle a los ojos.
—¿A esto te referías antes? ¿No era sólo por la asfixia?
Booster se plantea mentir, pero se siente demasiado cansado y medio muerto para hacer el esfuerzo.
—Sí. No quería decir sólo como amigo. No pasa nada si no sientes lo mismo. —Vuelve a alborotar el pelo de Ted, esta vez de un modo más juguetón de lo que ha venido siendo hasta ahora—. Puedo vivir con eso.
Ted retira la mano de Booster de su nuca y, por un momento, pese a lo hecho polvo que aún se siente, a Booster le preocupa haberla pifiado. Pero entonces Ted besa sus nudillos y le da un leve apretón.
—Me encantaría enrollarme contigo, pero estoy demasiado cansado en este momento. No quisiera obstruir tu respiración.
—Eh, puedo… —Booster intenta sentarse y de inmediato se da cuenta de lo pésima que es la idea—. No. No, no, no puedo. Joder. Sería el momento perfecto, pero… no puedo.
Ted ríe y se tumba a su lado.
—Venga. No es un mal lugar. Estamos en medio de ninguna parte. Puede que no sea lo reglamentario, pero con los comunicadores inoperativos debemos esperar a que te sientas mejor para moverte antes de volver volando a casa. ¿Crees que estarás bien?
—Sí, sólo deja que descanse, me reanimaré enseguida. Quiero decir que dormitar un rato bajo el sol del atardecer después de haber burlado a la muerte con mi mejor amigo, no suena tan mal.
—¿Sólo tu mejor amigo?
—Bueno… Lo que tú quieras ser.
—Hum. No sé. Podemos descubrirlo en un momento.
Ted se acurruca junto a él y Booster lo rodea con un brazo y contempla el cielo, que parece infinitamente ancho y de un azul aciano. Lo que ocurra a continuación, sea lo que sea, es irrelevante. Tiene a Ted entre sus brazos, la luz del sol en el rostro y matojos de hierba seca y dientes de león a su alrededor, y en ese momento eso le parece simplemente perfecto.
Entonces se le ocurre algo.
—Oye, Ted.
—¿Hmm?
—¿Aún estoy desnudo?
Y la risa de Ted hace que los dientes de león dispersen sus semillas al viento.


FIN


sandrahernandez: (Default)
Al desnudo (Stripped) es un fic de Demyrie.
Durante una batalla en el Monte Olimpo, Blue Beetle y Booster Gold quedan indefensos, con sus vidas pendiendo de un hilo, esperando una ayuda que parece que nunca llegará.
Fandom: Liga de la Justicia (Blue Beetle y Booster Gold)
Traducción: Sandra Hernández
Versión original en inglés: https://www.fanfiction.net/s/4191221/1/Stripped

 

DESNUDAR.

a.       Quitar toda la ropa o parte de ella.

b.      Despojar a una persona o cosa de todo lo que tiene o la recubre.

c.       Reducir a lo esencial.

 

Supuso que debería haber esperado algo así.

Ellos siempre habían sido diferentes. Eran los menos sobresalientes de sus compañeros, los que menos talentos naturales poseían, capaces de ocultarse en el mundo real e ir al cine un sábado por la noche sin recurrir a un holograma. Los depósitos bancarios y las películas, sin embargo, no lo eran todo (ni con Nicole Kidman en pantalla). Hacía falta poseer una gran fortaleza para superar la brecha que separaba a los que poseían superpoderes de los que no. Ser capaz de interactuar con aquellos superhumanos a un nivel normal sin sentirse absolutamente corriente.

Corriente e incómodamente inútil.

La mayor parte del tiempo, esa fortaleza prevaleció, y Blue Beetle, defensor de la ciencia y las mujeres, pateó muchos culos. Pero la mayor parte del tiempo, esas batallas tuvieron lugar en el mundo en el que Ted había nacido, o en mundos básicamente similares. Muy pocas se habían librado en circunstancias que representaran una seria desventaja para alguno de ellos: sin pretender ser ofensivo al recurrir a su fijación por la entomología o algo así de morboso, su situación habría podido equipararse a la de unos insectos atrapados por un limpiaparabrisas. Teniendo en cuenta tan épicas circunstancias, debería haber imaginado que aquel tifón de furia metahumana los apartaría de su camino de un manotazo cuando ambos bandos colisionaron (aunque, definitivamente, no a tal distancia). Habría optado por el “efecto espectador” o la nerviosa compulsión de hacer chistes de animador mientras él y Booster observaban desde detrás de una roca con las bocas cerradas y un plan preparado.

Lo que consiguió fueron dos extremidades destrozadas, algo  sospechosamente parecido a una conmoción cerebral y que a su mejor amigo le separase de la muerte un incalculable número de kilómetros; lo cual no habría supuesto un problema si esos kilómetros no se contaran hacia abajo.  

Debería haberlo esperado desde el principio. 

 

* * *

Era el territorio privado de Wonder Woman, por supuesto, pero ella quería hacer las cosas limpiamente, así que permitió que entrara la ayuda. Para la reconstruida Liga de la Justicia se trataba de algo casi habitual: una impresionante pandilla de científicos obnubilados por el poder se había congregado en el Monte Olimpo para dar vida a antiguos mitos con tecnología de primera clase y lanzarlos contra la población desprevenida si sus demandas no eran satisfechas. Había dejado de ser impresionante cuando descubrieron que también habían creado un Hitler robot, y a partir de ahí la paciencia de la Liga sólo fue cuesta abajo. Y así, gracias a mil galones de fresca transpiración intelectual, los Titanes resurgieron del Tártaro, listos para volver a recorrer la Tierra y pisotear unas cuantas cabras y olivos si no había un mísero billón de dólares al pie del Monte Olimpo por la mañana. Fire casi se echó a reír: sólo un billón. Estos científicos locos de hoy…  

Pero Max imaginaba que ayudar a Grecia a librarse de pagar tan inmensa suma tendría su recompensa (la mera presencia de Diana ya hacía que valiera la pena). Ted accedió encantado. Encantado. Así que, sin mediar más palabras, se habían enfundado en sus trajes y puesto rumbo hacia el Mediterráneo.  

De todos modos, no había nada en la tele.

La escarpada cordillera que rodeaba el Monte Olimpo sólo ofrecía una nimia exposición a los elementos, pero la desconocida (si bien disimulada tras un holograma) meseta parecía mejor que un precipicio. El grupo utilizó sus propios medios para entrar; Fire cargó con Ralph, mientras Booster se quejaba de que el peso de Beetle hacía que su anillo resoplara preocupantemente y cosas por el estilo. Aviesas cámaras de elegante diseño situadas a los lados de la entrada practicada en el risco se giraron para observarles y siguieron brevemente sus movimientos. La chusma científica, recluida en los cubículos del interior de la montaña, no perdió el tiempo evaluando el peligro: hoy en día, la simple visión de la licra bastaba para garantizar una ofensiva integral. Los reinventados Titanes aparecieron de improviso desde cada rincón del coliseo de roca haciendo retemblar la tierra. El vapor escapaba entre silbidos de sus bien ensambladas entrañas eléctricas.

Nadie se percató de la breve vibración de estática en el aire cuando el único ojo rojo del Titán más próximo se centró en ellos emitiendo un desconcertante zumbido. Nadie se percató del repentino cese de aquel leve ruido blanco, ni de que era una maniobra para frustrar cualquier intento del gobierno por difundir imágenes de las creaciones por medios tecnológicos. Sólo dos personas advertirían que cualquier cosa que funcionara con electricidad o energía de algún tipo… se había quedado repentinamente muerta.

Mientras tanto, los siete mortíferos robots recubiertos de roca y escamas flexionaban sus músculos mecánicos. El de la izquierda lanzó una larga llamarada.

 —Oh, tío —gimió Ralph con voz ahogada. Sus brazos se retorcían como ondulantes anguilas.

Un altavoz se encendió, escupiendo estática.

—¡Adiós, Liga de la Justicia!

Con una colisión sintética de gritos humanos y rugidos leoninos pregrabados, los Titanes cargaron contra los salvadores, que, en comparación, parecían coloridas figuritas de acción. Wonder Woman fue la primera en romper filas, azotando el aire blanco y exhortando a los demás a seguirla. Marvel fue la siguiente, sonriendo sin parar mientras se lanzaba de cabeza contra una de las cosas. Beatriz entró en faena, convirtiendo su longilínea silueta en una mancha vertical de fuego verde. Pero antes de atacar, se volvió a mirar por encima del hombro a los dos hombres que permanecían parados como cretinos a cierta distancia del diseminado grupo.

—¡Supongo que sabréis cuidaros! —gritó, intentando hacerse oír por encima del creciente fragor de la batalla.

Booster asintió con una media sonrisa en su masculino rostro.

—Depende. ¿Nos honrarás con tu semidesnuda presencia si decimos que no?

—No —replicó ella con voz ruda—. Pero me sentiría mejor sabiendo que la mayor parte de los gritos no son vuestros.

Luego los miró, y sus ojos de estrella enana se entretuvieron en la resplandeciente figura de Booster y su anillo dorado.

—Booster, si dejas que espachurren a Beetle… —empezó.

—Lo sé, lo sé —suspiró el áureo héroe, bajando la cabeza—. Las bromas sobre bichos nunca acabarán.

Beetle le dio un codazo a su amigo en las costillas, pero Fire sólo emitió un breve sonido conciliador y echó a volar, dejando ante sus caras una nube verde lima con olor a azufre.

El resto de los héroes, completamente entregados a la batalla, luchaba a muerte, y la vibración del poder en todas sus formas densificaba el aire. Con una prisa poco saludable, Booster se volvió hacia su compinche y sonrió, como si pudieran esperar pasarlo bien con esto. Ted logró componer poco más que una mueca de incomodidad. Sin embargo, tras un segundo vistazo al floreciente… bueno, ya titánico conflicto, el impetuoso valor de Booster pareció ceder un poco. Arrastró los pies sobre la lisa roca.

Al fin y al cabo, no contaban precisamente con el mejor de los arsenales, y le llegaban al más pequeño de los Titanes a la altura de su puntiaguda rodilla.

—Entonces… ¿atacamos? —preguntó Michael, inseguro.

—Si quieres, sal como Custer —rezongó Ted con sequedad.

Antes de que Booster pudiera reprenderle airadamente por hablar de postres en un momento así, Beetle dio unos golpecitos a sus gafas (frunciendo el ceño al ver que el filtro electrónico de rayos ultravioleta no funcionaba) y dijo:

—Son demasiados para vencerlos en grupo, incluso con ayuda. Tendremos que escoger a un rezagado. Preferiblemente uno pequeño, débil y vulnerable al viejo uno-dos.

En el enrarecido aire de la montaña hubo un destello rojo y alguien grito. Tump.

—Y que no lance rayos por los ojos. Por favor, que no lance rayos por los ojos.

Booster cogió por los hombros a Beetle (que seguía dando golpecitos a las gafas) y señaló al frente:

—¡Opción dos! —exclamó—. ¡El rezagado escoge!

Ted Kord reparó de pronto en que, pese a la vehemente defensa de los Titanes, Diana ya los había hecho retroceder hasta la mitad de la espaciosa meseta, y que él y Booster, que permanecían tan apartados de la batalla como era posible, estaban parados como pasmarotes en una zona que, desde su solitaria perspectiva, se les antojaba tremendamente expuesta. Y considerando las ansias con las que el más pequeño de los Titanes, revestido de maleza, avanzaba hacia ellos exhibiendo una gris y afilada sonrisa, probablemente pensaba que iba a dar buena cuenta de aquellos dos rezagados más pequeños, más débiles e incapaces de lanzar rayos por los ojos. Claro que el bicho no contaba con que pudieran lanzarlos por las manos, y ésa sería su perdición…

—Nos ahorra el paseo —murmuró Beetle, envarado.

Alzó las cejas mientras las monstruosas zancadas del Titán se tragaban la distancia ganada por el resto de la Liga. Estaba empezando a sentir las siete toneladas de cada una de aquellas pisadas en sus ya no tan jóvenes rodillas. Retrocedió.

—Vale, ¿recuerdas lo que dijo Bea sobre no dejar que me espachurren? Pues éste sería un buen momento. Para eso. Para que no me espachurren. Booster.

Booster, con sus ojos azules abiertos como platos, temblaba inconteniblemente. Sin apartar los ojos del ser, rodeó la cintura de Ted y palpó a fondo sus generosos michelines, buscando dónde agarrarse. El científico lanzó un chillido. Habría hecho algo más, pero el Titán rezagado soltó otro impresionante rugido y eso bastó para hacerle buscar su propio asidero.

—¿Sabemos lo alto que pueden saltar estos bichos? —preguntó Booster.

Acercó una mano temblorosa a su esbelta cintura y manipuló el brillante tejido del cinturón, activando el campo de fuerza. Por si acaso. Ajustó los niveles de energía con tanta delicadeza como una almádena, mientras frotaba con el pulgar su precioso anillo de vuelo sin dejar de levantar frenéticamente la cabeza para mirar de soslayo al Titán, cada vez más próximo.

BOOMBOOMBOOMBOOM

—¡Booster! ¡Si no despegamos, lo único que deberá preocuparnos es lo duro que nos va a dar! ¡No creo que podamos correr más que él, así que muévete!

Los dos hombres se aferraron rápidamente el uno al otro (los brazos de Michael enlazados en torno a Ted en un prieto abrazo que no admitía réplica) y, con la relativa seguridad que les proporcionaba ver que el Titán se encontraba aún a unas saludables quinientas yardas, Booster se tensó, hizo una mueca, miró hacia arriba… y activó su anillo.

Mientras las estremecedoras pisadas retumbaban en sus oídos, Ted se preparó para experimentar la sensación de que el mundo entero era arrancado de un tirón bajo sus pies… pero se encontró con que aún seguía allí, sólido y vibrante. Seguían en el suelo. Se encogió de miedo, aferrándose a Michael. Booster emitió un vago y ansioso carraspeo, y volvió a elevar el brazo hacia el cielo, apoyándose imperceptiblemente sobre la punta de sus pies. Arriba.

Arriba.

Siguieron allí, torpes, pesados, pasmados, con un brazo estúpidamente alzado. No había funcionado. Booster lanzó un angustiado jadeo de derrota y dio un paso atrás. Dejó de aferrar la cintura de Ted.

No estaban volando. No había funcionado. El suelo temblaba.

—Tiene que ser una broma…

—¡Para ti, puede, pero para Chiquitín no! —exclamó Ted, y empujó a su amigo, instándole a retroceder.

El Titán, con todas sus toneladas, ya se hallaba a unas ciento cincuenta yardas, y seguía avanzando. Todos los demás estaban demasiado lejos para oírles o luchando por sus vidas. J’onn estaba en África.

Echaron a correr. Lentos, estúpidos, humanos, corrieron tan rápido como pudieron.

Cuando saltó la alarma, Ted no pensó en ello: los dioses no pertenecían al reino de la ciencia. Booster, como ateo del futuro que era, pensó en un divertido jugueteo protagonizado por una mujer que le hizo hacer a Ted cosas de lo más graciosas y que le proporcionó una excusa para meterse con su mejor amigo y dirigirle esa mirada que decía “Bien, don Maduro…” dejando que Ted dedujese el resto. Sin embargo, ninguno sospechó que la áurea vibración sintética de los científicos locos del Monte Olimpo les arrebataría las cosas a las que tan apegados estaban.

El cielo, su Bicho entre las nubes y sus “superpoderes”.

***

El viento no susurraba ni silbaba a aquella altitud. No había nada que agitar o desgastar: cualquier cosa que sobresaliera mínimamente había sido barrida del precipicio hacía eones. Aparte de las irregulares crestas que coronaban la cima, el viento había erosionado aquel árido mundo hasta dejarlo prácticamente liso.

Ted Kord, tendido en lo alto de la ladera sobre su vientre palpitante, sintió que se le encogían las entrañas mientras intentaba no perder asidero. Tuvo el tiempo justo de constatar que la ladera descendía en un ángulo de unos cincuenta grados cuando un brusco tirón hizo que una desgarradora agonía recorriera su pierna. Cincuenta grados y tan árido… Le parecía increíble que el árbol que se alzaba tras él hubiera logrado echar raíces, o incluso poseer la fuerza necesaria para soportar el peso muerto de dos hombres adultos que colgaban de él por una única pierna rota atascada en una grieta de su enjuto tronco.

Le parecía realmente increíble.

Una vez superada la conmoción original que les produjo verse levantados como pelotas de goma rellenas de órganos y lanzados a un cielo apabullantemente vacío por un monstruo sintético del tamaño del Chrysler alimentado por cables, Ted se maravilló igualmente ante lo rápido que habían espabilado en medio de la caótica caída. Cómo se las habían arreglado para reaccionar en mitad del aire o alcanzar los grises arbustos cuando aterrizaron sobre la brillante y dura roca era una hazaña únicamente atribuible a su terrible y azaroso entrenamiento como superhéroes, pero gracias a eso habían conseguido… esto.

Lo que quiera que fuese.

Ted respiró hondo. A través de los cristales amarillos de sus gafas, sus ojos parpadeantes se clavaron en los fuertes dedos, aún más amarillos, que aferraban su entumecida muñeca. En el anular, el anillo de vuelo centelleaba entre los ensangrentados nudillos de Michael.

—¿Ya funciona tu anillo? —preguntó a esos dedos.

—No.

El viento no silbaba, pero al cabo de un rato pareció rugir. O quizá sólo era el dolor líquido cristalizando en sus oídos, entumecidos por el frío aire de la montaña.

Ted ya había perdido la consciencia una vez. Cuando cayeron, la frenética tenaza de Booster sobre su muñeca fue lo único que los mantuvo juntos, ya que Ted era incapaz de reaccionar en medio de la negra y sofocante niebla que parecía gotear de sus oídos y la sensación de que en el interior de su cuerpo todo se había hecho pedazos. Pero cuando la fuerza de la gravedad arrastró a su amigo y Ted acusó el tirón, que hizo que su retorcida pierna se quebrara como un palillo de dientes, despertó. Despertó gritando, pero despertó.

Su garfio nuevo había desaparecido. Lo había oído repiquetear mientras caía en alguna parte.

—¿Y ahora?

No, Beetle —resonó la voz de Booster, ahora más dura, por debajo de él.

El Bicho estaba cerca. Le dijeron que lo dejara en la base de la cordillera para evitar ser descubiertos antes de tiempo, así que lo metió entre dos rocas formidables. Ted ya lo había llamado veintisiete veces, golpeando la radiobaliza con su magullado codo izquierdo antes de que se le resbalara y se perdiera en aquel vacío que cortaba la respiración. Al parecer, el Bicho no tenía ganas de visitas.

Ted lo entendía.

—¿Y aho…?

—¡Si crees que no puedes esperar a que experimente una curación espontánea, baja aquí y arréglalo tú, manitas! Oh, espera. Eso no serviría de nada, ¡porque ninguno de nuestros chismes funciona gracias al poder mágico del Olimpo! Así que ahora sólo llevo un adorno elegante, dotado con el asombroso poder de la refulgencia. ¡Los Green Lanterns no son nada comparados conmigo! Soy la envidia de todos los putos superhéroes.

Los resecos labios de Ted se curvaron en una sonrisa a pesar de sí mismo. La nerviosa indignación de Michael no lograba resultar ofensiva cuando su agostado cerebro aún estaba humeando.

—…así que si aún quieres mi anillo, puedes quedártelo —masculló Booster.

—No, gracias —dijo Beetle, lanzando un sonoro suspiro—. Me conformaré con tu chispeante ingenio.

Hallarse en estado de shock tiene un inconveniente. Al final, la conmoción desaparece, y el dolor real comienza a enseñar los dientes.

Ted emitió un ligero gemido y apoyó su magullada mejilla contra la fría roca. Y esperó.

***

Al principio, todo giraba en torno al mundo del que provenía.

El futuro esto, el futuro aquello… Muchas veces puso la metafórica venda sobre los ojos de Ted, ansioso, como científico, por descubrir lo que la utópica Meca reservaba a la gente del atrasado siglo XXI. Booster le proporcionaba todo tipo de historias y datos. La cerveza venía en tabletas. Los bebés, en probetas. Los robots te arreglaban el pelo por las mañanas y la enfermedad era algo del pasado. Quizá sonara un poco freudiano, por decirlo así, pero, conociendo la historia de Booster, probablemente deseaba, aún más que Ted, que todo aquello fuera cierto. Probablemente sólo quería encandilar a su futuro amigo urdiendo historias, quizá demasiado adornadas, para atraer su atención.

Por encima de todo, a Booster le encantaba impresionar. Y Ted, al principio, estaba muy impresionado, y le hacía muchas, muchas preguntas. Pero cuando el entusiasmó fue decreciendo, Ted lo pilló en dos o tres mentiras (suficientes para que su mente científica reaccionara y situara la credibilidad de Booster bajo un porcentaje poco favorable), y empezó a pasar del Adonis rubio como de un cachorro hambriento de atención de cuya traílla tiraba un elegante intrigante desesperado. Sus ocasionales sonrisas se redujeron a breves espasmos musculares.

Por supuesto, ni siquiera alguien tan lerdo como Booster pudo dejar de notar aquel repentino cambio de actitud. Al principio se enfurruñó y deambuló por el cuartel general en busca de un nuevo conocido (lo único a lo que podía aspirar, puesto que no era demasiado popular), bombardeando a los otros miembros de la Liga con historias que, simplemente, no les resultaban tan interesantes como a Blue Beetle. Actuaba con indiferencia, pero las cámaras de seguridad lo habían pillado pasando ante el laboratorio tres veces en una hora (y es que nadie podía olvidar tan rápido dónde estaba la cocina). Ted imaginó que el chico nuevo intentaría enredar con su seductora labia a todos los demás, comiéndose el mundo, jactanciosamente, en su línea, hasta acabar estrellándose. Pero no fue así.

Una regla de la vida dice que la gente puede cambiar, pero nunca cambia lo suficiente. Si Ted hubiera esperado que se transformara en un modelo de moralidad y altruismo, habría quedado profundamente decepcionado, pero ver al alcornoque de Booster hacer un esfuerzo por aprender fue el primer signo de que podía embarcarse en una relación duradera. La estrella del deporte se aplacó y se mordió la lengua; se acercó a Ted como lo hacía la gente normal, en lugar de esperar sus reverencias. Fueron de copas y Booster resultó ser tan vulnerable como cualquiera con una o dos pintas en su futurista y bien engrasado organismo. Ted encontró altamente terapéutico reírse del embriagado niño bonito, y en cualquier caso Booster siempre sonreía y compartía sus risas, sin eludir nunca la radiante y depredadora sonrisa burlona del otro héroe. La aceptaba y parecía complacido con aquel ligero bochorno, disfrutando de una atención normal. Del entendimiento.

En alguna parte de él subyacían una bondad y una decencia alentadoras. Debilidades terrenales le sobraban, y a menudo se abría paso a codazos entre amigos y aliados para alimentar sus egocéntricos deseos, pero ya era demasiado tarde para que Ted se arrepintiera. Había cambiado una vez que se hubo integrado en la Liga. Aún quedaba bastante del joven cabezota y genéticamente avanzado con dientes perfectos y lamentable capacidad de reacción… En fin, la transformación no era nada del otro mundo. Pero era gratificante.

Costosa de principio a fin, terriblemente lenta y finalmente lograda a fuerza de tozudez… pero aun así, gratificante.

Tenía que admitir que la Liga de la Justicia nunca había sido tan… doméstica, incluso con Batman alrededor. O más bien, hogareña. Por supuesto, siempre se había sentido como en casa, pero él era como el hermano mediano y empollón que procuraba no colmar la paciencia del tío Bat, hasta que Booster entró en escena y, para infortunio del mundo, hizo que el lado gamberro de Ted saliera a la luz. Eran hermanos, compañeros de bromas, un equipo. Ataque y Defensa, Blue & Gold.

Ted siempre se había sentido aislado, pero ahora, con Booster compartiendo su burbuja no-metahumana, la distancia se convirtió en un cálido y sutil escudo que podía utilizar para llevar a cabo un centenar de bromas (y luego eludir miradas acusadoras). Siempre juntos, como pegados con cola; o con aquel raro mejunje del laboratorio de Ted que Booster había creído oportuno probar en una solitaria galleta de chocolate, que luego dejó pegada a la encimera de la cocina, esperando provocar la hilarante frustración de J’onn (por desgracia, Guy llegó primero, y al parecer estaba loco por comerse una galleta. La cocina tuvo que ser remodelada).

Todo era… perfecto. Ser superhéroes era secundario cuando se trataba de divertirse, y se profesaron un amor mutuo y sincero que sobrevivió al paso del tiempo, por encima de las chaquetas de cuero con logos corporativos, los kilos de más y los calificativos hirientes.

Tuvieron sus diferencias cuando la antigua Liga de la Justicia se reorganizó. Nerviosos y sonrientes, permitieron que Max les rodeara la cintura con sus cálidas manos de empresario. Fueron tiempos felices, aunque ensombrecidos por la época dorada, y se sentaban escupiendo polvo de oro y riendo por lo bajo como si no les afectara. Y todos (el grupo entero, las caras nuevas y los viejos amigos) volvieron a intentarlo.

Hubo mucho que procesar. Ted y las Industrias Kord (¡por fin!). Booster y Gladys (madre del amor hermoso). Fire y su página web. Nadie imaginó que Atom pudiera haber cambiado tanto, al carecer de ese incómodo y camaleónico vínculo con el mundo real que los demás debían conservar.

La relación entre Ted y Booster, en especial, se resintió un poco. La cosa iba de madurez.

Riñeron. Montaron una escenita en público. Estuvieron a punto de liarse a puñetazos y de desencadenar una guerra intergaláctica. Era la tónica habitual en la vida de Blue & Gold, tan intensa enfrentados como en armonía. Pero en cuanto se sentaron en el viejo sofá a ver una peli antigua, los años de hosco distanciamiento se disolvieron y el corazón de Ted pareció latir con más seguridad.

Eso fue lo que le había hecho gritar, ahora lo sabía: aferrarse a su desastrosa vida, exprimir hasta la última gota de lo que pudo haber sido su último día plagado de deudas con el mordaz torno de su “madurez”. Dolía ser tan imparcial y controlado, tener que estar pendiente de la bomba de relojería orgánica instalada en su adultísimo pecho. Booster podía ser ridículo y ofensivo, pero aún poseía una salud que Ted no podía más que envidiar pese a su hosca expresión.

Tendido en el sofá, el torno se aflojó y la sangre retornó corriendo a su sosegado corazón. Ted dejó de intentar comportarse como un adulto la mayor parte del tiempo, y Booster supo que, con problemas cardíacos o sin ellos, su chispeante compañero de juegos había vuelto. La siguiente broma tuvo lugar apenas una hora después de que acabaran los créditos y las palomitas quedaran abandonadas sobre la mesa, pero Ralph no pudo hacer más que sonreír al escuchar la risita gutural de Ted entre las maníacas carcajadas de Booster.

En realidad, no habían cambiado tanto. Seguían siendo los mejores amigos, el primer y último recurso del que tanto el uno como el otro echaban mano en la batalla y en las noches de los viernes. Y lo más importante: podían decirse la verdad. Que a veces no quisieran escucharla era otra cosa, pero Ted y Michael nunca suavizaron el impacto de sus palabras… ni les restaron valor cuando eran amables y sinceras.

***

Ninguno había hablado. Parecía un poco menos real si permanecían callados. Entonces Booster pronunció su nombre.

—Ted.

—Beetle —gruñó Ted, el hábito superheroico saltando al frente pese a su devastada condición física. Aquella única sílaba le perturbaba más que la sangrante presión que sufría su pierna rota.

La nebulosa conmoción ya había desaparecido, y el dolor había comenzado a resaltar cada vena como una línea roja. Si la ayuda estaba en camino, debería llegar pronto.

Booster guardó un instante de angustioso silencio.

—Beetle —dijo lentamente. Su voz era decidida, aunque el envite del viento y las millas de azul pálido que se extendían bajo sus pies la hicieran temblar—. Si eso se viene abajo…

—No. Nada se va a venir abajo —lo interrumpió Ted, incisivo. Se aclaró la garganta e intentó apretar los dedos, sólo para descubrir que ya no podía sentirlos—. No digas esa palabra.

—Si vas a caer conmigo…

No.

Ted cerró los ojos. Sentía palpitar todo su ser y la presión en su muñeca se estaba incrementando de un modo alarmante. Una o dos veces incluso había imaginado que el árbol (su ancla caída del cielo) crujía, y trató de disimular con una tos un jadeo de terror sobre el que Booster no hizo preguntas. El árbol resistió, pero le dolía el corazón. No podía ocuparse de eso. No ahora que Booster había decidido interpretar el ridículo papel de mártir.

—…tienes que soltarme.

Tío… —gimió, luchando contra la frenética y agotadora sensación con más palabras, obligándolas a pasar una a una a través de sus dientes apretados para hacerlas llegar hasta Booster, al otro lado del precipicio—. ¿Quién eres tú, y dónde está mi compañero? Booster Gold. ¿Lo has visto? Es un auténtico… No, espera, en realidad no es humano, es más bien una enorme bola de ego, y aunque es increíblemente estúpido, nunca permitiría que lo dejasen caer por un precipicio… Así que, si lo ves, ¿podrías decirle que me eche una mano? O una pierna. En estos momentos ando un poco escaso de ambas cosas. Pero sin presiones.

—Tienes que soltarme —insistió Booster, con un temblor inconfundible en su voz. Miedo.

Eso afectó profundamente a Beetle.

—Cállate —murmuró con vehemencia.

—No ahora… No se te ocurra soltarme ahora, no mientras resistas… Quiero decir que me valoro mucho… pero…

El parloteo de Booster casi logró que Ted se relajara bajo el atemperado influjo de su ego. Entonces volvió a enmudecer, y sólo quedó el sonido de su respiración, superficial y ansiosa. Ted no alcanzaba a ver el rostro de su mejor amigo, pero podía imaginárselo.

—Lo digo en serio.

—¡Es una caída de más de trescientos metros, Booster! ¡Estamos en el borde del puto Monte Olimpo! —explotó Ted, tragándose el dolor púrpura y túmido de su pierna destrozada al sufrir un nuevo tirón. Sintió el pinchazo de las astillas del hueso al desplazarse. Sería un milagro si no acababa con una infección. Apretó los dientes—. No voy a irme corriendo.

—¡Corriendo no, arrastrándote! —exclamó el otro héroe, y debió ser un esfuerzo increíble alzar tanto la voz sin siquiera mover sus ensangrentados hombros—. ¡¿Crees que la caída me resultaría más suave si cayeras tú conmigo dando gritos?! ¡Me matarías, Ted!

No.

Era todo cuanto podía decir, pero se encontró con una angustiosa y preocupante pausa: en la mente de Booster se había producido un chispazo repentino, un cambio. Beetle pudo sentir cómo pasaba a través de la sólida roca que se interponía entre ellos. Y cuando Michael volvió a hablar, Ted hasta lo vio.

—En serio. Me matarías, Ted. Tu barrigón haría que la caída fuera el doble de dura. Porque, oye, esa dieta a base de Lean Cuisine no está funcionando. Estás gordo. Tío, estás gordo. Gordito Relleno. Cuidado, Burger Barn, que viene Gordinator.

Ted emitió un bufido gutural y cerró los ojos. De repente, Booster parecía pesar el doble y tiraba de su muñeca produciéndole una ardiente presión interna. Sentía los músculos… No había palabras para describirlo. Sobrecargados, rojos, henchidos de ácido. La presa de Booster estaba estrujando su maltratado túnel carpiano.

Booster aguardaba. Tanteándolo.

 —Gordura total.

—¿Estás intentando hincharme las narices para que no me sienta mal si te dejo caer? —le espetó Ted, lanzando una mirada iracunda al borde del precipicio, ya que no podía dirigírsela a su desvergonzado amigo.

—Detesto ser tan transparente, pero sí. Eso es, básicamente, lo que pretendo —murmuró Booster, ya extinguida su chispa.

Beetle hizo una mueca. Ahora la cháchara le estaba distrayendo. Recrearse en la intranscendente cadencia de las sílabas era mejor que ser consciente de sus alteradas sinapsis o sus extremidades sangrantes. Dios, ¿cuánto tiempo llevaban así? ¿Media hora? ¡Si no podía ni levantar la mitad del peso de Booster durante diez minutos en un gimnasio!

—Pues no funciona. Prueba insultando a mi madre —lo alentó Ted.

—Oh, no sabría por dónde empezar —bromeó Booster—. Soy del futuro, ya sabes: todos nacemos en probetas.

El impacto que eso le produjo fue más doloroso de lo que podría ser cualquier caída, más que la visión del frío anillo o ser consciente de lo inútil que era el cinturón de Booster, o el chasquido de su pierna al romperse, porque era Michael en toda su esencia. Artísticamente patético, sarcástico y estúpido. Lanzó una carcajada con toda la fuerza que pudo extraer de sus paralizadas entrañas. Sonó como un ladrido que acabó quebrándose en un agónico tartajeo cuando las palpitaciones volvieron a invadir su cuerpo, castigándole por el esfuerzo.

—¡D-dios, Michael, nunca sabes cuándo callarte! —siseó.

—¿Cuando mi vida pende de un hilo?

Especialmente.

El mundo se estremeció.

Algo carnoso cedió dentro de Ted y de repente se encontró una pulgada más cerca de la nada. Sus desgarrados tendones se alargaron hacia el abismo, más allá del borde del acantilado, y oyó el grito de Booster al sentir el tirón de su ancla enguantada de azul.

Michael lanzó un tenso jadeo, suspendido en el vacío, y sintió un soplo idéntico encima y debajo de él. Pareció sacudir el mundo, duro y lleno de aristas, haciéndole comprender que no había más que aire a su alrededor. Sólo un gigantesco y helado jadeo.

Ted tiró y tiró y tiró.

—Quizá eso sea lo que me hace tan fascinante —susurró Michael al cabo de diez segundos (diez sólidos segundos) tras comprobar que aún seguía colgando y que tenía que decir algo porque, de lo contrario, explotaría en su pecho.

—No desde donde yo estoy —logró decir Ted, y no añadió nada más.

Booster cerró los ojos al cielo hambriento y limitó su mundo a la presa de Ted sobre su única mano sana. Su otro brazo colgaba laxo, triturado, pesado. Había intentado usarlo, por supuesto: si hubiera podido emplear ambos brazos para alzarse sobre el precipicio, lo habría hecho hacía (¿una hora?) siglos. Pero al estar conectado a una clavícula rota, cualquier movimiento de su torso tumefacto nublaba sus ojos entre chispas de dolor. Perder el sentido no era la mejor opción a estas alturas, aunque eso hiciera el aterrizaje un poco más fácil.

El brazo izquierdo de Ted tampoco estaba bien, pero el derecho aún sujetaba el de Booster, con los dedos febrilmente cerrados sobre su muñeca. Era un gran esfuerzo. Un gran esfuerzo de un gran amigo.

El mejor esfuerzo del mejor de los amigos.

—No tiene sentido que muramos los dos.

—¿Quieres dejar de hablar así? —gruñó Beetle—. No, aún mejor, ¿quieres dejar de hablar? No pienso perderte.

—Bueno, tanto como perderme, no. Sabrías exactamente dónde encontrarme, aunque no en cuántos pedazos

—¡Cállate, Booster! ¡En este momento no me apetece escuchar tus morbosos tecnicismos!

Sentía los latidos de su dolorido y frágil corazón en los oídos y en la garganta, y le ardían los ojos.

—Vale —dijo Booster en voz baja.

No era la primera vez que Ted se preguntaba cómo podía Booster ser tan valiente. O quizá no fuera valentía, sino estupidez. Ted habría podido escribir una tesis sobre tan novedosa idea. Aunque, por otro lado, quizá sólo era humano… pero sus conexiones estaban sufriendo tal cortocircuito que había acabado sintiéndose como los superhéroes que se hallaban a tantas millas de distancia de ellos. Invencible.

Entonces oyó jadear a Booster y supo que estaba asustado. Secreta y terriblemente asustado. Ted sintió que le faltaba el aire. Estaban al borde del precipicio (siempre habían estado al borde del precipicio, nada había cambiado, excepto por el amenazador aumento de su rechinante agonía), pero ahora, el mundo que se abría debajo de ellos se había vuelto real. Bajo una alfombra de nubes, a lo que se le antojaban horas de distancia, se divisaba el suelo, definido y duro.

Booster podía caer. Con todos sus bien repartidos noventa y ocho kilos de peso. Su anillo no centellearía, no le haría elevarse en el vacío. Su cinturón no resplandecería. Podía caer, y seguir cayendo, cada vez más rápido, hasta estrellarse contra el suelo.

Y si caía, ya no se escaquearía de las reuniones matutinas. Ya no pasaría tres, cuatro, cinco veces frente a la puerta de Ted silbando Tequila, ya no lo sacaría a rastras de la casa o del laboratorio, e indudablemente, ya no se sentaría en su silla favorita en el rincón, con el mando a distancia egoístamente metido tras el cojín para frustrar los intentos de Ted de golpearle en las costillas en su afán por recuperarlo para sintonizar el canal 34 a la hora en que emitían Maravillas Modernas.

El precipicio, por imposible que fuera, pareció hacerse más alto. El suelo se alejó aún más. En medio de ambos, el vacío se alzaba amenazador.  

Ted cerró los ojos.

—Tú sólo… aguanta, tío. Aguanta.

La mano de Booster apretó la suya durante un instante. Ted casi la sintió.

—Claro. Claro —susurró Michael bajo el gemido limpio y seco del viento.

***

Amigos.

¿Qué eran los amigos?

Criaturas oportunistas. Máquinas de hacer contactos. Esclavos del ego delicadamente conectados, tan bien sintonizados entre sí que vibran en la misma longitud de onda ante cualquier sentimiento que uno experimente en un momento dado. Ciertamente, en sus últimos años de universidad había conocido gente que parecía disfrutar de su compañía, pero rara vez hubo otro motivo que no fuera el interés. Ya había aprendido a aceptarlo, consciente de que el atractivo o el talento eran un precio justo a cambio de aquello. De todas formas, podía pagarlo: eran sus dones. El mejor momento para vender tus atributos personales es cuando cotizan al alza, y mientras el mundo ansíe juventud, belleza y notoriedad, el precio siempre será alto.

Era tan excitante porque sólo era consciente de sí mismo. Todos cuantos le rodeaban estaban sumamente interesados en él. Era una retroalimentación interminable de cantarina energía dorada, generada y reabsorbida sólo por él. Flotaba dentro de sí mismo, sintiendo su luz mil veces magnificada en los radiantes rostros en los que se reflejaba, en el resplandor que emitían más allá de la cascada de las luces del escenario cuando él se inclinaba sobre el micrófono para agradecer otro premio. Y otro. Y otro.

Pensaba que esas personas no se parecían en nada a él. Juerguistas, gorrones con las manos abiertas que él llenaba con una carcajada. Cascarones vacíos, dispuestos a tragar.

O quizá… se parecían más a él de lo que le habría gustado admitir. La fama le fortalecía. Era un conservante edulcorado. Le mantenía radiante, incluso cuando se pasaba la noche bebiendo, o se acercaba a los escritorios de caoba con una sonrisa lastimera o… permitía que la pelota pasara zumbando entre sus dedos laxos. Pero no le importaban las similitudes, sino lo que le diferenciaba de ellos; lo que seguía atrayendo la atención de los demás.

No tenían fin. La gente. Los premios. Los momentos. Otro, y otro, y otro: seguían produciéndose, como pequeños espasmos de déjà vu. Como emotivas reposiciones que viese en la tele una y otra vez. Sólo podía haber tantos porque significaban muy poco, pero él disfrutaba viéndose a sí mismo en todos ellos: el brillo de sus dientes en una placa, la adoración de la multitud sin rostro, unida sólo por el amor que le profesaban, el resplandor en la cara de cualquier miembro del equipo al sentir esa envidia sana, exaltación de la avaricia. El mundo entero era su santuario, y nunca había tenido que ocuparse de nadie más que de sí mismo.

Algo que, en ocasiones, demostró ser más duro de lo que podría pensarse, cuando su madre yacía tosiendo en su helado dormitorio, cuando su desdeñoso padre se marchó dando un portazo diez minutos antes del partido, cuando Michael Jonas Carter se sentía a punto de vomitar bajo el peso de toda aquella necesidad de pasta, pero al empezar a jugar se olvidaba de sí mismo para someterse a aquel hombre que parecía tener todas las respuestas, aunque sólo se tratase de las respuestas adecuadas para los periodistas adecuados. La habilidad de hacer lo adecuado en cualquier sentido, espantosamente frívolo y perfecto, no tenía precio.

Él. Él. Él.

Michelle estaba allí. Intentó disuadirle, pero él ya estaba metido en la mierda. Hasta el cuello. Le acarició el mismo brazo que su padre había apretado al decirle “No dejes que vuelvan a hacerme daño” mientras señalaba con un dedo pegajoso e hinchado la cicatriz que surcaba su rostro. Su hijo sólo era mercancía en transacciones donde quedaba excluida toda ternura paternal. Jonar siempre había sido una pesada losa sobre su espalda, y Gold Star se doblegó. A Michelle (su hermana, su otra mitad) le importaba lo suficiente para decirle que su padre nunca lo querría.

De todas formas, decidió perder un partido más, a sabiendas de que eso haría que todo acabase, pues un final era lo que realmente quería.

La gente, tanto la que no tenía rostro como la que conocía, se apartó de él después de que lo descubrieran y le colgaran la etiqueta de desecho moral. Lo hicieron a un lado y su vida quedó relegada a las oscuras horas de un puesto de vigilante nocturno.

Él se había ido en cuanto Michael nació. Ahora, ella también lo había abandonado. Él la había dejado atrás, y aunque luego habían vuelto a reunirse, al final se la arrebataron.

Ahora, asentado en otra época, tras perder nuevamente a su gemela sólo le importaba una persona. Su mejor amigo.

Supuso toda una novedad encontrar a alguien. Alguien único. Alguien a quien le resbalase su carisma, una persona que no tolerase sus tonterías. Obviamente, conoció a muchas así cuando recaló en la Liga de la Justicia. De hecho, no tolerar sus tonterías era la consigna general e incuestionable. Al principio no supo qué hacer, así que siguió en su línea. Era el único sistema que conocía. Si en el siglo XXI operaban con Windows, él se presentó como un resplandeciente y lustroso Mac, y recibió muchas bofetadas: y, como un Mac, no estaba especialmente diseñado para ser flexible… ni para encajar insultos. Sintió cada golpe en toda su crudeza.

Irrumpió en el siglo XXI no como una persona nueva, sino como una persona actualizada, eliminado de su “sistema” aquel fatídico lanzamiento. Ahora que podía volar, podía atrapar todo lo que hiciera falta. Seguía creyendo que aquello no había sido culpa suya, y no había nada por lo que esas caras nuevas pudieran culparle, pero eso no cambiaba el hecho de que lo hubieran catalogado al instante como a un simple reserva en un grupo de superhéroes que formaban una piña, una perla cuyo brillo él había empañado frotándola con un trapo sucio. No era precisamente apreciado. Puede que sintieran que él no debería estar allí, invadiendo su tiempo con su flamante equipo robado, y no estaban dispuestos a recibirlo con los brazos abiertos.

Al llegar, trató de impresionar al ordinario señor Kord cuando tenía ocasión. Luego, al ver cómo se abrían los ojos de aquel irritante y sarcástico científico preocupado por el peso al escucharle, se empleó a fondo, porque lo que leía en ellos bien lo valía: veía interés. Interés a un nivel personal, individual. Y tal vez una invitación a ir de copas… sólo con él.

Sin multitudes. Sólo él.

Ted fue el único que no sólo lo aceptó, sino que lo ayudó a reprogramarse. Él dejó en Booster un pedacito de sí mismo. Se podría decir que lo llevó de la mano. Le dio la oportunidad de practicar cómo ser una persona real, hasta que fue capaz de hacer creer tanto a John y a J’onn como a Barbie que podía hablar en auténtico HTML. Y funcionó. Tal vez.

Más o menos.

Aún cometía errores. Seguía prefiriendo el estilo Mac, y no lo ocultaba. Él era el símbolo andante de un futuro sexualmente ambivalente, que bombardeaba con pretenciosas sugerencias llenas de terminología especializada a hermosas mujeres y a hombres astutos, y presenciaba las discusiones entre Guy, Ralph y Ted sentado en el sofá de la sala de estar con expresión perpleja. Y Ted lo quería aunque no fuera una persona real. Aunque nunca superara las expectativas. Ted permaneció a su lado, transformando su única y desgastada bota de reserva en un par presentable, porque… porque sí. Pese a todo.

Michael sólo sabía que nadie había hecho nunca eso por él.

Con su amistad, simple e incondicional, Ted Kord le había convertido en lo que era.

***

Debería haberlo soltado hacía una hora.

Estaba deshidratado, quebrantado, y tenía la mano petrificada. De cuando en cuando, el deteriorado bulto que se alojaba en su pecho daba un brinco y se estremecía.

Ted tenía problemas para respirar.

—Booster, yo…

—Lo sé —respondió Michael, rápido, roto. Ted no debería hablar. Podía oír las grietas que eso dejaba en el otro héroe—. Yo… Sí.

Su propio cuerpo estaba fallando.

—No voy a dejarte caer —masculló Ted al cabo de un rato. Sus párpados temblaban tanto como su voz.

—Eso… también lo sé —dijo Booster con un suave bufido—. Tío, eres estúpido.

—Eh —jadeó Ted, casi con ironía—. Tú no puedes decir eso. Sólo yo. A ti.

Se dio cuenta de lo raro que había sonado aquello y parpadeó para librarse del ácido sudor que se le metía en los ojos.

—Y no soy estúpido.

—¿No puedo mentir para sentirme mejor? —murmuró Booster.

—Y yo que pensaba que ante una situación de vida o muerte cambiarías

Aquellas simples palabras dieron paso a un sombrío silencio, pálido y tembloroso.

—Ted…

La voz de Booster se quebró y no pudo acabar.

Beetle quiso gritar. Quiso forcejear, sentir su vientre lacerado retorciéndose sobre la dura roca… pero advirtió que eso hacía tambalearse aquella blanca y sofocante realidad, y que la mano de Booster se deslizaba una pulgada más entre sus dedos. Una pulgada, y luego la eternidad.

Y entonces sus pensamientos comenzaron a volverse dolorosamente erráticos, inconexos, incompletos. Fúnebres campanadas repicaron en su consciencia, y toda la amarga realidad se agolpó en su garganta. Quiso expulsarla. Le ahogaba.

—Dios, si fuera un superhéroe… Si fuera algo más que un simple tío con mallas que no quiere que nadie se entere de que se levanta por la noche a…

Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Ser consciente de lo fácil que sería para Superman (con su ausente y serena benevolencia) subirlos, elevarse con sus cuerpos maltrechos y alejarlos del miedo, el miedo, y de esa pugna creciente, constante… La idea le puso enfermo. Personas con superpoderes. Gente imposible. Dioses. Metahumanos. Deus ex machinas recorriendo un mundo limitado, sin verse afectados por las tediosas e insignificantes trabas que superaban a los humanos. Gravedad. Altos y sólidos precipicios. Cualquier desastrosa combinación de ambos. Por encima de ello. Más allá de ello. Imposibles.

Deus ex machinas. Una expresión procedente del teatro griego. Ostentosos recursos argumentales que, contra toda probabilidad, aparecen en el último momento y lo solucionan todo. Había trabajado con ellos, confiado en ellos: casi había acabado viéndolos como a gente normal, a su excéntrico y plasmático modo. Y ahora, cuando más los necesitaba…

—Ted. Vamos —suplicó Booster con una voz ronca que no se debía a la inminencia ni al miedo a la muerte, sino al derrumbamiento de su mejor amigo y los ásperos sonidos que le oía emitir—. Ted.

Beetle —replicó sordamente, intentando contener el llanto.

Dios, nunca se había sentido tan sucio, inútil y humano.

Superman podría acabar con todo aquello, eliminar esa angustia en cuestión de segundos. Pero él debía luchar. Intentó no llorar. Dios, eso dolía. Dolía ser tan débil. Su pobre cuerpo sufría punzadas, al borde del colapso. Su pobre e insuficiente cuerpo, anfitrión de un cerebro iluso que le hacía pensar que, por haber pasado tanto tiempo entre esos superseres y salvado tantas veces al mundo (el mundo, un término fraccionado, minúsculo, que la mayoría de los humanos nunca llegaba a comprender, y aún menos salvar), era un pequeño dios.

Lo bastante divino como para salvar a su mejor amigo de la muerte.

Lo bastante sobrenatural como para desafiar a esa cosa tan mundana llamada gravedad, aunque estuviera tirando de las botas de Michael y desgarrando su mano, y amenazara con inundar su corazón, con inflarlo y tensarlo y reventarlo como una baya madura, y matarle al instante, y hacerle soltar a Booster.

Ted dejó escapar un gemido tan leve que apenas lo oyó.

Él (el fallido legado de un héroe, el Blue Beetle sin escarabajo) había trabajado con ellos durante mucho tiempo y ahora, cuando más los necesitaba, no había nadie por allí. Nadie, salvo un par de cuerpos y las dos almas que albergaban colgando de un tendón desgarrado. Pese a sus supermetahumanos aliados, capaces de disparar rayos por los ojos y leer las mentes, por lo que al universo concernía ellos sólo eran dos seres humanos cualquiera a punto de morir. Luchando. Asustados. Absolutamente vulnerables. Vivos, pero por muy poco tiempo, sufriendo sólo para prolongarlo y seguir juntos.

Sólo cuerpo, mente y alma, y una enorme sensación de fracaso. Inmensa.

Así que cuando Booster se retorció como un pez en un sedal, Ted lo maldijo, y Booster, el humano, neurótico y aterrorizado Booster, que no sabía muy bien lo que hacía pero sí que era el más afortunado de los mortales porque le importaba como nadie llegaría a importarle jamás (afortunado, sí, porque después de haber estado a punto de perder su afecto en una bronca tras cagarla tantas veces, aún lo tenía), le respondió con un grito. Tiró para liberarse, para suicidarse, porque se suponía que el hombre que lo sujetaba tenía que soltarlo. Las corrientes de aire, la ley de la gravedad y todo lo que implicara muerte lo reclamaban en un remolino de mareante blancura. Y Ted Kord luchó y rugió, pero no lo soltó.

El árbol se partió.

Cayeron a plomo, con el estómago encogido y la respiración anulada, el viento traspasando sus cuerpos, la presión pulverizando sus órganos, gritando ante el vacío rostro de la muerte. Eran humanos mientras caían, y seguirían siéndolo cuando se estrellaran contra el suelo, y también todos y cada uno de sus ensangrentados pedazos, pues nunca habían sido más que una farsa…

Ted sintió el impacto, gritó y murió.

Pero la sucesión de los hechos no fue la esperada.

Resulta difícil creer que estás muerto cuando no te sientes muerto. La negrura que llenaba sus ojos era implacable y espesa, pero no demasiado convincente. Su pierna era una sangrante agonía, algo que a un muerto no tendría por qué preocuparle. Su cuerpo no yacía tendido en el suelo; lo sentía flexionado, apretado contra algo, con la retaguardia colgando, experimentando una sensación de frío bajo sus piernas y en torno a su espalda.

Advirtió que no había soltado la muñeca de Booster, y que sentía un gran dolor, y que alguien reía entre dientes.

Abrió al mismo tiempo los ojos y la boca, y así liberó la horrible presión que comprimía sus órganos.

—¿Qué…? ¡¿Diana?!

La imagen de la bella amazona conocida como Wonder Woman resplandeció ante sus húmedos ojos. Sus brazos de alabastro lo sujetaban. Estaban volando. Dio un respingo cuando, de pronto, dejó de sentir el peso de Booster colgando de su mano. Lanzó un grito ahogado y miró hacia abajo, pero Michael, exánime y ensangrentado, se elevó en el aire como un globo errante dorado y azul, bien sujeto entre los brazos de Fire. Ted se quedó mirándolo, lanzó una carcajada y se ahogó. El viento que recorría las zonas expuestas de su piel le hizo experimentar tardíos escalofríos de terror; su mente, deslumbrada y estremecida ante la pura imposibilidad

—Oh… Dios, oh…

—Dioses —sonrió Diana.

Puso los ojos en blanco y su maltrecha consciencia parpadeó, borrosa y oscura, porque su cuerpo ya no podía más, pero resopló y jadeó y la ahuyentó.

—Estábamos muertos.

—¿No sabes que los griegos inventaron lo de deus ex machina? —dijo Diana con una limpia sonrisa que no sabía nada del sucio y orgánico dolor humano, pues ese tipo de cosas quedaban enterradas bajo una nívea costra metahumana: cada superhéroe tenía su propia tragedia, pero lo sobrellevaban de un modo más aséptico.

Y allí estaba él, en sus brazos, aún vivo. Contra todo pronóstico, se había salvado en el último instante, después de que su fuerza humana le hubiera fallado… ¿Por qué?

Porque, aun siendo humano, formaba parte de esa gente por una razón. Era excepcional. Debía sobrevivir.

Al igual que Booster.

Booster, por supuesto, se había desmayado. Habría sido muy fácil imitarle, pero entre el milagro acaecido y el dolor que experimentaba se sentía completamente despierto, palpitante. Y eso era estupendo, porque ni siquiera en el estado de agonizante despojo mortalmente aterrorizado al que se había visto reducido habría podido rechazar la oportunidad de estar entre los brazos de doña Diana, aunque su pierna destrozada no apreciara la forma en que ella lo sostenía. ¿Era frívolo? De ningún modo. Había una lógica científica en todo aquello: las hormonas no se volvían estériles sólo por haber tenido un encontronazo con la muerte a alta velocidad. De hecho, de un modo extraño, en ese instante en que uno adquiere consciencia de su propia mortalidad, experimenta una urgencia casi insoportable por reproducirse y perpetuar su linaje. Naturalmente, no le confesaría tal cosa a cierta deidad amazona.

Eso habría sido científicamente inoportuno.

—¿Estáis bien los dos? —preguntó ella con suavidad. Como Blue Beetle se limitó a gemir y a retorcerse, se mordió el labio—. En nombre de Atenea, ¿cómo acabasteis así?

Ted bajó los ojos. Ella no podía saberlo. Claro. Pero los motivos ya no importaban: la forma en la que algún tipo de programa neutralizador de tecnología los había hecho enfrentarse a la muerte contando únicamente con los dones con los que habían nacido y anulado las razones por las que se autodenominaban héroes… Bueno. Eso había hecho que acabaran encontrando otras razones. Las mejores de todas.

Fuerza de voluntad. Deber. Limitaciones. Amor.

El suelo seguía allí, pero las nubes lo iban ocultando rápidamente, creando una barrera algodonosa. Ted ya no podía caer, porque volvían a rodearle los brazos de la invencibilidad y la absurda improbabilidad. Ya no importaba: volvían a ser héroes. Ni superhéroes, ni meros humanos. Pero, indudablemente, habían vuelto a ocupar el lugar que les correspondía.

Ted volvió a removerse para poder mirar hacia abajo. La leonina cabeza de Booster descansaba pesadamente en el hueco del cuello de Bea. Ella, que contemplaba al payaso del equipo, alzó entonces la vista hacia Beetle. Una intensa y silenciosa preocupación alteraba su belleza. Michael. Vivo. Y babeando. Los agrietados labios de Ted esbozaron una abierta sonrisa mientras su sosegado corazón se aceleraba. Más tarde abrazaría a aquel bastardo. Y le daría un puñetazo. Aunque no necesariamente en ese orden. Ya se vería sobre la marcha.

Pero primero hubo que llevar a dos hombres destrozados a la enfermería y arreglar sus miembros rotos. El saldo final fue de una conmoción cerebral, cardenales como continentes, despiadadas abrasiones y siete huesos rotos. El cuartel general estaba insoportablemente tranquilo con los dos confinados en el área de cuidados intensivos, envueltos en batas de hospital. Max no hacía más que interrumpir lo que estuviera haciendo para atisbar a su alrededor, como si se encontrara en el ojo del huracán y esperara que las paredes se desplomaran. De hecho, la calma era tan similar a aquel velado e ingenuo silencio que solía preceder a alguna de esas bromas a las que tan aficionados eran Booster y Beetle, que la Liga entera estuvo en vilo hasta que les dieron el alta y estuvieron visibles durante las horas diurnas. En total, llevó cerca de dos meses, junto con una estricta intervención mágica, lograr que los dos héroes pudieran ponerse en pie y seguir el programa de rehabilitación hombro con hombro. Dos meses en las vapuleadas camas de hospital, entre risitas, breves contactos con la punta de los dedos, viejos chistes y radiantes y confiadas sonrisas.

El apodo de “puentista”, sin embargo, duró mucho más tiempo. Cada vez que Booster salía, Ted se aseguraba de dejar una cuerda elástica junto a la puerta.

Y cada vez que salía, Booster nunca dejaba de sonreír y dedicar un fugaz pensamiento a ese concepto llamado Dios. Dios, que al parecer había creado la Tierra, los humanos, los precipicios, la gravedad e incluso a los científicos locos con afición por lo griego… pero que también había creado a Ted Kord. Y pese a lo defectuosas que fueran todas las invenciones anteriores, Michael, sencillamente, era incapaz de hallar nada demasiado criticable en aquel primitivo y todopoderoso concepto que había intervenido en la creación de su mejor amigo. No es que tuviera intención de empezar a ir a la iglesia en un futuro cercano, eso seguro, pero la impenetrable capa de barniz que toda una vida de ateísmo había aplicado sobre su imaginación se hizo un poco más delgada.

De algún modo, la idea de que había alguien ahí arriba, pendiente de dos patéticos e increíbles seres humanos que estaban en las últimas… no parecía tan mala.

FIN



sandrahernandez: (Default)
"En el centro de la telaraña" (Centre of the Web) es un fic de Protector of the Gray Fortress. La versión original en inglés ya no existe, pues su autora la eliminó por error de Fanfiction. net sin haber hecho una copia. Por suerte, antes del desastre hice una traducción.

Sinopsis: Otra versión de "El problema final". Holmes y Watson nunca fueron al continente. En lugar de ello, se enfrentaron a Moriarty en el mismísimo corazón de Londres. ¿Podrán, no sólo ellos, sino también la ciudad, resistir hasta el fin?

Fandom: Sherlock Holmes (Canon)

Traducción: Sandra Hernández.

La historia es demasiado larga para postearla como una entrada en Dreamwidth, así que leedla aquí: 1drv.ms/1JrIfyv


sandrahernandez: (Default)
"Un hermano generoso" (A Brother Noble) es un fic de KCS y Protector of the Gray Fortress.

Sinopsis: Un brutal ataque sufrido por Watson hace que Holmes se embarque en la resolución de un caso muy personal en el que están involucrados el difunto hermano del doctor y su famoso reloj.

Fandom: Sherlock Holmes (Canon)

Traducción: Sandra Hernández.

Versión original en inglés: https://www.fanfiction.net/s/4046078/1/A-Brother-Noble

Versión en español: 1drv.ms/1Hs0gxC

sandrahernandez: (Default)
"Lazos de sangre" (Bonds of Blood) es un fic de Charlock221.

Fandom: Sherlock (BBC)

Traducción: Sandra Hernández

Sinopsis: Cuando un viejo amigo del ejército viene a visitar a John, un nuevo caso no tarda en provocar tensiones en todos, poniendo a prueba las lealtades y forzando los límites. Y por si no fuera suficiente, un rostro familiar acecha en las sombras, esperando el momento oportuno para atacar.

Original en inglés: archiveofourown.org/works/953090

Versión en español: archiveofourown.org/works/4744556

sandrahernandez: (Default)
"Desafío mortal" (A Deadly Challenge) es un fic de Igiveup.

Fandom: Sherlock Holmes (Canon)

Traducción: Sandra Hernández

Sinopsis: Un nuevo enemigo propone un reto a Holmes para comprobar si es tan bueno como todo el mundo dice. Pero si Holmes pierde, las consecuencias serán terribles.

Versión original en inglés: www.fanfiction.net/s/4141572/1/A-Deadly-Challenge

Versión en español: archiveofourown.org/works/4798415

sandrahernandez: (Default)
"Lobo feroz" (Bad Wolf) es un fic de Wasitelves.

Fandom: Sherlock (BBC)

Traducción: Sandra Hernández

Sinopsis: Un sargento desquiciado caído en desgracia durante la guerra en Afganistán busca a John para concluir el "trabajo" que no pudo acabar, y John comienza a experimentar extraños y desagradables cambios que desconciertan a Sherlock.

Versión original en inglés: www.fanfiction.net/s/6922772/1/Bad-Wolf

Versión en español: archiveofourown.org/works/4748657

sandrahernandez: (Default)
"Robándole al pasado" (Stealing the Past) es un fic de JJ Minerva.

Éste es el primer fic que traduzco de Raffles, el caballero ladrón de William Hornung. Más información sobre el personaje y su autor en es.wikipedia.org/wiki/A._J._Raffles

Fandom: Raffles (Canon)

Traducción: Sandra Hernández

Sinopsis: Raffles planea un robo que para Bunny toma un giro inesperado.

Versión original en inglés: archiveofourown.org/works/5737



1

 

—Ya sé cómo obtuviste el sobrenombre de Bunny, muchacho —declaró Raffles mientras encendía un Sullivan y volvía a tumbarse a mi lado.

Era raro que fumara en la cama, pero habíamos estado ahí toda la tarde, sustituyendo el almuerzo por un rato de mutuo deleite. Rió por lo bajo y expulsó el humo, formando un anillo en el aire.

—¡Eres como un conejo!

 Ambos estábamos completamente exhaustos, así que apenas me quedaban fuerzas para responder a su mordaz observación.

—Sabes que eres el único que me conoce íntimamente, Raffles. El nombre es mera coincidencia.

Cerré los ojos y sonreí, contento por no haberlo decepcionado en este aspecto. Esta intimidad física entre nosotros era aún nueva y su intensidad ardía como una llama. A la larga, disminuiría hasta convertirse en un leve rescoldo, como yo suponía que ocurría con todas las parejas, pero por el momento era como una adicción y nunca teníamos suficiente. Así que me llevé una sorpresa cuando Raffles apartó mi pierna y dijo:

—No vuelvas a dormirte. Esta noche no puedes quedarte.

—¿Qué? ¿Por qué? —gimoteé.

—Ambos necesitamos recuperar el sueño, Bunny.

Tal declaración me hizo incorporarme.

—Has planeado algo para mañana por la noche, ¿verdad?

Una de las reglas de Raffles era siempre dormir bien antes de un partido de críquet o de entregarnos a nuestro otro pasatiempo.

—¿Por qué no me lo has dicho?

Raffles se echó a reír.

—Porque, mi querido muchacho, sabía que no te relajarías hasta que me hubieras arrancado cada detalle de lo que estoy planeando y, francamente, Bunny, no tengo intención de decirte nada.

—Pero Raffles —continué, con la voz teñida de decepción—, yo estoy incluido, ¿no?

Raffles abrió los ojos y se quedó mirándome, estudiando intensamente mi rostro. Por un momento pensé que me rechazaría, y sería la primera vez desde que habíamos unido nuestras fuerzas, hacía poco más de un mes. ¿Pensaba en la paliza que me habían dado durante nuestra fallida incursión en la residencia Rosenthall? ¿Temía por mí? Pese a que esta pequeña muestra de preocupación conmovió mi corazón y me hizo ruborizar, no estaba dispuesto a dejar que me convenciera de abandonar mi lugar al lado de Raffles.

—Estaré bien, A. J. —susurré—. No tienes que preocuparte por mí. No volverán a cogerme.

Pude ver que reflexionaba en mis palabras; la intensidad que adquiría en tales ocasiones iluminaba sus ojos azules.

—Oh, Bunny, es más que eso. El golpe que estoy planeando requiere osadía y subterfugios y conlleva un gran riesgo personal. No estoy seguro de que estés preparado para esto.

—Si tú lo estás, yo también —respondí apasionadamente.

—Ése es el espíritu, Bunny. Sabía que podía contar contigo.

—Pues dime qué estás planeando.

Raffles dio otra larga calada a su Sullivan y clavó la mirada en el techo.

—En estos momentos hay en Londres cierto caballero que se aloja cerca de Saint James Square. Sir Archibald Stanthorpe, quizá hayas oído hablar de él.

Meneé la cabeza y murmuré:

—No.

—No me extraña, Bunny, ya que intenta desesperadamente pasar desapercibido. Tuvo que abandonar Inglaterra a toda prisa hace unos años y ha estado viviendo en el continente. Sólo ha vuelto para resolver ciertos detalles de su herencia, confiando en que las autoridades hagan la vista gorda a su presencia.

—¿Qué quieren de él? ¿Qué ha hecho?

—Eso no es relevante, Bunny, y lo único que diré al respecto es que no hay cargos formales contra él. Sin embargo, la ventaja de todo esto es que lord Stanthorpe no está en posición de recurrir a la policía si nos pilla.

Las palabras de Raffles no resultaban tranquilizadoras.

—Perfecto —respondí—, pero ¿quién dice que no tenga sus propios perros guardianes para darnos una paliza?

Volví a tumbarme, recordando los puños de hierro de Purvis. Quizá Raffles tuviera razón al dudar en incluirme esta vez.

Raffles se puso de costado y sonrió.

—No hay perros guardianes de los que preocuparse, Bunny. Lord Stanthorpe valora mucho su privacidad. Me he asegurado de ello.

“Y me dejaste al margen”, estuve a punto de gimotear. Aun así, tal vez eso fuera otra muestra de la preocupación de Raffles: hacer un reconocimiento previo para poder tranquilizarme antes de darme a conocer todos los detalles.

—Bueno, gracias —dije con cortesía—. Ya sabes que soy tu hombre.

—Sabía que podía contar contigo, Bunny. Reúnete conmigo mañana a las seis de la tarde en el estudio de Kings Road. Tengo un traje que quiero que te pongas.

Sonreí.

—Un traje… Qué emocionante.

Saqué las piernas de la cama y lo miré por encima del hombro.

—Supongo que debo irme ya, entonces.

Unos ojos ardientes y una fuerte mano sobre mi brazo impidieron mi retirada.

—Oh, creo que tenemos tiempo para otra entrada, ¿no, viejo amigo?

 

 

2

 

Hasta ese momento la noche transcurría sin problemas. Habíamos llegado a Saint James Square dando un rodeo por Chelsea, ataviados con las prendas del baúl de los disfraces de Raffles. Habían visto días mejores, pero distaban mucho de ser harapos. Supuse que se nos tomaría por un par de jóvenes de clase trabajadora haraganeando a las puertas de Saint James Park. Sorprendentemente, nadie parecía prestarnos demasiada atención. Ya había oscurecido por completo cuando finalmente cruzamos la plaza y bajamos por una callejuela. Seguí a Raffles a través de una puerta en la pared y subimos por unas escaleras de servicio hasta la segunda planta de una casona que parecía estar a oscuras. Aunque yo no había visto salir a nadie mientras merodeábamos por el parque, era obvio que Raffles había verificado que lord Stanthorpe estaría fuera esa noche y sólo aguardaba a que cayera la oscuridad para hacer nuestra entrada.

Nos detuvimos entre las sombras del rellano mientras Raffles inspeccionaba la cerradura. Para mi sorpresa, la puerta se abrió fácilmente cuando la tocó. No estaba cerrada. Alcé las cejas en un gesto inquisitivo. Raffles se limitó a sonreír, puso un dedo sobre mis labios y sostuvo la puerta. Dentro estaba oscuro. Raffles me guió por un estrecho pasillo, dobló la esquina y siguió por otro hasta detenernos ante una segunda puerta. Pegó a ella la oreja y escuchó durante un momento antes de entrar. Era un dormitorio espléndido. Las cortinas no estaban corridas, así que la luz de la luna bañaba el interior. Me pregunté cómo era que Raffles conocía el camino.

Raffles recorrió la habitación despacio y en silencio, mirando sin tocar. Yo estaba rebosante de preguntas, pero había aprendido a callar. En ese momento me di cuenta de algo: Raffles no había dicho qué habíamos venido a buscar exactamente. Nuestras anteriores hazañas se habían centrado en las joyas, pero Raffles se había tomado la molestia de contarme la historia de su primer robo en las Colonias, donde el premio había sido una moneda de lo más corriente. Quizá ése fuera nuestro objetivo en esta ocasión.

La curiosidad me venció y estaba a punto de abrir la boca cuando de pronto Raffles se detuvo e inclinó la cabeza hacia la puerta, así que yo también me volví y descubrí el parpadeo de la llama de una vela acercándose por el pasillo. Presa del pánico, corrí hacia la ventana, pero Raffles me sujetó por un brazo y meneó la cabeza.

—Confía en mí, Bunny —fue lo único que tuvo tiempo de susurrar antes de que la puerta se abriera revelando un rostro perplejo.

—¿Reggie? —inquirió nuestro descubridor mirando a Raffles. Su sorpresa inicial se vio reemplazada por una amplia sonrisa.

—Como siempre, Archie —respondió Raffles, adoptando su acento cockney.

¿Reggie? Me arriesgué a mirar a Raffles, preguntándome si se trataba de algún alias o un apodo. Me ignoró.  

—No puedo decir que no me complazca encontrarte en mi dormitorio, Reggie, pero han pasado más de diez años y eres la última persona a la que esperaba ver aquí está noche.

El hombre, que parecía ser el mismísimo lord Archibald Stanthorpe, vaciló en el umbral, bloqueando eficientemente nuestra retirada. Rondaba la mediana edad, y tenía la figura de un atleta que había visto días mejores. La luz de la vela arrancaba destellos de oro y plata a sus cabellos.

—Encontré a tu diversión por el camino —comenzó Raffles—. Se escabulló en cuanto me vio. Lo siento.

Fue entonces cuando Raffles se volvió finalmente hacia mí, consciente de mi presencia.

—Pero he traído a un amiguete conmigo. Esperaba que pudiéramos… recordar los viejos tiempos.

 Stanthorpe volvió a mirarme, como había estado haciendo desde que entró en la habitación. Aguardé a que Raffles hiciera las presentaciones.

—Éste es Bunny, llamado así porque folla como un jodido conejo.

Por un momento creí estar soñando, pero la expresión lasciva que apareció súbitamente en el rostro de Stanthorpe me dijo que no había oído mal.

Me volví hacia Raffles, demasiado aturdido para responder. Me guiñó un ojo y se volvió nuevamente hacia Stanthorpe.

—No habla mucho, Bunny no, pero eso no debería molestarte. Nunca has sido de los que disfrutan con una pequeña charla. Pero a él le vendría bien un buen trago primero, si no te importa.

Tragué saliva. De repente me sentía exactamente como mi homónimo. Y Stanthorpe era el zorro, listo para devorarme. Prácticamente se le caía la baba. ¿Formaba todo esto parte del plan de Raffles?

—Bien, parece que la noche no será un completo fiasco, después de todo —dijo Stanthorpe, apartándose de la puerta e indicándonos el pasillo—. Y un trago es lo menos que puedo ofreceros.

Se detuvo en lo alto de las escaleras y se volvió hacia Raffles. La luz de la vela proyectaba sombras enormes a nuestro alrededor.

—¿O debo pagar un precio mayor, querido Reggie?

Raffles meneó la cabeza.

—Como ya he dicho, por los viejos tiempos. Habría venido solo, pero sabía que te gustaría Bunny. Sé cuál es tu tipo. Considéralo un pequeño regalo, si quieres.

 Os estaréis preguntando qué pensaba yo mientras todo esto se desarrollaba a mi alrededor. La confusión y la estupefacción ocupaban el primer lugar en mi mente, pero en un segundo plano, actuando como un sedante, estaba la sospecha de que Raffles sabía exactamente lo que hacía. Me había pedido que confiara en él, y eso haría. Aun así, era mucho lo que esperaba de mí: correr el riesgo de perder lo que quedaba de mi virtud con aquel hombre, Stanthorpe. No estaba nada seguro de que, en caso de ser inevitable, fuera capaz de llegar hasta el final.

Pero seguro que Raffles no esperaba tanto de mí. ¿Verdad?

 

 

3

 

Al entrar en el salón, Stanthorpe encendió la luz de gas. Para entonces yo ya estaba bastante seguro de que estábamos solos en la casa. Ningún sirviente había sido llamado ni había venido corriendo a atender las necesidades de su señor. Si mis suposiciones eran correctas, testigos era lo último que Stanthorpe habría querido tener en su planeado encuentro sexual de esa noche. Nos indicó a Raffles y a mí que tomáramos asiento en el sofá y fue hacia el aparador para servirnos las bebidas.

Raffles apretó mi mano y se inclinó hacia mí. Por un momento pensé que iba a darme un beso en la oreja, pero en lugar de eso susurró:

—Sígueme la corriente, Bunny. No permitiré que te ocurra nada.

Subrayó sus palabras dándome un mordisco por encima del cuello de la camisa. Mi jadeo de sorpresa hizo que Stanthorpe se diera la vuelta. Raffles se apartó.

—Sólo te lo estaba calentando, Archie.

Miré a Raffles parpadeando, y luego a Stanthorpe, sin atreverme a abrir la boca. Quizá fuera la mejor opción. Dudaba que pudiera imitar ese acento cockney que Raffles había perfeccionado. Si hablaba, podría descubrir nuestro juego.

Stanthorpe frunció el ceño y nos tendió los vasos.

—En este momento más bien parece un conejito asustado —dijo—. ¿Sabe hablar?

—Pues claro. Di algo, Bunny.

Miré a Raffles, rígido de miedo, y luego a Stanthorpe. Tragué saliva.

—Es un p-p-placer co-ooo-nocerle, su señoría —tartamudeé, incapaz de ocultar mi refinado acento.

A Stanthorpe se le iluminó la mirada.

—¿De dónde lo has sacado, Reggie? —preguntó, sentándose junto a mí, al otro lado del sofá.

Raffles tomó un sorbo de whisky.

—Oh, de por ahí, ya me entiendes. —Una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro—. ¿Ves? Ya te dije que te gustaría. Tiene todo lo que te agrada. Rubio, de clase alta, lo bastante mayor para saber en qué se mete, pero aún lo bastante joven para tener experiencia.

Raffles se enderezó y se inclinó sobre mí para apoyar una mano en la pierna de Stanthorpe mientras le decía en un susurro cómplice:

—Créeme, es prácticamente virgen.

Mi rostro se encendió, lo que probablemente confirió credibilidad a la afirmación de Raffles.

Raffles continuó inclinado sobre mí, ahora aún más cerca de Stanthorpe. Su mano recorrió el brazo de Stanthorpe hasta descansar en la mano con la que éste sostenía el vaso.

—¿Por qué no te lo llevas arriba y lo pruebas? —lo invitó, voluptuoso—. Más tarde podría subir yo y hacer un trío.

Incluso Stanthorpe lanzó un jadeo ante semejante sugerencia.

—Vaya, te has convertido en todo un jugador, Reggie.

—Tuve un buen maestro —respondió Raffles.

Stanthorpe se levantó.

—Vamos entonces, Bunny. Se me ha antojado ir a cazar conejitos.

Tiró de mí, obligándome a levantarme. Mi vaso se derramó por todas partes.

—Bebe antes de subir —aconsejó Raffles.

Stanthorpe apuró su whisky de un largo trago. Volví mis ojos asustados hacia Raffles, mi otrora benefactor, quien, al parecer, me había vendido en cuerpo y alma a un sátiro. Yo esperaba encontrar diversión, porque toda esta situación probablemente estimularía el sentido del humor de Raffles. Pero en sus ojos sólo hallé una mirada fría y calculadora. Me ofreció un breve asentimiento antes de alzar el vaso hasta sus labios a modo de saludo.

Mi mente era un torbellino mientras Stanthorpe me hacía subir la oscura escalera con sólo una vela para iluminar el camino. ¿Iba yo a mantener entretenido a este hombre mientras Raffles llevaba a cabo su robo? Si era así, entonces más valía que se me ocurriera algo pronto o me enfrentaría, como se suele decir, a un destino peor que la muerte. ¿Podría contener a Stanthorpe el tiempo suficiente para que Raffles reuniera su botín y pusiera fin a nuestra pantomima? Pero ¿de verdad formaba esto parte del plan? Tal vez Raffles había dicho totalmente en serio lo de unirse a nosotros más tarde. Si así fuera, entonces yo había cometido un serio error al juzgar a mi amigo. Que él estuviera dispuesto a formar parte de semejantes juegos resultaba francamente perturbador.

Una vez más, me encontré en el dormitorio de Stanthorpe, tan tembloroso e indeciso como la primera vez. Corrió las cortinas y apagó la vela, sumiendo la habitación en la oscuridad.

—Deja que te ayude con el abrigo —susurró detrás de mí, con las manos sobre mis hombros.

Permití que me lo quitara, luchando por conservar la calma.

En cuanto mis brazos quedaron libres, me sujetó las muñecas, tiró de ellas hacia delante y las rodeó con algo frío y metálico. Lancé un grito ahogado.

—¡¿Qué está haciendo?!

¡El bastardo me había esposado!

—Juegos, Bunny. Sólo juegos. Nadie saldrá herido.

Stanthorpe me hizo girar de nuevo y colocó una venda en mis ojos. Era sorprendentemente fuerte y rápido. Unos dedos hábiles comenzaron a desabotonar mi camisa.

—N-no me gusta este juego —tartamudeé.

Mi incomodidad hizo reír a mi captor. Me abrió la camisa y la bajó por mis brazos hasta dejarla amontonada por encima de mis muñecas esposadas. En cuestión de segundos, me bajó los tirantes y deslizó los pantalones hasta mis rodillas. Definitivamente, era su prisionero, cegado y atado por la ropa y el metal de tal manera que apenas podía moverme. Me empujó hacia su cama, donde me desplomé como un fardo, incapaz de amortiguar mi caída.

Decidí, en ese mismo instante, que nada valía esto, y comencé a luchar. Stanthorpe se inclinó sobre mí y sentí su aliento ardiente en mi cara, sus manos deslizándose sobre mi pecho, hundiéndose bajo mi ropa interior.

—¡No! —grité.

En respuesta, me dio la vuelta y mis manos quedaron atrapadas bajo mi cuerpo. Con unos dedos fríos me bajó los calzoncillos y procedió a azotarme.

—¡AAAAH! —berreé. No me había escocido tanto el trasero desde mis días de escolar—. ¡Pare!

Pero, ¡ay!, mis gritos eran en vano. Stanthorpe decidió acabar, pero sólo para sentarse a horcajadas sobre mí y apretarse contra mi espalda. Pataleé, me retorcí, me revolví e intenté darle patadas, pero él me dominó enseguida. La rendición estaba cerca.

Y entonces sucedió lo impensable. A pesar de mi bochorno por haber sido azotado y de mi horror ante el inminente saqueo de mi cuerpo, descubrí que me estaba excitando. Mi sensación de indefensión sólo añadía una morbosa excitación que, lentamente, me iba seduciendo. Experimenté una erección, y sólo mi propia estupefacción ante la respuesta de mi cuerpo hizo que continuara con la infructuosa defensa de mi virtud.

Seguí luchando con tanto brío que tardé un poco en darme cuenta de que Stanthorpe había dejado de moverse. De hecho, ya hacía unos minutos que yacía como un muerto sobre mí. No se trataba de la pequeña muerte, a menos que su eyaculación hubiera sido singularmente seca y silenciosa. ¿Lo habría matado yo con mis vigorosos forcejeos?

—¿Socorro? —dije sin alzar la voz, esperando que Raffles estuviera cerca.

La puerta se abrió demasiado rápido, por lo que Raffles no podía haber estado en ninguna otra parte más que esperando fuera.

—Buena actuación, Bunny. Sabía que podía contar contigo.

Me quitó a Stanthorpe de encima y me quitó la venda en el momento en que mi atormentador comenzaba a roncar.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, sin estar aún seguro de cómo había caído Stanthorpe en ese estado comatoso.

—Adulteré su whisky cuando estábamos abajo —explicó Raffles mientras me arreglaba la ropa—. Un poco de ese Somnol que cogí cuando estuvimos en casa de Rosenthall. Hace maravillas, ¿no crees?

—¡¿Y no se te ocurrió decírmelo?! —grité.

Raffles acalló en el acto mis protestas cubriéndome la boca con la mano hasta que me calmé.

—No había tiempo para explicártelo, Bunny. Pero funcionó bien. Nunca corriste un verdadero peligro.

—Eso lo dirás tú. ¡Me esposó!

—Sí —respondió Raffles, estudiando las esposas en cuestión—. Me temo que tendremos que esperar a llegar a casa para quitártelas. No llevo encima la ganzúa.

—Tú siempre llevas encima la ganzúa —declaré.

Raffles sonrió.

—Esta noche no. Sabía que no la necesitaría.

—Porque lo conocías. —Mis palabras eran una acusación.

—Exacto —fue la cortante respuesta, y comenzó a confiscar cualquier cosa de valor que hubiera en las habitaciones de Stanthorpe mientras su propietario roncaba.

 

 

4

 

Cuando llegó la hora de irnos, Raffles recogió mi abrigo del suelo y cubrió con él mis manos esposadas. Con suerte, tendría el aspecto de un joven que se había despojado de su abrigo debido al calor mientras daba un paseo. Dudaba que pudiera engañar a alguien.

Dejamos a Stanthorpe durmiendo y nos escabullimos. Nos alejamos cierta distancia de Saint James antes de tomar un coche. Raffles le indicó la dirección al cochero y nos dejamos caer en el oscuro interior, donde permanecimos sentados en un espeso silencio.

—Hay algo que debo preguntarte —me aventuré a decir cuando tuve claro que Raffles no iba a ofrecerme ninguna explicación—. ¿Qué pasó con el auténtico… invitado que Stanthorpe esperaba esta noche?

—Le pagué para que se fuera. Le dije que sus servicios ya no eran necesarios. Y antes de que lo preguntes, sí, había estado vigilando los movimientos de Stanthorpe desde hace días y sabía que había citado a un chico de alquiler para esta noche.

Chico de alquiler. El término me dio qué pensar. Bajé la mirada hacia mis manos esposadas, hacia cualquier parte, excepto hacia Raffles. Había demasiadas cosas que no entendía en todo este asunto, y me preguntaba si Raffles me las contaría alguna vez. Más de diez años, había dicho Stanthorpe. En esa época, Raffles y yo aún estábamos en el colegio. Pensé en todas esas veces que sostuve la escalera mientras Raffles se escabullía en la noche y, no por primera vez, me pregunté cuál había sido su destino.

Alcé la mirada. El perfil de Raffles era lo único visible en el oscuro interior del carruaje.

—Si Stanthorpe era realmente un viejo amigo tuyo, y parecía tenerte en tal alta estima —comencé, despacio—, ¿qué te impulsó a robarle con tanta crueldad?

Por un momento pensé que Raffles no me respondería, pero cuando lo hizo, su voz era distante.

—Él me robó algo una vez, Bunny. Me pareció justo cobrárselo.

Entonces me miró. Sus ojos azules eran fríos y acerados en la oscuridad. Asentí, en señal de comprensión, aunque no sabía qué esperaba de mí. Raffles sonrió y tomó mis manos.

—¿Sabes, Bunny? Verte con esas esposas me hace imaginar cosas de lo más escandalosas.

Antes de que pudiera replicar, tiró de mí y me besó con fuerza, invadiendo mi boca con su lengua como un ejército conquistador.

—¡A. J.! —protesté cuando fui capaz de hablar de nuevo—. ¿Has perdido el juicio?

Sus manos ya me estaban desabrochando los pantalones.

—En lo más mínimo. De hecho, me he entretenido imaginándote en esta situación desde que te rescaté de la casa de Rosenthall.

Y para ilustrar lo que decía, me bajó los pantalones y me hizo dar la vuelta de manera que quedara arrodillado e inclinado sobre el asiento. El intenso olor del cuero inundó mi nariz.

—Claro que entonces no estabas en condiciones para que yo pudiera aprovecharme de la situación. Purvis te había zurrado bien.

Hizo una pausa para deslizar sus dedos en mi boca para que pudiera cubrirlos de saliva.

—Pero he estado soñando con esto cada noche desde entonces. Imagina mi sorpresa al descubrir que Stanthorpe había puesto inconscientemente en escena esta fantasía mía. Vamos, Bunny, sé buen chico y hazlo por mí.

Las palabras seductoras y los húmedos dedos de Raffles insinuando su entrada entre mis nalgas sólo subrayaron que sería inútil protestar. Raffles siempre conseguía lo que quería.

—Oh, de acuerdo —suspiré, resignado, y lo miré por encima del hombro, sorprendiendo una sonrisa petulante en su rostro—. Pero ¿te importaría volver a ponerme esa venda? La verdad es que la encuentro de lo más… excitante.

Raffles se quedó mirándome, con las cejas enarcadas y los ojos llenos de incredulidad. Luego, sacó rápidamente la tira de tela negra del bolsillo y la ató en torno a mi cabeza con dedos temblorosos. Y mientras me penetraba con frenético abandono, tuve la satisfacción de saber que, por una vez, ¡yo había conseguido decir la última palabra!

 

FIN



sandrahernandez: (Default)


Hace muchos años me dio por traducir la saga de Darren Shan. Es una serie de doce libros, obra de Darren O'Shaughnessy, más conocido como Darren Shan, que es también el nombre del protagonista de sus historias. A lo largo de la saga, seguimos las andanzas de Darren, un adolescente que se ve obligado a convertirse en semivampiro para salvar la vida de su mejor amigo. Como asistente del adusto señor Crepsley (el vampiro que lo convirtió), viaja de un lado a otro como miembro de un circo de frikis, adaptándose a su nueva condición y sumergiéndose en una trama cada vez más oscura y dramática. Más información en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Darren_Shan_%28Saga%29

Estas traducciones son las mismas que subí hace años al grupo de yahoo de Darren Shan y que han circulado por la red, pero con algunas correcciones que he hecho recientemente con la intención de realizar una edición imprimible. Como no puedo poner los libros completos como entradas en Dreamwidth porque son demasiado largos, los subí a Blogger. Éstos son los enlaces a cada libro:

 

1- Cirque Du Freak

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-1-cirque-du-freak_3.html

 

2- El asistente del vampiro

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-2-el-asistente-del.html

 

3- Túneles de sangre

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-3-tuneles-de-sangre.html


4- La Montaña de los Vampiros

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-4-la-montana-de-los_3.html

 
5- La ordalía de la muerte
http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-5-la-ordalia-de-la.html

6- El príncipe vampiro

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-6-el-principe-vampiro.html


7- Cazadores del crepúsculo
http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-7-cazadores-del.html

8- Aliados de la noche
http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-8-aliados-de-la-noche.html

9- Asesinos del alba

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/03/darren-shan-libro-9-asesinos-del-alba.html


10- El Lago de las Almas

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/04/darren-shan-libro-10-el-lago-de-las.html

 
11- El Señor de las Sombras

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/04/darren-shan-libro-11-el-senor-de-las.html


12- Hijos del Destino

http://layerandsword.blogspot.com.es/2015/04/darren-shan-libro-12-hijos-del-destino.html

sandrahernandez: (Default)
 

"Sherlock Holmes y los irregulares de Baker Street" es una miniserie británica.

Un escurridizo adversario del pasado de Sherlock Holmes (interpretado por Jonathan Price) le tiende una trampa, y éste acaba acusado de asesinato. Para demostrar su inocencia y limpiar su nombre, recurre a la ayuda de sus irregulares, aquella pandilla de niños callejeros que eran sus ojos y oídos y que le ayudaron a resolver tantos casos.

      Miniserie de dos episodios, con subtítulos incrustados.

      Traducción de los subtítulos: Sandrá Hernández


Enlaces de descarga: 
 
SHERLOCK HOLMES Y LOS IRREGULARES DE BAKER STREET - PRIMERA PARTE
https://mega.co.nz/#!F01m2baT!8gWedRkojfx-pI-8EvIszvNxKw6aWEdY0l9jNZGoAF0

SHERLOCK HOLMES Y LOS IRREGULARES DE BAKER STREET - SEGUNDA PARTE
https://mega.co.nz/#!JlckhDoR!TBXh5Djz6qXeqviO_pI4zc6YRAk6gxSgGwe6CO8RjyQ


 
sandrahernandez: (Default)


"Las aventuras de Sherlock Holmes y el doctor Watson" es una serie rusa emitida entre 1979 y 1986.

Con Vasili Livanov como Holmes y Vitali Solomin como Watson, se la considera una de las mejores adaptaciones de Sherlock Holmes, a pesar de ser una producción rusa y de que este Holmes es un tanto atípico, en el sentido de que es más cálido y humano que el que estamos acostumbrados a ver. La interpretación de Livanov caló tanto que en el 2006 se le concedió por ello la Orden del Imperio Británico, y junto a la embajada británica en Rusia se erigió una estatua representando a los inmortales personajes de Conan Doyle interpretados por los actores rusos.    
  
     Serie de once episodios con subtítulos incrustados.

     Traducción de los subtítulos: Sandra Hernández
 

Enlaces de descarga 

1 - Introducción y 2 - La firma sangrienta (ambos en un solo archivo)
https://www.mediafire.com/?q7mugngt9dbuujy
https://mega.co.nz/#!tlU1iZIB!dKni-W2HfJEUDu4pjoZZXidYXbpM2kadIyDorrhAJWU

3 - El rey de los chantajistas 
https://www.mediafire.com/?noyrpy4hfqu9kno
https://mega.co.nz/#!9g1zHLzZ!NqR3wVOqB7FBJdfWqfZI3n_f7m1H8xL5KjQ3PoawEVU

4 - Lucha a muerte 
https://www.mediafire.com/?kku5gijjej4rzaw
https://mega.co.nz/#!c1tFgB6A!Lxj0XThOjXYQYMLOZmz4eDpdc1cfpgHKaIlNGWDO8gs

5 - La caza del tigre 
https://www.mediafire.com/?f5h6412u07xw9dr
https://mega.co.nz/#!pgcRnRAK!diDYLQyLAiNHksaALai_IjZGDiYOeGRYWhrr1UgKgAY

6 - El sabueso de los Baskerville 1ª parte 
http://www.mediafire.com/download/vll00vuvz1l6det/6+El+sabueso+de+los+Baskerville+I.avi
https://mega.co.nz/#!ohFkkJZY!N74HXkTPyZTTYOGAorta-HfssQQThzjPnSJbhI8euf8

7 - El sabueso de los Baskerville 2ª parte 
https://www.mediafire.com/?95zidatoayaziaw
https://mega.co.nz/#!J8s1TCID!btH24nbKS29AQ1ZlGXt2Zht42p4ezedJF2pc_wk44bY

8 - El tesoro de Agra 1ª parte 
https://www.mediafire.com/?fx4p01f7o40xb75
https://mega.co.nz/#!QkVlQToC!fcoo-UkRChx9nVrBDMEahjlziR8e1PiNKb3JbhVolwE

9 - El tesoro de Agra 2ª parte 
https://www.mediafire.com/?y7q527jpmq5lgi4
https://mega.co.nz/#!Yk0QhTZA!Z6zbyXJQ7u1JoYUmnq_uA2p0GzIZgA76cC9BMafARXw

10 - Se acerca el siglo XX 1ª parte 
https://www.mediafire.com/?p44q6uf25dzzooe
https://mega.co.nz/#!xhsS1Qbb!RmdRnlV8UHMn6aae7AangSlMdKzay92kFOmuKZpt5sk

11 - Se acerca el siglo XX 2ª parte 
https://www.mediafire.com/?srn62zz3q52do90
https://mega.co.nz/#!c0USBDpY!ArzgzG5DW2l2PuTxw0iGKBIGsmQsAHNHUCdknvCyZs0
Page generated Sep. 25th, 2017 02:38 am
Powered by Dreamwidth Studios